—Siento unos pasos y me enrollo en las sábanas tapando mi cabeza. Se sienta a mi lado y mi corazón se quiere salir… me toca y pego un grito.
—¡AAAAA! ¡Suéltame, no me toque! ¡AUXILIO, hay un ladrón! —y me tapa la boca.
—Shiii, no grites, soy yo. —Lo miro y siento un alivio, pero luego lo empiezo a golpear en el pecho por asustarme.
—Estúpido, me asustaste, cómo se te ocurre, cómo entraste… —y lo sigo golpeando.
—Ya, por favor, cálmate, no fue mi intención. —Me abraza a su pecho y acaricia mi cabello. Me tranquilizo con su caricia.
—¿Qué haces de nuevo aquí? —le pregunto.
—Bueno, vine a traerte un teléfono nuevo, además de que traje almuerzo porque sé que no te puedes parar.
—Te lo agradezco, pero no te hubieras molestado. Estaba por llamar a alguien para que viniera a ayudarme.
—Puedo hacerlo yo…
—No lo creo, ya hiciste suficiente, es mejor que te vayas.
—No me quiero ir, Emili, no está bien dejarte así.
—¿Y qué piensas hacer? ¿Venir a vivir aquí?
—Si me lo pides así, lo podría pensar.
—Eres un estúpido, Juan, no te lo estoy pidiendo.
—¿Por qué te empeñas en ser tan odiosa conmigo, ah?
—Eso es lo que te mereces de mi parte.
—¿Y por qué?
—¿Te parece poco, después de todo el daño que me hiciste? —Se sienta a mi lado y mis nervios florecen de nuevo.
—Podrías perdonarme alguna vez…
—Jamás podría perdonarte, Juan, dañaste mi vida.
—Y si te dijera que todo eso fue planeado por alguien, ¿me creerías?
—¡Ja! Por Dios, qué cuento piensas inventar ahora, Juan.
—Ningún cuento, Emili, mi amor por ti fue real, nunca hubiera hecho nada para perjudicarte…
—¡Fue! ¿Quiere decir que ya no me ama?
—Mira, Juan, de verdad a estas alturas no me interesa saber nada, y de verdad es mejor que te vayas.
—No me voy a ir, Emili. El doctor dijo que tenía que hacerte masajes, y eso es lo que pienso hacer.
—No me puedo hacer masajes aún, porque no me he duchado y esa pomada es muy caliente.
—Vamos, te ayudo a ducharte. —Se quita la chaqueta que lleva puesta y se sube las mangas de su camisa. Puedo ver las venas de sus fuertes brazos y me lo imagino tocándome; siento mi cuerpo arder.
—¡Ni lo sueñes! Tú a mí no me tocas.
—Bueno, me sentaré aquí a ver cómo lo haces por ti misma. —Se sienta en el sillón, cruza sus piernas y me observa.
—Después de irme de su apartamento fui al hotel, me duché y luego salí al encuentro con la señora de la inmobiliaria; no podía perder esa cita ya que el apartamento de mi interés queda muy cerca del de Emili. Así que voy al encuentro, hago una muy buena oferta y listo, el apartamento es mío. Es una belleza, de verdad, y está amueblado; solo hay que trasladar mi guardarropa y cosas personales.
—Después voy a una agencia y compro un teléfono para Emili, paso a un restaurante por el almuerzo y me voy a su departamento. Al irme tomé un juego de llaves y me las llevé, pues ella no puede pararse así que no podría abrirme la puerta sin lastimarse.
—Al llegar todo está en silencio. Voy a la cocina a dejar las cosas, me sirvo un poco de agua y luego voy a su habitación. Noto que está arropada hasta la cabeza, así que la toco para despertarla y empieza a gritar asustada; al verme se calma, pero luego comienza a insultarme y a golpearme hasta que logro calmarla.
—¿Qué haces de nuevo aquí? —me pregunta.
—Bueno, vine a traerte un teléfono nuevo, además de que traje almuerzo porque sé que no te puedes parar.
