Capitulo 10

2162 Words
​Mi reloj biológico me despierta; a esta hora suelo levantarme para ir al gimnasio, pero como aquí no tengo uno al cual ir, no me queda más que salir a trotar. Me alisto, me pongo un mono, una camiseta pegada al cuerpo y mis zapatos deportivos. Guardo mis documentos, algo de dinero y mi teléfono en un bolsillo seguro de mi camiseta y salgo a trote rápido, ya que así me gusta. ​Troto algunas cuadras cuando, en un cruce, choco con una mujer que va directo al piso al embestirme. Yo doy un traspié, pero no caigo, y solo digo: —Mierda. ​Trato de disculparme mientras recojo las cosas que se le cayeron, pero cuando escucho el quejido e insulto de esa mujer, su voz me resulta familiar. La observo y es ella: Emili, tirada en el piso porque chocamos el uno con el otro. Al reaccionar, me acerco a ayudarla, pero me dice que no la toque y me lanza otro insulto. ​—Tengo que tocarte —le digo—, o ¿cómo te vas a ir? Además, necesitamos ir a un hospital para que te hagan una radiografía y ver qué tan grave es. —No necesito tu ayuda, puedo sola. —A ver, dale, quiero ver. ​Y la dejo sola para ver si es verdad que se puede valer por sí misma, pero casi se cae de nuevo. Así que la cargo, a pesar de que no quería. Paro un taxi, le digo que al hospital más cercano, recojo las cosas y me monto. Cuando el taxista avanza, se hace un silencio sepulcral. Quiero hablarle, pero ¿y si me insulta de nuevo? Así que, después de pensarlo, le digo: ​—¿Puedo revisar tu pie? Se burla y responde: —¡Ja! Ni que fueras doctor. —No soy doctor, pero tengo un semestre de primeros auxilios que dictó la universidad —le digo orgulloso. —Igual, no quiero que me toques con tus asquerosas manos. ​Ahí me lanza la puñalada y me pongo tan molesto que le respondo: —Asquerosas manos las de Carlos, y aun así dejas que te toque —se lo digo fuerte para que sienta que me molesta. —Ese no es tu problema, quién me toca o no. ¿Por qué no te bajas y te vas a la mierda? Ja, si supiera. —Porque estoy en la mierda desde hace mucho tiempo —le digo sin más, porque es verdad; mi vida ha sido una mierda sin ella. —Sí, pues bien merecido te lo tienes… ​En eso interrumpe el taxista y solo puedo hacer silencio. Llegamos al hospital y de inmediato traen una silla de ruedas; ella me pide que la suelte. Sigo molesto y le digo: —¡Crees que no puedo contigo! —Tus músculos han de ser una mentira, como todo tú. ​Zas, otra puñalada al corazón. ¿Cómo puede ella ser tan hiriente conmigo? Si tan solo supiera todo lo que he sufrido por todo este engaño. El doctor la revisa y dice que es un esguince; que con reposo, masajes y una buena pomada el dolor y la molestia pasarán en unos días. Es mi momento de aprovechar para estar con ella e irme ganando su confianza para, en un determinado momento, poder hablar del pasado. ​Salimos y tomo la receta para ir por los medicamentos. Soy un caballero y tengo que hacerme cargo de todo. —Sabes que no necesito que hagas eso, ¿verdad? Puedo llamar a Carlos, pedirle que venga, compre las medicinas y, de paso, que me haga los masajes que sean necesarios. ​Joder, ¿cuántas puñaladas más podré aguantar con esta mujer? Así que le doy mi teléfono para que lo llame; estoy seguro de que ni su número se sabe. Se queda pensativa por un instante y luego me lanza una cantidad de excusas. Como no llamó a su "noviecito", le digo que no tiene más remedio que dejarse llevar por mí a donde sea que viva. Al fin pego una con esta mujer. ​Al llegar a su apartamento, me pide que la deje en el sillón de la sala. Insisto en llevarla a su habitación, pero me dice