Salí del salón como si el aire mismo me estuviera asfixiando. El eco de la música retumbaba en mis oídos, pero no era eso lo que me hacía sentir el pecho apretado. Era la imagen de Sergio con esa mujer, su brazo rodeando su cintura con una familiaridad que gritaba posesión, aunque sus ojos se habían cruzado con los míos un segundo antes de que yo me girara. No había culpa en su mirada, solo una intensidad que me dejó helada y caliente al mismo tiempo. ¿Quién era ella? ¿Una novia? ¿Una amante? ¿Y por qué demonios me importaba tanto si acabábamos de conocernos?
Caminé rápido por la calle, el viento nocturno azotando mi cabello desordenado, mis tacones resonando contra el pavimento como acusaciones. Mi cuerpo aún vibraba con el recuerdo de él: el calor de sus manos en mi piel, el ritmo implacable de sus embestidas, el sabor salado de su sudor mezclado con el mío. Estaba dolorida en los lugares correctos, un recordatorio físico de que lo que había pasado en ese baño no era un sueño febril. Pero mi mente... mi mente era un caos. Celos que no tenía derecho a sentir, deseo que no podía apagar, y una curiosidad que me carcomía como fuego lento.
Llegué a mi apartamento y cerré la puerta con un golpe seco, apoyándome contra ella como si necesitara una barrera física contra el mundo. Me quité los zapatos de un tirón, dejando que mis pies descalzos tocaran el suelo frío. El silencio del lugar me envolvió, pero no trajo paz. Solo preguntas. ¿Por qué me había seguido al baño? ¿Por qué me había hecho sentir como si fuera la única mujer en esa fiesta, solo para volver con ella? Y lo peor: ¿por qué yo había dejado que pasara? Yo, Serena, la consultora racional que analizaba riesgos antes de firmar contratos millonarios, había saltado al vacío sin paracaídas.
Me desvestí despacio, dejando caer el vestido al suelo como una piel mudada. Abrí la ducha. El agua caliente cayó sobre mí como una caricia violenta. Cerré los ojos y dejé que el vapor me envolviera. Mis manos bajaron solas. Primero los pechos, apretando los pezones hasta que dolió de la mejor forma. Luego más abajo, apartando la tela empapada de la tanga. Estaba tan mojada que mis dedos se deslizaron sin resistencia.
Lo imaginé ahí, detrás de mí. Su pecho contra mi espalda. Sus manos grandes cubriendo las mías, guiándome. Su voz ronca en mi oído: “Estás empapada… para mí”. Aceleré los círculos sobre mi clítoris, dos dedos entrando y saliendo, imitando el ritmo que él había usado en el baño. Rápido. Profundo. Sin piedad.
El orgasmo me golpeó fuerte, casi doloroso. Me apoyé contra los azulejos fríos, las piernas temblando, su nombre escapando entre gemidos ahogados por el ruido del agua. Cuando terminó, me quedé quieta bajo el chorro, respirando agitada. El cuerpo satisfecho. La mente… un desastre.
Salí de la ducha, me sequé apenas y me metí en la cama desnuda. La sábana rozó mi piel hipersensible y volví a sentirlo todo otra vez. Dormí poco, entre sueños donde él me tomaba una y otra vez, sin prisa, sin interrupciones, sin esa rubia de por medio.
A la mañana siguiente me desperté tarde, con el sol ya alto y el cuerpo pesado de deseo residual. Preparé café y me senté en el sillón con la taza humeante entre las manos, mirando la ciudad que bullía allá abajo.
El teléfono vibró.
Número desconocido.
Abrí el mensaje:
“Buenos días, Serena. ¿Dormiste bien después de anoche?”
El pulso se me aceleró. Era obvio que era él. Pero ¿Cómo tenía mi número? No recordaba habérselo dado. Ni en la fiesta, ni en ningún momento. ¿Se lo habría sacado a Dani? ¿A Sofía? ¿O simplemente lo había conseguido de alguna forma que prefería no analizar ahora?
No dije nada al respecto. Respondí:
Yo: Buenos días. Mejor de lo esperado.
