Llegué a casa pasadas las tres de la mañana. La calle estaba vacía, solo el rumor lejano de algún taxi y el viento que arrastraba hojas secas por la acera. Metí la llave con cuidado, como si el ruido pudiera romper algo que aún no había terminado de construirse dentro de mí. Cerré la puerta despacio. El piso estaba a oscuras, solo la luz tenue del farol de la calle se colaba por las rendijas de la persiana del salón. Me quité las botas en la entrada. Caminé descalza por el pasillo. La puerta del dormitorio estaba entreabierta. Me asomé. Sergio dormía de lado, boca abajo, con el brazo extendido sobre mi lado de la cama como si, incluso dormido, me estuviera buscando. La sábana le cubría hasta la cintura. Su pelo revuelto. Su respiración profunda y tranquila. Por un segundo sentí una pun

