El aire entre los tres se volvió espeso, como si alguien hubiera subido el volumen del silencio. Sergio sostenía las dos copas de champán con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Knox, en cambio, parecía perfectamente relajado: hombros sueltos, sonrisa educada pero con ese filo que solo yo había aprendido a reconocer. Mi mano seguía entre las suyas, la palma aún caliente donde había posado los labios. —Knox Ramsey —repitió Sergio, como si probara el nombre y le supiera a algo amargo—. El de los proyectos en Dubai, ¿verdad? Serena ha mencionado tu nombre alguna vez. Knox soltó mi mano por fin, despacio, casi a regañadientes. Tomó la copa que Sergio me ofrecía sin pedirla, y dio un sorbo pequeño, sin apartar la mirada. —Dubai, Singapur, Londres… donde me manden. —Se encog

