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AMARTE FUE MI ÚNICA CONDENA

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Iria Montenegro llega al Colegio San Cipriano con una beca y una misión que no piensa confesar: descubrir qué le ocurrió a su hermana, desaparecida tras una noche de “tradición” que el centro niega… y que todo el mundo teme nombrar.

San Cipriano no es un colegio: es un sistema. Horarios férreos, prestigio blindado y una élite que decide quién merece existir dentro de sus muros. En la cima de esa maquinaria está Gael, prefecto impecable, heredero de un linaje intocable… y el primer obstáculo entre Iria y la verdad.

Lo que empieza como guerra fría —humillaciones, amenazas veladas y un odio que se les queda corto— se convierte en algo mucho más peligroso cuando Iria encuentra una pista que apunta a una biblioteca prohibida y a una orden secreta capaz de borrar nombres como si nunca hubieran respirado. Para entrar ahí, Iria necesita una llave. Y Gael la tiene.

A medida que el cerco se cierra, ambos quedan atrapados entre alarmas silenciosas, rituales, chantajes y el peso de una culpa que quema. Y entonces llega la condena real: desear a la persona que puede destruirte… o salvarte.

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PRIMERO
El claustro del Colegio San Cipriano olía a cera de abejas, a piedra fría y a dinero viejo. Dinero del que no hace ruido, del que simplemente te aplasta si te interpones en su camino. Llegué arrastrando una maleta de lona barata cuyas ruedas de plástico chirriaban escandalosamente contra el suelo de mármol ajedrezado. El sonido rebotaba en las bóvedas de crucería y en las estatuas de eruditos muertos que flanqueaban los pasillos. Parecían jueces. Me miraban desde sus pedestales con la misma expresión que la secretaria de admisiones acababa de dedicarme: una mezcla de lástima institucional y desdén educado. —Montenegro, Iria —había dicho la mujer tras el cristal, arrastrando las sílabas como si mi apellido le supiera a óxido en la lengua—. Beca de excelencia en Filología Clásica. Bienvenida a San Cipriano. Intenta mantener el nivel, aquí la exigencia no admite excusas personales. No di las gracias. Recogí mis papeles y me alejé hacia el patio principal. Me había prometido a mí misma no pedir permiso para existir en este lugar. La brillantez académica me había abierto la puerta, pero sabía perfectamente que aquí adentro yo era solo una intrusa útil, la cuota anual para que el colegio pudiera presumir de meritocracia en sus folletos. Iba mirando el plano del campus cuando choqué de lleno contra un muro de tela de paño y olor a lluvia limpia. Mis carpetas cayeron al suelo con un golpe seco. —Si caminas mirando al suelo, lo normal es que termines en él. La voz era grave, modulada con esa pereza calculada de los que nunca han tenido prisa. Levanté la vista. Frente a mí estaba un chico de mi edad, vestido con el uniforme impecable de los prefectos de último año. Pómulos marcados, una línea de mandíbula que parecía cortada a cuchillo y unos ojos oscuros que me analizaban como si yo fuera un texto mal traducido. Era Gael. No lo conocía todavía, pero su postura gritaba que él era parte de la arquitectura del colegio. Me agaché para recoger mis folios. Él no hizo el ademán de ayudarme. —Y si te quedas plantado en medio del pasillo como una columna más, lo normal es que alguien te pase por encima —repliqué, poniéndome en pie de un salto, con los papeles arrugados contra el pecho. Un par de chicos que pasaban por allí, vestidos con la misma arrogancia de sastre que Gael, se detuvieron. Uno de ellos, rubio y con sonrisa de lobo, soltó una carcajada breve. —Vaya, la nueva becaria tiene garras. Cuidado, Gael, que los de su linaje suelen traer barro en los zapatos. No nos vaya a ensuciar la moqueta del pabellón. La humillación me golpeó el estómago, pero apreté la mandíbula. Si me volvía blanda ahora, me romperían en pedazos antes de que acabara el mes. Iba a contestar, a escupirles cualquier cosa que les borrara la sonrisa, pero Gael levantó una mano, a escasos centímetros del pecho de su compañero. Un gesto mínimo que silenció al otro al instante. Gael dio un paso hacia mí. Su altura me obligó a alzar el mentón. —No te confundas, Montenegro —dijo, pronunciando mi apellido con una suavidad que resultaba más amenazante que un grito—. Él es un imbécil, pero tiene razón en una cosa. Aquí no estás en tu mundo. En San Cipriano, la cortesía es una regla, y los errores no se perdonan. Todo se paga. Todo. Me sostuvo la mirada un segundo más del necesario. Había algo en sus ojos, una hostilidad tan fría y precisa que me hizo tragar saliva. Luego se dio la vuelta y siguió su camino, seguido de su cortejo. Me quedé allí, respirando hondo, obligando a mi corazón a recuperar un ritmo normal. Me giré para retomar mi ruta y, al hacerlo, mi vista se posó en la pared del fondo del pasillo este. Había una puerta de roble oscuro, diferente a las demás. No tenía manivela, solo una cerradura antigua, y en el centro de la madera, grabado a fuego, un símbolo extraño: un ojo entrelazado con una balanza. El emblema de la Orden del Índice. El estómago se me encogió. El lugar estaba sellado, pero algo me decía que mi hermana había estado exactamente en este mismo punto antes de desaparecer.

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