que ahí no entra nadie. Me sorprendo: ¿acaso Carlos tampoco ha entrado ahí? Le pregunto qué fue eso que dijo, pero lanza otra de sus excusas y dejé el tema hasta ahí, hasta que dijo que era un extraño. Le pregunto de nuevo, a ver si fue que oí mal: ​—¿Acaso yo soy un extraño para ti, Emili? —Sí lo eres, Juan, porque nunca acabé de conocerte. ​Vuelve a romper mi corazón una y otra vez. Siempre fui sincero contigo, mi amor, a no ser por esa maldita noche. —¿Será que en algún momento vamos a tener la oportunidad de hablar? —le digo tratando de aguantar mi dolor. —No me interesa hablar contigo de nada. Estás aquí solo por lo que pasó con mi pie; si no, estarías a 100 metros de distancia de mí. —¿Tanta rabia me tienes, Emili? —le pregunto con el corazón en la mano. —¡Te odio, Juan! ​Juro que voy a matar a ese hijo de puta de Carlos con mis propias manos por todo esto que nos está haciendo pasar. No quiero que mi dulce niña me odie si yo la amo tanto. ​—Está bien, lo entiendo. Pero hagamos una tregua, ¿sí? Solo por hoy. —¿Y qué gano yo haciendo una tregua contigo? —¡Por favor! —le suplico. —Está bien, Juan, pero no quiero hablar del pasado porque está muerto y enterrado para mí. ​Acepto; esto es un comienzo. Voy por un poco de agua para darle la pastilla para el dolor y luego le pregunto si desayunó. Dice que no, así que me ofrezco a preparar algo para los dos. ​—¿Y tú cocinas? —pregunta curiosa. —Sí, algunos platillos. —Umm, ¿y dónde aprendiste? Me quedo pensando en Victoria, ya que con ella aprendí a hacer algunos platos porque a ella le encanta cocinar. —Una amiga me enseñó —no quiero entrar en detalles. —¡Claro, una amiga! Puedes tomar lo que quieras, hay de todo en el refrigerador. Ahora déjame sola, quiero descansar un poco. ​Creo que se molestó porque le dije que una amiga; eso es bueno, significa que aún tiene sentimientos por mí. Como es un desayuno y no me quiero tardar mucho, preparo sándwiches con jamón, queso amarillo, lechuga, tomate y algo de salsa, como a ella le gustaba, y dos vasos de jugo de naranja. ​Al llevárselo, la veo dormida. Pongo la bandeja en la mesita de noche y me siento a su lado. Como sigue con los ojos cerrados, me acerco y acaricio su cara; es tan suave. La observo por unos segundos hasta que abre los ojos y mi corazón late desbocado al ver esos ojos mirarme con ternura, como hace mucho no lo hacían. Duramos así unos segundos hasta que ella se incorpora. ​—¿Qué rayos crees que estás haciendo? —Nada, solo te estaba despertando —le digo eso porque no quiero que vuelva a insultarme. —¿Y para eso tenías que volver a tocarme? —¡Lo siento! Te llamé, pero no respondías —le miento. —¡Claro! Digamos que te creo. —Ten, aquí está tu desayuno. ​Le doy el suyo y yo me siento con el mío a comer en otro lugar. Lo toma y empieza a comer en silencio. —Umm, está rico… —exclama. —¿Te gusta? —Me encanta. La veo devorarlo y sonrío de satisfacción. —Todavía recuerdo cómo te gusta. Me ve y levanta una ceja. —¿Ah, sí? —Bueno, en realidad recuerdo todo de ti. Se atraganta un poco. —En cambio, yo no recuerdo nada de ti; había olvidado hasta tu nombre. Le doy una sonrisa de lado porque sé que eso es mentira, pero le sigo la corriente. —Bueno, podría recordarte cada cosa de mí si así lo deseas. Se atraganta y esta vez toma un poco de jugo para tranquilizarse. —¡Jajajajaja! Qué risa me das, Juan. No me interesa recordar nada de ti. —¿Ah, no? ¿Estás segura? —Po... por supuesto que estoy segura. —Bueno, qué lástima, tú te lo pierdes. Me mira de forma rara. —Yo me lo pierdo… o sea, creo que viniste un poco creído. Le