El beso duró lo que tuvo que durar: ni eterno ni fugaz. Fue un beso que no pedía permiso ni ofrecía promesas. Solo existía. Labios contra labios, tibios, suaves al principio, luego más seguros. Knox no me apretó contra él; no me levantó en brazos ni me llevó al interior como en las películas. Me dejó decidir cada centímetro, cada respiración. Cuando me separé, mis ojos seguían cerrados un segundo más de lo necesario. Cuando los abrí, él me miraba con esa calma suya, sin triunfo, sin prisa. —No tienes que decir nada —murmuró—. No esta noche. Asentí. No podía hablar. El corazón me latía fuerte, pero no de pánico. De algo más limpio. De alivio, quizás. De posibilidad. Volvimos dentro. El balcón quedó atrás con la ciudad brillando abajo. Knox encendió una lámpara de pie en el salón, luz cál

