Dos días después, la normalidad de San Cipriano ya me asfixiaba. Todo eran horarios rígidos, cenas en silencio sepulcral y miradas de soslayo en la biblioteca. Precisamente allí, en la penumbra del ala de lenguas muertas, fue donde mi frágil máscara de control se resquebrajó.
Estaba revisando unos manuales de sintaxis latina que habían sido devueltos esa misma mañana. Al abrir un tomo pesado y de tapas cuarteadas, algo se deslizó de entre las páginas y cayó sobre la mesa de madera con un susurro de papel viejo.
Era una nota doblada por la mitad.
La recogí sin pensar. Al desdoblarla, el aire abandonó mis pulmones de golpe. La sala de lectura, con sus lámparas verdes y sus techos altísimos, pareció difuminarse. El cuerpo tiene memoria, una memoria mucho más rápida que la razón. Antes de que mi cerebro pudiera procesar las letras, mis manos ya estaban temblando.
Era la letra de mi hermana. Ese trazo inclinado hacia la izquierda, la forma apresurada de cerrar las vocales.
«Busca el Índice».
Tres palabras. Tinta negra. Un mensaje imposible.
Me llevé una mano a la boca para ahogar un sonido que era mitad sollozo, mitad jadeo de rabia. Releí la nota, rompiendo visualmente cada trazo, intentando encontrar la falsificación. Pero no la había. Era ella. Alguien había dejado eso ahí para mí, o ella lo había escondido antes de que la tragara la tierra en aquel estúpido ritual de San Cipriano.
—¿Iria? ¿Estás bien? Estás pálida.
Di un respingo, cerrando el puño sobre la nota arrugándola al instante. Era Clara, la chica de la habitación contigua a la mía, mirándome con el ceño fruncido. Llevaba una pila de libros bajo el brazo.
—Sí —mentí, forzando una sonrisa que debió parecer una mueca—. Un mareo. Llevo demasiadas horas traduciendo y se me juntan las letras. Solo necesito café.
—No te mates estudiando, mujer. Los profesores aprietan al principio para asustar.
Asentí mecánicamente y esperé a que se alejara por el pasillo de estanterías. Cuando estuve sola de nuevo, guardé el papel en el bolsillo de mi pantalón, apretándolo contra mi muslo.
Esa noche, cuando el colegio quedó en un silencio sepulcral roto solo por el viento chocando contra los ventanales, salí de mi cuarto. Caminé descalza por los pasillos para no hacer ruido. Seguí la ruta mental que había trazado, evitando los tramos donde la madera crujía.
Llegué de nuevo a la puerta de roble oscuro en el pasillo este. La puerta del emblema. A la luz de la linterna de mi teléfono, pude ver los detalles que la otra vez me habían pasado desapercibidos. Los bordes del marco estaban sellados con cera roja opaca, y había una inscripción en latín en el dintel que prometía la expulsión inmediata a cualquiera que intentara cruzar. Era la entrada a la Biblioteca Negra. Todos sabían que existía, todos fingían que no.
Toqué la cera fría con la yema del dedo. Había venido a este colegio elitista buscando respuestas, convenciéndome de que si era lo bastante brillante y me mantenía en las sombras, podría descubrir la verdad sin que me hicieran daño. Pero San Cipriano no funcionaba así. Aquí la verdad no se investigaba; la verdad te acechaba y, si no estabas preparada, te devoraba.
Apagué la linterna en la oscuridad. Iba a entrar. Cueste lo que cueste.