El lunes se me hizo eterno, un bucle de papeleos y reuniones que no llevaban a ninguna parte. Llegué a la oficina temprano, con el café en la mano y la cabeza ya llena de listas pendientes. Revisé informes financieros que parecían multiplicarse solos, respondí correos sobre deadlines que nadie respetaba y atendí una conferencia virtual con proveedores que se quejaban de todo menos de lo importante. Comí un sándwich rápido en mi mesa, sin salir, y la tarde fue más de lo mismo: Excel, llamadas, ajustes en presupuestos. Salí a las siete, con los hombros tensos y la mente revuelta. Caminé por Chamberí hasta casa, comprando algo para cenar en el supermercado de la esquina. Sergio llegó tarde, cansado de su propio día, y cenamos hablando de banalidades: el tráfico, una noticia tonta en la tele.