—Te lo agradezco, pero no te hubieras molestado. Estaba por llamar a alguien para que viniera a ayudarme.
—Puedo hacerlo yo… —le digo sin más.
—No lo creo, ya hiciste suficiente, es mejor que te vayas.
—No me quiero ir, Emili, no está bien dejarte así.
—¿Y qué piensas hacer? ¿Venir a vivir aquí?
—Si me lo pides así, lo podría pensar —le respondo.
—Eres un estúpido, Juan, no te lo estoy pidiendo.
—Lo sé, pero solo quería decirlo para ver qué respondía.
—¿Por qué te empeñas en ser tan odiosa conmigo, ah? —Le hago la gran pregunta.
—Eso es lo que te mereces de mi parte.
—Entiendo esa respuesta, pues con lo que cree que le hice adrede, ¿quién no estaría así?
—¿Y por qué?
—¿Te parece poco, después de todo el daño que me hiciste? —Me da la gran respuesta.
—Podrías perdonarme alguna vez…
—Jamás podría perdonarte, Juan, dañaste mi vida.
—Y eso me rompe el alma.
—Y si te dijera que todo eso fue planeado por alguien, ¿me creerías? —Le hago esa pregunta con el corazón en la mano.
—¡Ja! Por Dios, qué cuento piensas inventar ahora, Juan.
—Ningún cuento, Emili, mi amor por ti fue real, nunca hubiera hecho nada para perjudicarte… —le hablo con total sinceridad.
—Mira, Juan, de verdad a estas alturas no me interesa saber nada, y de verdad es mejor que te vayas.
—No me voy a ir, Emili. El doctor dijo que tenía que hacerte masajes, y eso es lo que pienso hacer.
—No me puedo hacer masajes aún, porque no me he duchado y esa pomada es muy caliente.
—Vamos, te ayudo a ducharte. —Me encantaría verla desnuda.
—¡Ni lo sueñes! Tú a mí no me tocas —espeta sin rodeos.
—Bueno, me sentaré aquí a ver cómo lo haces por ti misma. —Y me relajo en el sillón.
—La veo moverse hasta la orilla, se quita la venda e intenta pararse.
—No deberías quitarte la venda…
—Cállate, tú no me dices qué hacer.
—Ok, así será.
—Coloca un pie, intenta afincar el otro y se queja del dolor; luego lo deja en el aire e intenta ir saltando, pero a mitad de camino pierde el equilibrio y cae. Empieza a llorar porque le duele aún más. Me paro de inmediato para ayudarla, pero me insulta de nuevo.
—¡Déjame! Esto es tu culpa, ¡cómo te odio, Juan!… Vete, lárgate —pronuncia llorando.
—Bebé, no te puedo dejar así, ven, déjame ayudarte. No me culpes, por favor, nunca ha sido mi intención lastimarte, pero eres muy terca… —Y la veo mirarme con esos ojos llorosos.
—No me vuelvas a llamar así…
—Me asombro; de verdad no sé en qué momento solté la palabra "bebé", así le decía antes.
—Lo siento, fue espontáneo, discúlpame, no volverá a pasar.
—La ayudo a levantar y ella no dice nada más. La llevo al baño, la dejo un momento mientras busco una silla para sentarla.
—Ven, siéntate aquí. —Coloco la silla bajo la regadera. Al sentarse, le ayudo a quitarse la ropa y pongo la mirada en sus ojos; no quiero verla porque no sé qué haría con esta mujer así. Siento su respiración un poco agitada, pero me rehúso a ver su pecho; no quiero salir volando de aquí. Busco una toalla y envuelvo su pie con cuidado y lo coloco encima de la tina para que no se moje.
—Si necesitas ayuda solo me llamas, ¿sí?
—Ella solo asiente con la cabeza. Salgo del baño y cierro la puerta, me tiro en la cama mirando al techo. Necesito calmar mi respiración, siento que tengo una erección y no me equivoco. ¿Ahora qué hago…?
