Me desperté a las 5:47. El piso estaba en silencio absoluto, solo el zumbido lejano de un coche en la calle. Sergio dormía profundamente a mi lado, boca abajo, la sábana enredada en la cintura, la respiración lenta y pesada. El olor de la noche anterior flotaba todavía en el aire: sudor, sexo, alcohol, perfume ajeno. Me incorporé despacio, con cuidado de no despertarlo. Las piernas me temblaban un poco cuando me levanté. Sentí algo resbalar por el interior del muslo: su semen. Un escalofrío me recorrió entera, pero no era placer. Era otra cosa. Caminé descalza al baño. Cerré la puerta con suavidad. Encendí la luz tenue del espejo. Me miré. La pintura corrida. Los labios todavía rojos e hinchados. El cuello con una marca leve que no recordaba cómo se había hecho. El pelo revuelto, oliendo

