CAPÍTULO 1.-1
CAPÍTULO 1.
Aún el sol no había salido cuando escuché el despertador, medio dormido alargué el brazo y con un golpe certero le apagué y dejó de sonar, decidí dormirme de nuevo después de darme media vuelta en la cama, acordándome que estábamos de vacaciones.
¿Por qué habría sonado el reloj?, seguro que fue un despiste, arropándome hasta la cabeza me dispuse a echar ese sueñecito mañanero que sabe tan bien.
Vacaciones, palabra mágica, no tenía que ir a clase, este año todo había ido como muy deprisa, nunca me había pasado algo así, antes de que me hubiera dado tiempo ya se había acabado el curso. Parecía que fue ayer mismo cuando estaba levantándome, entré nervioso por ver que profes me tocaban este curso y deseoso de encontrarme con mis compañeros, alguno de los cuales no había visto en todo el verano, porque se habían marchado fuera, bueno también yo me había ido unos días con mi familia a Sanxenxo, lugar en que mis abuelos desde hacía años alquilaban una casita para todos.
Este verano dijo papá que los días de playa se tenían que acortar, un compañero de la oficina se había puesto enfermo y él tenía que sustituirle, y desde luego no se iba a quedar solo en casa, ¿quién le haría de comer?, y ¿quién le prepararía la ropa?
Nosotros lo comprendimos, total la playa, ¿quién quería estar en la playa?, aún nos acordábamos que el año pasado no la pudimos disfrutar nada más que dos o tres días, los demás estuvo lloviendo y con mal tiempo, tanto que casi ni podíamos salir a la calle, así que ninguno protestó ante la perspectiva de este año, ya que en casa nos lo pasábamos mejor, pues si hacía malo, o venia algún amigo aquí o íbamos nosotros a su casa, de esa forma no se pasaba el tiempo tan aburrido como me había pasado allí.
Los gemelos como son de la misma edad siempre se entretienen, nunca se aburren, pero yo no tenía ningún amigo por los alrededores, a pesar de que ya hacía, creo recordar que cinco años que íbamos al mismo sitio, “la Praia de Silgar” en Sanxenxo, en la provincia de Pontevedra.
―“A mellor Praia de Galicia” ―según decían mis abuelos.
Nunca había ningún chico de mi edad, pero chicas un montón, por lo que mis dos hermanas tenían amigas con las que pasárselo bien, así que de esa forma yo era el que siempre me quedaba con papá mamá y los abuelos, aburrido sin saber qué hacer.
―Vamos a echar una partidita de ajedrez ―me decía mi padre al verme por allí.
Era un juego que le gustaba mucho, y yo creo que para tener un compañero me había enseñado desde pequeño. Claro que, para jugar con él, yo le ponía una condición, “que por lo menos me tenía que dejar ganarle una vez”, cosa que él hacía casi siempre en la primera partida.
Yo me animaba, y ponía todo mi empeño para ver si lo conseguía otra vez, y jugábamos unas cuantas, pero ya no se repetía mi suerte de nuevo, y a pesar de mi esfuerzo perdía una tras otra.
―Ya no juego más, que es muy aburrido perder siempre, me haces trampas ―le decía enfadado.
―Manu tú ya sabes jugar bien, si quieres te esfuerzas y me ganas, pero no tienes que mover tan deprisa, tienes que pararte a pensar en el siguiente paso, y ver las consecuencias que puede tener el movimiento que vas a hacer ―me decía muy serio.
―Anda, ¿qué dices?, papá, si solo es un juego, ¿para qué quieres que piense? ―le respondía ya enfadado.
Me levantaba, y se acabó, él ya sabía que no había forma de que siguiera y me dejaba hasta la próxima vez, que me veía dar vueltas por allí aburrido.
―¡Qué!, ¿echamos otra partidita? ―decía tratando así de que estuviera un poco entretenido.
La abuela y mamá se iban a andar por la playa, con los pies metidos en el agua, cuando las olas las dejaban, pues la abuela decía que le venía muy bien para la circulación, que notaba como las varices ya no la molestaban, no sé cómo podían aguantar esa agua tan fría.