doy un último mordisco a mi sándwich y asiento con la cabeza. —Ven, dame tu plato para llevarlo. Termina su jugo y también me da el vaso. Voy a la cocina, lavo todo y luego vuelvo a su cuarto. *************************************************** ​Siento unos pasos venir a mi cuarto y me hago la dormida. Puedo sentir que coloca una bandeja en la mesita y se sienta a mi lado. Luego acaricia mi cara y mi corazón está por salir de mi pecho. Cuánto anhelaba su toque; siento que mi cuerpo arde con su roce. No puedo aguantar más y abro los ojos… Me pierdo en su mirada por unos segundos. Cómo quería que me besara en ese momento, pero no lo hizo. Así que vuelvo en sí y me siento, lanzando lo primero que se me ocurre para que no piense que me afecta su toque. ​—¿Qué rayos crees que estás haciendo? —Nada, solo te estaba despertando. —¿Y para eso tenías que volver a tocarme? —¡Lo siento! Te llamé, pero no respondías. Qué mentiroso. —¡Claro! Digamos que te creo. —Ten, aquí está tu desayuno. Dios, mi comida preferida. —Umm, está rico… —le comento. —¿Te gusta? —Me encanta. Y cómo no, si está delicioso, tal cual me gusta. —Todavía recuerdo cómo te gusta. Lo observo y no puedo creerlo. —¿Ah, sí? —Bueno, en realidad recuerdo todo de ti. Me ahogo un poco. —En cambio, yo no recuerdo nada de ti; había olvidado hasta tu nombre. Le miento. En realidad, recuerdo cada cosa de él. Me lanza esa sonrisa de lado que me derrite. No hagas eso, por favor. —Bueno, podría recordarte cada cosa de mí si así lo deseas. Esta vez sí me atraganto. Tengo que tomar un poco de jugo para que se me pase. Cómo se le ocurre decir eso, está loco. —¡Jajajajaja! Qué risa me das, Juan. No me interesa recordar nada de ti. —¿Ah, no? ¿Estás segura? Me pongo nerviosa, pues con semejante hombre yo querría recordar todo. —Po... por supuesto que estoy segura. —Bueno, qué lástima, tú te lo pierdes. ¿Pero qué le pasa? —Yo me lo pierdo… o sea, creo que viniste un poco creído. Asiente con la cabeza en afirmación y no sé si reír o llorar. —Ven, dame tu plato para llevarlo. ​Le doy todo y se va a la cocina. No pude evitar observarlo por detrás al irse. Dios, ¿todo eso es de él? Qué nalgas, creo que tiene más que yo. Me estoy volviendo loca. ¿Qué voy a hacer? No puedo ser débil ante él, pero ¿y si lo hago sufrir? ​—Me tengo que ir… —dice luego de regresar de la cocina. Mi corazón se entristece. —¿Cómo así? —le digo. —Tengo cita con una inmobiliaria para ver un apartamento, y no puedo cancelarla porque hay más personas interesadas y no lo quiero perder. —Entiendo. Bueno, veré cómo hago para hacer mis cosas. —Lo siento. Te llamo luego para ver cómo sigues. —Te olvidas que mi teléfono se volvió trizas. —Oh, cierto. Te enviaré uno para retribuir ese. —Sería lo mínimo que podrías hacer. —Oye, te he consentido toda la mañana, ¿cómo puedes decir eso? ​Es verdad, solo lo quiero hacer sentir mal. —Bueno, bueno, ya, está bien. Gracias por atenderme. Me lanza una sonrisa que me derrite. —Podría cuidarte siempre, solo que no me puedo dar el lujo de perder ese apartamento. —¿Y qué tiene de especial? —Está en una muy buena zona. —Claro, entiendo. Suerte entonces. —Gracias. Nos vemos luego. ​Se acerca y me da un beso en la mejilla, no sin antes embriagarme con su olor. Se va y yo quedo como tonta ahí, imaginándome tantas cosas. No me queda más que volver a dormir, y esta vez sí que dormí en serio, hasta que sentí un ruido en la cocina que me despertó y me dio nervios, pues no podía pararme ni salir corriendo, así que me quedé a esperar…
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