💞Encuentro 💞

3125 Words
Pasaron dos semanas desde que Dimitri llegó al convento, envuelto en el misterio de una noche tormentosa. Su estado de inconsciencia, tan profundo como el mar en calma, persistía sin dar muestras de cambio. Cada mañana, al dirigirme a la enfermería, mi corazón se debatía entre la esperanza y la preocupación, preguntándome cuándo despertaría el enigmático hombre que, como un cometa desgarrando el cielo, había irrumpido en nuestras vidas. Al entrar en la habitación, me encontraba con la figura quieta de Dimitri, su rostro sereno yace como una estatua de mármol, sin señales de que estuviera cerca de abrir los ojos y revelarnos los secretos de su alma errante. Los susurros de oraciones se elevaban como un coro celestial en el fondo, la madre superiora, con su fe inquebrantable, acompañándome en esta espera ansiosa por su recuperación, como guardianas silenciosas de un milagro por venir. Cada día, al llegar a su lado, la esperanza de ver algún cambio en Dimitri me llenaba de energía. Me fijaba en cada aliento, en los pequeños movimientos de su cara, esperando encontrar esa chispa que indicara que estaba a punto de despertar de su largo sueño. Nos preguntábamos qué historias llevaría Dimitri consigo, qué habría pasado para dejarlo en este estado de misterio. No solo yo, sino todas las hermanas del convento sentíamos esa preocupación, y juntas formábamos una cadena de oración y esperanza por él. El médico, siempre atento, no perdía detalle de la salud de Dimitri, buscando cualquier pequeño signo que nos diera esperanzas. Y yo, sin faltar ni un día, seguía visitándolo, con la esperanza en el corazón de que, al abrir los ojos, Dimitri nos contaría su historia, desvelando los secretos de su llegada a nuestro hogar espiritual. Sergei, con voz calmada, nos confesó que Dimitri, su amigo y jefe, era el benefactor que había planeado invertir en nuestro refugio y en el orfanato. Pero su generosidad había atraído peligros inesperados: un intento de secuestro del que había escapado por poco, luchando con la valentía de un león. Nos quedamos boquiabiertas, incapaces de comprender quién querría dañar a un hombre con un corazón tan grande. La madre superiora, con su rostro habitualmente sereno, mostraba ahora una arruga de preocupación en su frente. El miedo y la sospecha se esparcían entre nosotras como una sombra. En nuestra habitación, Emily y yo no podíamos dejar de hablar de Dimitri. Ella, con los ojos abiertos como platos y una mano sobre su boca, apenas podía creerlo, Emily insistió tanto que le contara que estaba pasando que deci decirle de una ves, antes de que me volviera loca con tanta preguntadera. Entre susurros y conjeturas, intentábamos armar el rompecabezas de los últimos días, mientras la esperanza y la incertidumbre bailaban una danza silenciosa en nuestros corazones. —No puedo creer que todo esto esté sucediendo. ¿Es enserio Lili? Un intento de secuestro, es increíble —, decía Emily, su voz reflejando la confusión y la inquietud que sentíamos todas. Asentí con empatía,—Sí, es increíble. Ambas reflexionábamos en silencio por un momento, sumidas en nuestros propios pensamientos y emociones. —¿Crees que él tal Dimitri esté relacionado de alguna manera con algo oscuro? Digo, ¿por qué razón alguien queríamos secuestrarlo? Es una locura —, preguntó Emily, rompiendo el silencio con una mirada inquisitiva. —No lo sé, Em. Pero definitivamente no conocemos a este hombre, no sabemos bien quién es—respondí, compartiendo las dudas y la necesidad de entender mejor nuestra situación. Emily asintió, su expresión reflejando la preocupación y la curiosidad que compartíamos. —¿Te has preguntado qué pasaría si Dimitri hubiera muerto durante el intento de secuestro?—, preguntó, su voz cargada de inquietud. Fruncí el ceño, reaccionando de inmediato ante sus palabras. —Emily, no digas eso Jesús —, le dije con firmeza, sintiendo el peso de la posibilidad . —Debemos mantener la esperanza y centrarnos en que se recupere. Emely asintió comprensivamente, reconociendo la sensibilidad del tema. —Lo siento, Liliana. No quise preocuparte más. Decidí cambiar de tema para aligerar el ambiente cargado de emociones. —Tengo hambre. Voy a buscar algo de comer. ¿Quieres algo?. Emely asintió y me dio una leve sonrisa. —Sí, estaría bien algo de comida. Gracias, Lili. Con la mente aún revoloteando entre sombras de dudas y misterios, salí de la habitación en busca de algo que calmara el vacío en mi estómago, intentando, en vano, dejar atrás las preocupaciones. La sensación de intriga, sin embargo, era una sombra persistente, un susurro constante que me recordaba