Capítulo 3. La intimidad

2462 Words
Me refugié en el baño como si fuera el único lugar donde podía volver a respirar sin que él estuviera en cada inhalación. Apoyé las manos temblorosas en el lavamanos frío y me miré al espejo. Tenía las mejillas ardiendo, los labios hinchados y sensibles por sus besos, los ojos verdes demasiado brillantes, cargados de un deseo que se negaba a apagarse. —Ridícula —me murmuré, la voz apenas un susurro ronco. Abrí la canilla y dejé que el agua helada corriera sobre mis muñecas, luego me mojé la cara, como si eso pudiera borrar el sabor de su boca, el roce de su aliento en mi nuca, la luna llena colgando afuera como una testigo obscena y cómplice. No somos nada, me repetí una y otra vez. No lo conoces, no te debe nada, no te pertenece. Respiré hondo, intentando calmar el pulso que latía fuerte en la garganta… y más abajo, entre mis piernas, donde la humedad seguía recordándome lo cerca que había estado de rendirme por completo. Y eso fue lo que más me enfureció. Porque yo no era así. No era la que se dejaba llevar por un beso en un balcón, no era la que se derretía con una mirada. No era la que cruzaba líneas internas solo porque alguien sabía exactamente dónde tocarlas. Salir con hombres siempre había sido complicado para mí. Yo era la que analizaba demasiado, la que llegaba tarde al deseo, la que desconfiaba incluso cuando todo parecía seguro. La que necesitaba tiempo, palabras, pruebas, coherencia. No impulsos. No fuegos artificiales. Y sin embargo ahí estaba. Ardiendo por dentro como una adolescente torpe. Ofreciéndome sin que nadie me lo pidiera. Regalándome. ¿Qué te pasa? ¿Por qué hiciste eso? Tú no eres así. Me apoyé contra la pared fría del baño y cerré los ojos. La escena se repetía como una película cruel: su boca, su voz baja, la forma en que había dicho mi nombre como si ya fuera suyo. Y yo había ido. Había dado ese paso. Había sido la que no se contuvo. No porque no supiera hacerlo, sino porque no quise. Y eso me asustaba más que cualquier otra cosa. Porque si yo era capaz de perderme así en alguien que no era nada mío, ¿qué pasaría cuando fuera alguien que sí lo fuera? Abrí los ojos. El espejo me devolvió una versión de mí que no terminaba de reconocer: más viva, más expuesta, más vulnerable. Y entendí que no estaba molesta por haberlo deseado. Estaba molesta por haberme visto a mí misma deseándolo así. Sin armadura, sin distancia, sin control. Y no estaba segura de querer ser esa mujer. Respiré hondo, intentando calmar el pulso que latía fuerte en la garganta… y más abajo, entre mis piernas, donde la humedad seguía recordándome lo cerca que había estado de rendirme por completo. Fue entonces cuando escuché la puerta abrirse. Antes de que pudiera girarme, el seguro se cerró con un clic seco y definitivo. Sergio estaba ahí, apoyado contra la puerta, mirándome como si el mundo entero se hubiera reducido a ese baño pequeño e iluminado apenas por la luz cálida. Sus ojos grises me recorrieron despacio, deteniéndose en mis labios, en mi pecho agitado, en la forma en que mis muslos se apretaban sin darme cuenta. —¿Qué haces aquí? —pregunté, dándome vuelta de golpe. —Vine a por lo que empezamos —dijo, voz baja, calmada, peligrosa. —Sal de aquí —respondí, aunque mi voz salió más ronca de lo que pretendía—. No es apropiado. —¿No? —preguntó, dando un paso hacia mí—. Pensé que te faltaba el aire. —Estoy bien. —No lo estabas cuando te fuiste corriendo. Me crucé de brazos, intentando poner distancia aunque solo fuera con el gesto. —No es asunto tuyo. Sus ojos bajaron un segundo por mi cuerpo, lentos, deliberados, antes de volver a los míos. —¿Celosa? Solté una risa corta, incrédula. —No digas tonterías. No nos conocemos, no somos nada. Se acercó otro paso. El espacio se volvió mínimo. Sentí su calor, su perfume, la forma en que mi cuerpo reaccionaba sin permiso: pezones endureciéndose contra la seda, un latido caliente entre las piernas. —No —repetí—. No somos nada. —Entonces —susurró—, ¿por qué te fuiste? No respondí porque no hizo falta. Su mano se apoyó en la pared junto a mi cabeza, encerrándome sin tocarme del todo. —Dime que no sentiste lo mismo que yo en ese balcón —dijo, voz más grave—. Dime que no te mojaste con un solo beso. Y me voy ahora mismo. Tragué saliva. —No sería honesto. Eso fue todo lo que necesitó. Me besó. Esta vez no hubo advertencia ni juego. Fue un beso profundo, lento, cargado de algo más oscuro y urgente. Sus labios reclamaron los míos como si ya los conociera de memoria, como si hubieran estado esperando este momento desde que me vio entrar. Mis manos se aferraron a su chaqueta sin pensarlo. Su cuerpo me empujó suavemente contra la pared