Su respuesta llegó casi inmediata:
Número desconocido: Me alegra. Te fuiste rápido. ¿Algo que quieras contarme?
Sonreí sin querer. Sabía perfectamente a qué se refería.
Yo: Nada que no sepas ya.
Tres puntos titilando en la pantalla y luego:
Número desconocido: ¿Te pusiste celosa cuando viste a Valeria?
La pregunta me cayó como un balde de agua fría. Celos. Sí. Los había sentido. Ardientes, irracionales, como si tuviera derecho a sentirlos después de un polvo en el baño de una fiesta con un casi desconocido. Pero no quería admitirlo. No todavía.
No respondí.
Pasaron segundos. Diez. Quince.
Otro mensaje:
Número desconocido: Vale. No hace falta que contestes. Solo quería saber si sigues interesada en seguir con esto.
Tragué saliva. Claro que estaba interesada. Más de lo que debería después de una sola noche.
Yo: Estoy interesada.
Número desconocido: Bien. ¿Cena esta noche? Te paso la dirección. Nada formal. Solo nosotros.
Dudé solo un segundo.
Yo: Perfecto. ¿A qué hora?
Número desconocido: A las nueve. Te espero.
Cerré el chat y me quedé mirando la pantalla. La curiosidad me quemaba por dentro. ¿Quién era Valeria? ¿Por qué tenía tanta confianza con él? ¿Era una ex? ¿Una amiga? ¿Algo más complicado? Quería preguntar. Quería saberlo todo. Pero me mordí la lengua. Fuerte. Porque si preguntaba ahora, rompería la burbuja que apenas empezaba a formarse. Y no quería romperla. No todavía.
Me levanté, fui al armario y empecé a pensar en qué ponerme a la noche. Algo que lo hiciera recordar exactamente lo que había pasado en ese baño. Algo que dijera “quiero más” sin necesidad de palabras.
Porque una cosa tenía clara: esa cena no iba a terminar con café y un beso de despedida.
Quería más.
Quería todo.
Y aunque la sombra de Valeria seguía ahí, flotando como una pregunta sin respuesta, decidí que podía esperar.
Al menos por una noche más.
Pasé todo el día con el estómago hecho un nudo.
Intenté trabajar: correos, hojas de cálculo, una llamada con un cliente que hablaba de fusiones como si fueran recetas de cocina. Pero mi mente volvía una y otra vez a la cena. A las nueve. A su casa.
No sabía dónde vivía. Solo tenía la dirección que me había pasado por w******p: un barrio que, cuando la busqué en Google Maps, me dejó con la boca abierta. Salamanca. La zona más cara de Madrid. Uno de esos edificios antiguos rehabilitados, con portero las veinticuatro horas y vistas que valían más que mi sueldo anual.
Me duché dos veces. La primera para quitarme el sueño, la segunda porque no me sentía lo suficientemente limpia, lo suficientemente preparada. Me puse crema hidratante con aroma a vainilla y jazmín, me depilé con más cuidado del habitual, me pinté las uñas de un rojo oscuro que parecía sangre fresca. Cada gesto era una forma de controlarme los nervios.
Elegí la ropa con la misma obsesión con la que analizo un balance financiero. Al final me decidí por una falda lápiz negra, de cuero sintético suave, que me llegaba justo por encima de la rodilla y se ajustaba como una segunda piel. Encima, una blusa de seda blanca de tirantes finos, escote pronunciado pero elegante, que dejaba los hombros al descubierto y se transparentaba lo justo bajo la luz. Tacones negros de aguja, once centímetros, los que me hacían sentir peligrosa. Ropa interior negra de encaje, conjunto completo. Me miré al espejo y pensé: Si esto no lo vuelve loco, nada lo hará.
Me maquillé con cuidado: base ligera, ojos ahumados en tonos grises y negros, pestañas largas, labios nude con un toque de gloss. El cabello suelto, ondas naturales que caían por la espalda. Un perfume suave, pero que se quedaba en la piel.
