Luego de que Sofía se alejó, el salón pareció encogerse hasta reducirse a un solo punto: él.
La música seguía latiendo, grave y profunda, como un corazón ajeno. Las luces parpadeaban en colores cálidos sobre los cuerpos que se movían, pero todo eso se volvió borroso, lejano. Yo seguía de pie frente a Sergio, con la copa olvidada en la mano, el hielo derritiéndose lento contra mis dedos. Ya no bebía. Ya no necesitaba alcohol para sentirme mareada.
Él me observaba con esa calma peligrosa que ya empezaba a reconocer, como si pudiera ver cada latido acelerado bajo mi piel. El aire entre nosotros estaba cargado, denso, casi palpable. Sentía su calor aunque no me tocara, sentía su mirada rozándome como dedos invisibles: el cuello, el escote, la línea de mis piernas cruzadas.
—¿Estás bien? —preguntó al fin, voz baja, ronca, como si supiera perfectamente que no lo estaba.
Asentí, pero era mentira. Mi cuerpo estaba demasiado despierto: los pezones duros contra la seda del vestido, un calor húmedo y traicionero acumulándose entre mis muslos solo por su cercanía. Cada respiración parecía más pesada, más consciente.
—Necesito aire —dije, y mi voz sonó más íntima de lo que pretendía.
No preguntó si quería ir sola. Simplemente extendió la mano apenas, un gesto sutil que indicaba el camino, y me siguió.
Caminamos entre la gente sin rozarnos, pero cada paso era una tortura. Sentía su presencia detrás de mí como una promesa física: el calor de su cuerpo, el leve roce accidental de su brazo contra mi espalda cuando alguien nos empujaba. Mi piel se erizaba entera.
Empujó la puerta del balcón con una mano firme y el aire frío de la noche me golpeó como un latigazo delicioso. Respiré hondo, cerrando los ojos un segundo. La luna llena colgaba enorme, blanca, casi obscena en el cielo despejado, bañando todo en plata.
Me acerqué a la baranda, apoyé las manos en el metal helado y miré hacia arriba.
—Es noche de luna llena —dije, casi para mí misma.
Sergio se colocó a mi lado, lo suficientemente cerca como para que su hombro rozara el mío. No me tocaba, pero su calor me envolvía igual.
—Ya sabes lo que dicen —comentó, voz baja—. Noche de hombres lobo. De instintos que no se controlan.
Sonreí, aún mirando la luna.
—No nos afecta —respondí—. No somos hombres lobo.
Hubo un silencio breve. Cargado. El viento levantó mechones de mi cabello y los llevó hacia él; los vi rozar su chaqueta antes de caer.
—Tal vez yo sí —dijo al fin.
Giré la cabeza lentamente. Sus ojos tenían ahora un brillo distinto, más oscuro, más profundo. La luz de la luna los hacía parecer plata líquida.
—¿Ah, sí?
Se inclinó apenas hacia mí. No lo suficiente para tocarme, sí lo suficiente para que su aliento rozara mis labios.
—Tal vez deberías tener cuidado contigo.
—¿Por qué?
Su voz bajó otro tono, casi un gruñido contenido.
—Porque podría devorarte aquí mismo.
Las palabras vibraron directo en mi centro. Sentí un latido fuerte, profundo, entre las piernas. Mis muslos se apretaron instintivamente.
—Eso suena… peligroso —murmuré, la voz más ronca de lo que esperaba.
—Lo es —confirmó—. Mucho.
El balcón se volvió de pronto demasiado pequeño, demasiado íntimo. La noche nos había encerrado a propósito.
—¿Y qué estás esperando? —pregunté, sin reconocer del todo mi propio atrevimiento.
Sus labios se curvaron apenas, pero no sonrió del todo. Sus ojos bajaron a mi boca, deteniéndose allí como si ya la estuviera probando.
—¿Para qué? —respondió, con esa misma voz áspera que me había rozado la piel segundos antes.
Di un paso hacia él. Pequeño, pero decisivo.
—Para devorarme.
No hubo más advertencias.