fría del baño, firme, seguro, haciéndome consciente de cada centímetro de distancia que ya no existía. —Dijiste que no éramos nada —murmuró contra mi boca. —Lo somos —respondí, jadeando—. Ahora mismo. Su risa fue baja, peligrosa. —Eso me gusta demasiado. Sus besos descendieron por mi cuello, lentos, quemando cada punto de piel. Mi respiración se desordenó por completo. Todo pensamiento lógico se disolvió. El baño, la fiesta, la rubia que lo había buscado… todo desapareció. Solo existíamos él, yo y lo inevitable. Su boca volvió a la mía con una lentitud peligrosa, como si quisiera memorizar cada rincón. Mis labios se abrieron sin resistencia, y el beso se profundizó hasta volverse algo que ya no tenía nada de prudente. Sentí su cuerpo presionándome contra la pared fría, firme, presente, imposible de ignorar. —Dime que pare —murmuró contra mi piel. No lo hice. Mis manos se deslizaron por su espalda, reconociendo la tensión de sus músculos bajo la tela, la forma en que se contenía… o fingía hacerlo. Su respiración se volvió irregular, igual que la mía. —No nos conocemos lo suficiente —dije, más para convencerme que para detenerlo. Él sonrió contra mi cuello. —No todavía. Sus labios descendieron lentamente por mi cuello, dejando besos que no eran suaves ni inocentes. Eran promesas oscuras, advertencias cargadas de intención. Cada uno quemaba contra mi piel, haciendo que mi pulso se acelerara sin control. Sentí cómo mi cuerpo traicionaba cualquier intento de racionalidad: mis pezones se endurecieron bajo la tela fina de mi blusa, un calor húmedo se acumulaba entre mis muslos, y cada pensamiento lógico se disolvía bajo el peso abrumador de su cercanía. El ruido lejano de la fiesta; risas, música, voces, desapareció por completo, como si alguien hubiera apagado el mundo exterior. Solo existíamos nosotros dos, encerrados en ese espacio mínimo donde ya no había lugar para fingir ni para retroceder. Su mano subió por mi costado, lenta y deliberada, rozando la curva de mi cadera antes de deslizarse bajo el dobladillo de mi falda. Sus dedos encontraron la piel desnuda de mi muslo interno, trazando caminos ascendentes que me hicieron jadear en silencio. Tocaba como si quisiera grabarse en cada centímetro, posesivo, explorando hasta que llegué a temblar. Él lo notó, por supuesto; una sonrisa depredadora curvó sus labios contra mi piel. —Mírame —ordenó en un susurro ronco. Lo hice, alzando la vista hasta perderme en sus ojos, ahora más oscuros, dilatados por el deseo. Había hambre cruda en ellos, un control férreo que apenas contenía la tormenta, una calma peligrosa que me ponía la piel de gallina. —No voy a ser cuidadoso —admitió, su voz baja y grave—. Dime si no lo quieres. No dije nada. Mi silencio fue una invitación explícita, un sí tembloroso que no necesitaba palabras. Eso fue suficiente. Me besó de nuevo, esta vez con urgencia: mordió mi labio inferior hasta que solté un gemido ahogado, obligándome a abrir la boca para que su lengua invadiera, profunda y exigente. Mis piernas flaquearon, y él respondió al instante, presionando su cuerpo contra el mío, sosteniéndome contra la pared con una mano en mi cintura. Mis dedos se clavaron en su camisa, arrugándola, tirando de la tela como si quisiera arrancársela. Cada roce era una chispa eléctrica. Cada respiración compartida, una amenaza de lo que vendría. —Esto no es buena idea —murmuré contra su boca, sin un ápice de convicción. —Nunca lo es —respondió, su aliento caliente en mis labios—. Por eso se siente tan jodidamente bien. Sus labios volvieron a los míos, pero esta vez sin prisa: lento, intenso, exploratorio. Su lengua danzaba con la mía, probando, memorizando, como si yo fuera un territorio que planeaba conquistar y no olvidar nunca. El mundo se redujo al calor abrasador de su cuerpo contra el mío, a la forma instintiva en que mi espalda se arqueaba buscando más contacto, a la certeza absoluta de que ya no había vuelta atrás. Cuando separó sus labios apenas, apoyó su frente contra la mía; ambos respirábamos agitados, el aire entre nosotros cargado de electricidad. —Si cruzamos esto —dijo, su voz ronca por el esfuerzo de contenerse—, no va a ser simple. Va a ser sucio, intenso, y no podré parar. —Nada que valga la pena lo es —respondí, mi voz entrecortada. Su sonrisa fue breve, decidida, casi feral. Sin más palabras, sus manos bajaron a mis nalgas, apretándolas con fuerza antes de levantarme apenas, lo justo para que mis pies dejaran el suelo un segundo y mis piernas se enredaran instintivamente alrededor de su cintura. Ese gesto rompió la última barrera: me aferré a su cuello, sintiendo su erección dura y caliente presionando contra mí a través de la