Pasaron varias semanas desde la boda de Valeria. El tiempo se estiró como un elástico tenso, Sergio y yo seguíamos en esa zona gris de "estamos intentando". Él ponía esfuerzo visible, mensajes diarios, cenas caseras, noches sin móvil, pero yo sentía que caminaba sobre un cristal fino. Cada gesto suyo era medido, calculado, y yo no podía evitar preguntarme cuánto duraría hasta la próxima grieta. No habíamos vuelto a hablar de abrir la relación, pero tampoco la habíamos cerrado del todo. Era como si hubiéramos dejado la puerta entreabierta, esperando a ver quién la cruzaba primero. El viernes por la noche decidí salir con las chicas. Necesitaba ruido, luces, cuerpos moviéndose sin pensar demasiado. Unas viejas amigas de la universidad, Laura y Kendall, me escribieron en el grupo: “Venga, Se

