Aquella noche empezó con el corazón latiéndome en la garganta mientras bajaba del taxi frente al restaurante. Hacía frío, pero el vestido rojo me quemaba la piel como si llevara brasas debajo. Me ajusté el abrigo largo n***o sobre los hombros y crucé la puerta con la sensación de que entraba en otra vida. Lo vi inmediatamente. Estaba sentado de cara a la entrada, con esa postura suya que parecía ocupar el espacio sin esfuerzo: hombros relajados, una mano alrededor de la copa de vino, la otra apoyada en la mesa como si estuviera esperando algo importante. Cuando me vio, se levantó despacio, y por un segundo el mundo se quedó quieto. Sus ojos recorrieron el vestido, los tacones, mi pelo suelto, y luego volvieron a mi cara con una intensidad que me hizo sentir desnuda aunque estuviera comple