El abuelo, que era el valiente de la familia, después de darse un chapuzón como él decía, porque había días en que era el único que se animaba a meterse allí, cuando salía se daba unas carreritas para secarse, y después se sentaba en su manta, esa vieja manta que le había dado la abuela solo para la playa, que se traía “para no mancharse con la arena”, como él decía. Esa que extendía de tal forma en la arena que le diera la sombra del toldo en la cabeza, se las había ingeniado para hacer una buena sombra, que a veces también nos libró de un buen chaparrón, de esos que caen en verano sin avisar.
Tenía cuatro palos, como de metro y medio, una lona grande cuadrada, y unas cuerdas. Cuando llegábamos allí entre todos le ayudábamos a montarlo, “el toldo”, como él lo llamaba, nos servía para comer tranquilamente a la sombra, para así no quemarse con el sol, yo no entendía muy bien para que íbamos a la playa a tomar el sol y luego tener que ponernos debajo del toldo, pero reconozco que a los gemelos y a la peque les venía muy bien, pues dormían su siesta allí tranquilitos.
El abuelo se ponía a leer su periódico, como lo hacía todos los días, decía que, aunque se estuviera de vacaciones, había que estar informado de las noticias que pasaban por el mundo y cuando me veía por allí aburrido, sin saber qué hacer, ni con quien estar, solo, sentado tratando de entretenerme jugando con la arena, me miraba como él lo solía hacer, bajando un poco la cabeza y mirándome por encima de las gafas, y poniendo cara seria me llamaba.
―Manu, ¿puedes venir un momento?, te necesito, ¿me puedes ayudar?
Yo acudía para ver que quería y me cogía del brazo para que me agachara y me hacía sentar a su lado en la manta, y me decía bajito para que no le escuchara nadie:
―Anda rapaz, a ver si le ganas esta vez a tu padre, y te conviertes en campeón.
Yo mirando esa agua tan fría, a la que no me apetecía meter, me levantaba con desgana, me sacudía la arena que se me había pegado en las piernas y haciéndome el remolón me iba al lado de mi padre y le decía bajito que casi ni se me escuchaba:
―Bueno, ¿qué te parece si jugamos un poco?, pero ya sabes, me tienes que dejar ganar.
―¿Queeé?, no se te escucha, habla más fuerte, ¿qué me decías? ―decía mi padre.
―Qué si quieres que juguemos ―le repetía más alto.
―Hijo a ver si dejas ganar alguna vez al chico ―el abuelo le decía a mi padre al escucharme.
Yo me ponía contento, de que el abuelo me apoyase:
―¿Has oído papá?, a ver si haces caso a tu padre, que digo yo, que, igual que me dices, que yo te tengo que obedecer a ti, porque eres mi padre, tú también se lo tendrás que hacer, porque eres su hijo ―Y sin más empezábamos la jugada.
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De un salto, salí de la cama, ¿cómo se me habría podido olvidar?, corrí por el pasillo, menos mal que no había nadie en el baño, me metí en la bañera, pero como iba medio dormido casi me caigo, me di una ducha rápida, ya un poco más espabilado, regresé a mi dormitorio, pensando que no me daba tiempo ni de desayunar, pues llegaría tarde, y como era el primer día, no me hacia ninguna gracia ser el último en aparecer, ¿qué iban a pensar los demás?
Vi la ropa colocada allí en la silla y me la puse corriendo, menos mal que anoche antes de acostarme la preparé, después de pensar que sería lo más conveniente que me pusiera, pues una situación así, no se me había dado nunca y seguro, que si no con las carreras hoy no hubiese encontrado nada apropiado para ponerme y hubiera metido la pata.
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Sentado tranquilamente esperando que esa ardiente taza de café que me habían puesto en la mesa dejara de humear, los recuerdos de aquel lejano día me venían a la mente a tropel, como si quisieran salir todos de golpe, qué lejano quedaba todo aquello y cuantas cosas habían sucedido desde entonces.