tela, y todo mi cuerpo gritó sí antes de que mi mente pudiera intervenir. La puerta cerrada nos aislaba. La noche afuera, indiferente. La luna llena observaba desde algún lugar imposible, testigo silencioso. Sus dedos se deslizaron bajo mi falda, apartando mis bragas con impaciencia. Me tocó directamente, hundiendo dos dedos en mi humedad resbaladiza, buscando y encontrando mi clítoris hinchado con precisión cruel. Gimió contra mi oído al sentir lo mojada que estaba, lo lista que me tenía. —Mierda, estás empapada —gruñó, mientras sus dedos me acariciaban en círculos firmes, presionando justo en ese punto que me hacía arquearme y gemir sin control. Mis ojos se voltearon hacia atrás, el placer me atravesaba como un rayo, olas intensas que me dejaban temblando en sus brazos. Me follaba con los dedos ahora, profundo y rápido, preparándome, rompiéndome poco a poco. Apenas registré el sonido del envoltorio del preservativo rasgándose; fue solo un instante, sus manos expertas colocándoselo mientras me sostenía contra la pared. Luego, la punta de su pene grueso presionó mi entrada, y con un empujón firme, me penetró de una sola estocada. La completud fue abrumadora. Me sentía llena hasta el límite, estirada alrededor de su grosor, cada vena y contorno pulsando dentro de mí. Un gemido escapó de ambos al unísono. —Eres tan apretada... me encantas—gruñó, su voz quebrada por el placer. Fue su única advertencia antes de empezar a embestir: lento al principio, dejándome sentir cada centímetro saliendo y entrando, luego más rápido, más profundo, golpeando ese punto dentro de mí que me hacía ver estrellas. Me aferré a su cabello, tirando con fuerza mientras su boca bajaba por mi escote. Apartó la tela con los dientes, exponiendo mis pechos, y los tomó por asalto: lamió un pezón endurecido, lo chupó con avidez, lo mordisqueó hasta que grité su nombre en un susurro ahogado. El dolor placentero se mezclaba con el éxtasis de sus embestidas. Me penetraba una y otra vez, implacable. Sentía el sudor resbalando por mi espalda, por su cuello; nuestras respiraciones agitadas se entremezclaban con gemidos y el sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando. No me importaba nada más: todas las sensaciones estaban a flor de piel, me sentía excitada hasta el borde de la locura, peligrosa, pero viva como no lo había estado en años. En un momento, sus dientes se hundieron en mi cuello, marcándome, y aceleró el ritmo hasta volverse salvaje. Tiré de su cabello con desesperación cuando el orgasmo me golpeó como una ola imparable: mi cuerpo se convulsionó alrededor de él, apretándolo en espasmos intensos, mi mundo entero estremeciéndose en blanco. Poco después, él se liberó con un gruñido gutural profundo, embistiendo una última vez hasta el fondo, su pene pulsando dentro de mí mientras se vaciaba en el preservativo. Cuando el tiempo volvió a existir, estábamos quietos, respirando juntos en jadeos entrecortados, apoyados uno contra el otro contra la pared. Sus brazos aún me sostenían, mis piernas temblando alrededor de su cintura, y ninguno de los dos se movió por un largo rato, como si el mundo exterior aún no mereciera recuperarnos. No hubo promesas, no hubo palabras grandilocuentes. Solo una certeza silenciosa flotando entre nosotros: nada de eso había sido casual. Me acomodé la ropa despacio, como si cada gesto fuera una forma de recuperar algo de control. Él me observaba sin decir nada, con esa calma peligrosa que empezaba a reconocerle. —Esto no cambia nada —dije, más para mí que para él. —No —respondió—. Lo complica todo. Antes de que pudiera replicar, su teléfono vibró. Una vez, luego otra. Bajó la mirada a la pantalla. Y algo en su expresión cambió. No fue culpa, no fue sorpresa. Fue anticipación. —Tengo que irme —dijo. —Claro —respondí, aunque no era lo que quería escuchar. Se acercó, me rozó la mejilla con los dedos, como si ese gesto fuera demasiado íntimo para alguien que acababa de decir adiós. —No desaparezcas —murmuró—. Esto… no termina acá. Abrió la puerta y salió sin mirar atrás. Yo me quedé ahí unos segundos más, con el pulso desordenado y la sensación incómoda de haber cruzado una línea que no sabía que existía. Cuando finalmente salí del baño, lo vi al otro lado del salón. No estaba solo. La misma chica de antes estaba colgada de su brazo, hablándole al oído como si supiera exactamente dónde tocarlo. Y él…no se apartó. En ese instante entendí algo que me heló la sangre y, al mismo tiempo, me encendió la piel: no había entrado en una historia simple. Había entrado en un terreno donde nadie jugaba limpio. Y yo acababa de convertirme en parte de eso.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD