Esa noche no volvimos a hablar de reglas ni de límites. Solo nos perdimos el uno en el otro, como si el cuerpo pudiera decir todo lo que las palabras aún no encontraban. Después del sexo contra la puerta, Sergio me llevó en brazos hasta el sofá del salón, me tumbó con cuidado y se arrodilló entre mis piernas. Me lamió despacio, saboreándome como si fuera lo más natural del mundo. Yo me retorcí, gemí su nombre hasta que volví a venirme en su boca, temblando entera. Luego me llevó a la cama de nuevo. Esta vez fue más lento, más íntimo. Me penetró boca abajo, cubriéndome con su cuerpo, susurrándome al oído cosas que me hicieron sonrojar incluso después de todo lo que habíamos hecho. “Eres mía aunque no seas solo mía”, dijo en un momento, y esas palabras se me clavaron en el pecho como una pr