Me tomó el rostro con una mano firme, cálida, los dedos deslizándose hasta mi nuca, y me besó.
No fue suave, ni fue tentativo. Fue un beso que reclamaba desde el primer segundo: labios exigentes, lengua invadiendo sin pedir permiso pero sin tomar más de lo que yo estaba entregando con ganas. Sus dientes rozaron mi labio inferior, tirando apenas, arrancándome un gemido bajo que se perdió en su boca.
Mis manos se aferraron a su chaqueta sin pensarlo, arrugando la tela fina mientras su cuerpo me empujaba suavemente contra la baranda fría. Sentí su dureza presionando contra mi vientre, evidente, caliente, imposible de ignorar. Un calor líquido se derramó entre mis piernas; estaba mojada, dolorosamente consciente de ello.
Cuando se apartó apenas, su frente quedó apoyada contra la mía. Ambos respirábamos agitados, el aire entre nosotros cargado de deseo crudo.
—Eso —murmuró contra mis labios hinchados— no fue muy prudente de tu parte.
—Nunca lo soy —respondí, la voz temblorosa.
Sonrió ahora sí. Pero no fue una sonrisa tranquila. Fue la de alguien que acababa de confirmar una sospecha muy peligrosa.
—Deberíamos volver dentro —dijo, aunque no se movió ni un centímetro.
—Sí —acepté, sintiendo aún su erección contra mí—. Antes de que alguien nos vea.
—O antes de que yo me porte mucho peor —susurró, sus dedos apretando apenas mi nuca.
Lo miré a los ojos.
—¿Eso era portarte mal?
—No —respondió, voz grave—. Eso fue solo probarte.
Un escalofrío me recorrió entera, directo al clítoris. Sentí mis bragas empapadas, el cuerpo pidiendo más aunque mi mente intentara mantener algo de control.
Regresamos al salón sin tocarnos. Como si el roce fuera ya demasiado peligroso. Cada paso era consciente de su presencia detrás de mí, de la forma en que sus ojos me quemaban la espalda, la cintura, las piernas.
Dentro, la música nos envolvió de nuevo. La gente bailaba, reía, vivía sin saber que algo irrevocable acababa de empezar.
—¿Te vas a quedar mucho más? —preguntó, acercándose lo justo para que su voz fuera solo para mí.
—No lo sé —admití—. Tal vez no.
Asintió, como si esa fuera exactamente la respuesta que esperaba.
—Yo tampoco.
Nos quedamos mirándonos un segundo más largo de lo correcto. El deseo vibraba entre nosotros como una corriente eléctrica.
Hasta que una mano femenina, perfectamente manicurada, se posó en su antebrazo con familiaridad.
—Ahí estabas —dijo una voz dulce, melosa—. Te estuve buscando toda la maldita noche.
Era una rubia despampanante: vestido rojo ajustado, curvas perfectas, seguridad absoluta. Se inclinó hacia él, sus pechos rozando apenas su brazo, y le susurró algo al oído que lo hizo sonreír de lado.
Sergio no se apartó de inmediato, tampoco se explicó. Solo miró su mano sobre él.
Y algo dentro de mí se rompió con un chasquido seco.
Celos. Puros, ardientes, irracionales.
Sentí una punzada aguda en el pecho, un calor que subió hasta mis mejillas. Era rabia mezclada con deseo frustrado. Quería ser yo la que lo tocara así. La que le susurrara al oído, la que hiciera que sonriera de esa forma.
—No somos nada —me repetí en silencio.
Pero mi cuerpo no estaba de acuerdo. Estaba tenso, caliente, traicionándome.
—Lo siento —dije, dando un paso atrás con una sonrisa que no sentía—. Si me disculpan…
No esperé respuesta. Me alejé rápido entre la gente, el pulso latiendo fuerte en los oídos, en la garganta, entre las piernas. El eco de su boca aún quemaba en mis labios, su sabor todavía en mi lengua, y una certeza incómoda se instalaba en mi pecho como fuego lento.
Me enojaba haberlo deseado tanto, aunque solo hubieran pasado minutos.
Y sobre todo, me enojaba saber que él lo había notado todo.