CAPÍTULO 32. Lo que empieza a moverse

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La tarde terminó sin un cierre solemne. No hubo promesas, ni besos que marcaran un antes y un después. Solo ese gesto simple de caminar juntos hasta la boca del metro, de mirarnos un segundo más de lo necesario, de soltar las manos despacio, como si ambos supiéramos que apresurar algo lo volvería frágil. —Avísame cuando llegues —dijo John. Asentí. —Gracias… por hoy. Sonrió. No con triunfo. Con cuidado. Bajé las escaleras del metro con una sensación nueva en el cuerpo. No era euforia. Era liviandad. Como si alguien hubiera aflojado una cuerda que llevaba demasiado tiempo tensa. El trayecto a casa fue silencioso. Miré mi reflejo en el vidrio oscuro del vagón y pensé que esa mujer se parecía a mí, pero ya no del todo. Había algo distinto en la forma en que sostenía la mirada. Algo menos

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