—Voy a la cocina, sirvo el almuerzo para dejar todo listo mientras ella se ducha.
*****************************************************
—Respiro profundo y me siento en la orilla de la cama a quitarme el vendaje.
—No deberías de quitarte la venda… —me dice.
—Cállate, tú no me dices qué hacer —le respondo de mala gana, pues sigo asustada.
—Ok, así será —responde.
—Así que coloco un pie e intento afincar el otro, pero el dolor es muy intenso, así que dejo de hacerlo y me voy dando salticos en un pie; pero a mitad de camino caigo y mi dolor empeora porque me volví a lastimar. Se acerca para ayudarme pero lo insulto de nuevo.
—¡Déjame! Esto es tu culpa, ¡cómo te odio, Juan!… Vete, lárgate. —Estoy llorando, no soporto el dolor.
—Bebé, no te puedo dejar así, ven, déjame ayudarte. No me culpes, por favor, nunca ha sido mi intención lastimarte, pero eres muy terca…
—Y mi mundo se detuvo. Volvieron todos los recuerdos a mí, de cuando éramos novios y él me llamaba así. Dejo de llorar y solo lo observo, pero luego llega lo malo y le respondo:
—No me vuelvas a llamar así… —me expreso molesta. Pero no lo estoy, mi corazón está hecho trizas.
—Lo siento, fue espontáneo, discúlpame, no volverá a pasar.
—Me ayuda a llegar al baño y luego va por una silla; no sé qué decir ni qué pensar.
—Ven, siéntate aquí. —Y coloca la silla bajo la regadera. Me siento y me ayuda a quitar la ropa; puedo notar sudor en su frente y su respiración agitada. Yo me siento igual, pero no aparto la mirada de la suya. Sé que le he causado algo más que dolor de cabeza; no sé qué haría si este hombre intenta algo conmigo. Podría hacerlo todo y después arrepentirme. No lo sé, solo sé que me está causando mucha "calentura" y a la vez ternura al tratarme así.
—Si necesitas ayuda solo me llamas, ¿sí?
—Asiento con la cabeza y agradezco que se haya ido, necesito ducharme con agua fría. Termino de desnudarme y abro la regadera; dejo caer el agua por un buen rato. Me coloco jabón y acaricio mi cuerpo pensando en él y me echo a reír; sí que estoy loca. Luego de un rato termino y no tengo una toalla cerca, así que tengo que usar la que tenía envuelta en el pie. Es súper pequeña, pero no quería que Juan me viera desnuda, o sea, sin ropa interior.
—Juan —lo llamo. No me quiero arriesgar a caer de nuevo, así que espero a que venga. Toca la puerta…
—¿Puedo pasar?
—Sí, entra.
—¿Lista?
—Sí, por favor, ¿puedes ayudarme? —Asiente y lo veo tragar. Me carga y, vaya, esta toalla sí que no me cubre lo suficiente. Como no me sequé, le mojo toda la camisa.
—Vamos llegando a la cama y le digo que me deje en la orilla. Al bajarme se sube la toalla y se ve una de mis nalgas; su respiración se agita aún más y lo veo de forma seductora. Me suelto de él y, cuando voy a bajar mi pie lastimado para sentarme en la cama, me resbalo. Él, al intentar atraparme, cae conmigo. Lo bueno fue que caímos en la cama; él cayó encima de mí, pero todo fue en cámara lenta. Nuestras respiraciones marcan el mismo ritmo, pero siento algo más de él: puedo sentir su erección en mi vientre. Se acerca a mi boca, pero no me besa; roza mis labios como esperando que yo dé el siguiente paso. No sé qué hacer. ¿Será que mi deseo por él puede más que el orgullo y el odio que siento?
—Te deseo —pronuncia con voz ronca en mi oído, y juro que tuve un orgasmo en ese momento.
—Sí que estás loco, Juan —logro pronunciar, pero sonó más como un jadeo.
—Sí, estoy loco, pero loco por ti. —Y me besa...