A las ocho y media ya estaba lista. Demasiado temprano. Me senté en el sofá con una copa de vino blanco frío y me obligué a no mirar el reloj cada treinta segundos. Los nervios me subían por la garganta como mariposas con alas de plomo. ¿Y si era una mala idea? ¿Y si Valeria aparecía de nuevo? ¿Y si él solo quería repetir lo del baño y nada más?
A las ocho y cincuenta y cinco salí de casa. Tomé un taxi. Le di la dirección con voz firme, aunque por dentro temblaba. El trayecto se me hizo eterno y cortísimo al mismo tiempo. Cuando el coche se detuvo frente al portal, sentí que el corazón me iba a salir por la boca.
El portero me abrió la puerta con una sonrisa profesional. Subí en ascensor hasta el ático. Solo había dos puertas en ese piso. Toqué el timbre de la de la izquierda.
La puerta se abrió casi al instante.
Y ahí estaba él.
Jean oscuro, ajustado en las piernas, camisa blanca de lino con los primeros botones desabrochados, mangas remangadas hasta los antebrazos. El cabello todavía húmedo, como si acabara de salir de la ducha, algunos mechones cayéndole sobre la frente. Olía a jabón fresco, a madera y a algo más oscuro, masculino. Estaba descalzo. Eso, de alguna forma, me pareció lo más íntimo de todo.
—Serena —dijo con esa voz grave que ya me ponía la piel de gallina—. Justo a tiempo.
Me tendió la mano para que entrara. Cuando crucé el umbral, me quitó el abrigo con un gesto lento, casi ceremonial. Sus dedos rozaron mis hombros desnudos al deslizar la tela y sentí un escalofrío que me bajó directo por la columna.
El apartamento era… impresionante.
Techos altísimos, molduras originales del siglo pasado, suelo de madera oscura brillante. Paredes blancas, pero no frías: había cuadros grandes, abstractos, en tonos negros, dorados y grises. Un sofá de cuero gris oscuro, enorme, frente a un ventanal que ocupaba toda la pared. Madrid se extendía allá abajo, luces encendidas como un mar de estrellas caídas. La Puerta de Alcalá se veía a lo lejos, iluminada, y más allá, el perfil del Retiro. Era una vista que quitaba el aliento.
La cocina estaba abierta al salón, isla de mármol n***o, electrodomésticos de acero. Y en el aire flotaba un aroma que me hizo cerrar los ojos un segundo: arroz, azafrán, marisco, pimentón, ajo. Comida de verdad. Comida que alguien había preparado con calma.
—¿Qué es ese olor? —pregunté, todavía mirando alrededor como si no pudiera creerlo.
Él sonrió, apoyándose en la encimera con las manos en los bolsillos del jean.
—Mi famosa paella. La única receta que mi abuela me obligó a aprender antes de dejarme salir de casa.
Me reí, nerviosa.
—No suelo ir a cenar a la casa de desconocidos, ¿sabes?
Sergio ladeó la cabeza, esa sonrisa suya creciendo despacio, peligrosa.
—¿A la cueva del lobo?
Los dos nos reímos al mismo tiempo. Una risa baja, cómplice, que alivió un poco la tensión que me tenía los músculos en nudo.
Se acercó un paso. Solo uno. Lo suficiente para que yo tuviera que levantar la barbilla para mirarlo.
—Ten cuidado, Caperucita —dijo en voz baja, casi un susurro—. Que el lobo te puede comer.
Las palabras me golpearon directo en el vientre.
Sentí el calor subir por mi cuello, bajar por mi pecho, instalarse entre mis piernas. Un latido lento, profundo. Mis bragas se humedecieron casi al instante, la tela de encaje pegándose a mi piel. El aire entre nosotros se volvió denso, cargado de promesas que ninguno había dicho todavía.
Me quedé mirándolo, los labios entreabiertos, sin saber qué responder.
Él tampoco dijo nada más.
Solo sonrió. Esa sonrisa que prometía que la noche apenas empezaba.
Y yo supe, en ese preciso instante, que ya no había vuelta atrás.