Los días siguientes fueron una mezcla extraña de euforia y nervios. Sergio y yo empezamos a llamarnos “novios” en privado, como un secreto compartido que nos ponía cachondos a los dos. No cambiamos nada de forma drástica: seguíamos viéndonos casi a diario, cogiendo como animales en cualquier rincón, hablando hasta las tantas. Pero ahora había una palabra que lo definía todo. Y esa palabra hacía que cada mirada, cada roce, tuviera un peso diferente. El jueves por la tarde, mientras estábamos en su cocina preparando café después de una ducha compartida, me miró serio de repente. —Voy a quedar con Laura otra vez este viernes —dijo sin rodeos—. La misma chica de la semana pasada. Tomamos algo, cenamos… y probablemente terminemos en su casa o en la mía. Sentí el pinchazo inmediato en el estó