De nuevo mirando distraídamente el café, me dejé llevar por aquellos pensamientos que afluían a mi mente, la de tiempo que había pasado desde aquella época, cuando lo único en que pensaba, como todos mis compañeros, era en el fin de semana y lo bien que nos lo pasaríamos, sin ninguna otra preocupación, bueno estudiar si, pero eso tampoco era muy importante en esos momentos, pues de niño los estudios solo son parte de los juegos.
Por fin ya entré al instituto, y las cosas cambiaron, me tenía que tomar todo más en serio.
―Manu esto ya es otra cosa, no te lo puedes tomar como un juego, hay que estudiar mucho para aprobar, aquí no regalan las notas, y si te queda alguna asignatura para septiembre, te pasarás todo el verano estudiando, castigado sin salir ―me dijo mi padre muy serio aquel día.
Yo como conocía a mi padre, y sabía que cuando decía una cosa la cumplía, pues me hice el propósito de no faltar nunca a clase y portarme bien, con eso pensaba que tendría medio aprobado conseguido y con un poquito de esfuerzo más, ya tendría el curso sacado y era preferible hacer eso a matarse a estudiar.
Desde luego lo que se hace de joven para no dar ni golpe, que inconsciencia, no se sabe que cuanto mejor preparado se está, más fácil será luego seguir adelante en la vida.
“El tiempo perdido no se recupera”, que nunca he sabido muy bien lo que significa, pero mi abuelo, estaba convencido de que los refranes encerraban verdades y los usaba muy a menudo.
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Tomé la taza de café, ya estaba lo suficientemente fría para no quemarme, tenía que seguir con la tarea que me había impuesto, era esencial que encontrara el rastro del documento, tomé un sorbo despacio mientras miraba a la mesa, allí tenía aquella nota que había recibido de una forma tan rara, mira, que estaba acostumbrado a cosas extrañas, pero nunca me habían introducido un sobre bajo la puerta, ¿quién habría sido?
Tenía que comprobar la información, no me podía fiar de nada ni de nadie, por experiencia ya había podido averiguar cómo alguien, no sé muy bien quien, estaba empeñado en que yo dejara todo esto y lo olvidara, y lo que estaban consiguiendo era que cada vez me interesara más por ello, tenía que llegar al fondo del asunto, y descubrir la verdad.
Andando con paso ligero, me dirigí a la biblioteca, acababan de abrirla, lo había observado desde el lugar donde estaba sentado tomando el café, de echo había escogido ese sitio por eso mismo, desde allí veía perfectamente la puerta del lugar donde podría encontrar la respuesta tan esperada, ¿por qué con tantas bibliotecas como podría haber, habrían escogido ésta?
Como soy muy curioso seguro que en algún momento tendría la respuesta a esa pregunta, ahora mismo no era esencial, encontrar el documento era lo importante, pero ahora que caigo:
―¿Cómo sabría el autor del anónimo del sobre cerrado que yo estaba buscando ese papel?, ¡qué raro!, no creí habérselo mencionado a nadie, todo esto me parecía demasiada casualidad.
Dejé atrás la pesada puerta de la biblioteca, no sin antes admirarla, ¡qué trabajo tenía!, ¡que artista era el que la construyó!, y aun con el tiempo que debía haber pasado desde entonces, se podían admirar las hermosas figuras que salieron de las manos del artesano, ese que nadie sabía quién era, pero que su trabajo estaba a la vista, al alcance de todos los ojos, ¿habría pensado en el momento en que estaba haciéndolo, en la cantidad de personas que lo admirarían?, ¿en el tiempo que duraría su obra?, ¿en tantas cosas como esa puerta tan enorme encerraría?, la puerta de una biblioteca en donde tanta y tanta sabiduría hay guardada, que importante es, y pasamos por ella, casi sin darnos cuenta.
Llegué al mostrador, donde una amable señorita me preguntó, qué deseaba ver, yo pensando aun en el artífice de esa asombrosa puerta, ni me di cuenta de sus “Buenos días” y ni de la pregunta que me había hecho ella al verme llegar.
―¡Vaya trabajito! ―dije distraído sin fijarme que alguien me escuchaba.