las incógnitas aún sin resolver, las respuestas que se escondían en los rincones más oscuros de esta historia desconcertante. Mis pasos, guiados por el aroma prometedor de la cocina, se detuvieron abruptamente al captar fragmentos de una conversación entre la madre superiora y Sergei. Sus voces, teñidas de urgencia, flotaban en el aire cargado de tensión. Me acerqué sigilosamente, cada latido de mi corazón resonando con la gravedad de sus palabras, cada fibra de mi ser anticipando revelaciones sobre Dimitri. La madre superiora, su voz un faro de firmeza en la incertidumbre, dictaba con autoridad: —Sr. Kuznetsov, es imperativo que estén listos para partir en cuanto el Sr. Ivanov recobre la conciencia. La seguridad de todos está en juego, y este lugar ya no es un refugio seguro. —Comprendo, madre superiora. Tomaremos las medidas necesarias y partiremos sin demora. Su hospitalidad ha sido un faro en nuestra tormenta, y por ello, le estamos eternamente agradecidos. Mis pensamientos se agitaron como hojas al viento ante estas palabras. ¿Por qué la prisa por abandonar el refugio del convento ? La sombra del intento de secuestro aún se cernía sobre nosotros, una amenaza silenciosa pero palpable. Opté por mantenerme al margen de su conversación, un espectador silencioso de los eventos que se desplegaban. Sin embargo, la intriga y la preocupación tejían una red cada vez más densa en mi mente mientras mis pasos me llevaban hacia la cocina. Pero, como impulsada por un susurro del destino, cambié mi rumbo y me dirigí hacia la habitación de Dimitri. Al entrar, una pausa involuntaria se apoderó de mí. Lo observé, notando cómo el color volvía a su rostro, un indicio prometedor de su recuperación. A pesar de la fragilidad de la situación, no pude evitar ser cautivada por la serenidad que emanaba de su semblante. Incluso en la vulnerabilidad de su descanso, había una belleza indomable que se negaba a ser oscurecida por la adversidad. La luz del atardecer se filtraba a través de la ventana, bañando la habitación en tonos dorados que parecían danzar sobre su figura. Con pasos medidos, me acerqué a su lecho, permitiendo que la punta de mis dedos trazara un camino sobre su piel, un gesto cargado de ternura y una preocupación que brotaba desde lo más profundo de mi ser. Mis pensamientos se sumergieron en un mar de dudas e incertidumbres, reflexionando sobre el significado de su presencia aquí, en este santuario de paz, y cómo había alterado el curso de mi existencia. ¿Qué revolución interna estaba experimentando? En un instante, la realidad se desvaneció cuando una mano firme capturó mi muñeca, arrancándome de mi ensimismamiento. Mi cuerpo giró, impulsado por el instinto, y mis ojos se encontraron con dos orbes grises que destilaban intensidad. Un escalofrío de sobresalto y temor recorrió mi espina dorsal, pero, contradictoriamente, la mirada de Dimitri era un bálsamo de calma, un espejo que reflejaba una familiaridad inesperada. Su voz, un timbre grave que resonaba con autoridad, rompió el velo de silencio que nos envolvía. —¿Quién coño eres ?—inquirió, su pregunta era un eco de desconfianza y una velada amenaza. El aire se cargó de electricidad, un preludio de las revelaciones que estaban por desplegarse. El miedo me paralizó, sellando mis labios en un silencio sepulcral. La mirada de Dimitri era un témpano afilado, cortando a través de mí en busca de verdades que yo no poseía. Con un barrido de sus ojos gélidos, Dimitri inspeccionó la habitación, su mente calculadora analizando cada detalle fuera de lugar. Las sábanas revueltas, los instrumentos médicos abandonados, todo le gritaba una historia que él empezaba a descifrar. Su expresión se endureció, la alarma dando paso a una comprensión helada. Liberó mi muñeca con un gesto violento, y se levantó, desafiando el agudo dolor que lo atravesaba. Su figura dominante se alzó, una torre de hielo y desdén, proyectando sobre mí una sombra que me heló hasta los huesos. —Habla, maldita sea —su voz era un látigo, cruda y exigente—. ¿Qué demonios ha ocurrido aquí? ¿Dónde diablos me encuentro? Mis pensamientos giraban en un caos mudo. No encontraba las palabras para aplacar la tormenta que se avecinaba. —Cálmate —intenté decir, mi voz un susurro tembloroso—. Estás herido, debes reposar. Su mirada se clavó en mí, cargada de sospecha. —¿Quién eres tú para ordenarme?—dijo con un tono desafiante. —Soy Liliana—respondí con voz baja. —Te encuentras en el convento Santa Clara. Me examinó de pies a cabeza, intentando leer la verdad en mi expresión. —Liliana —repitió mi nombre, dándole un matiz inesperadamente suave—. ¿Qué me ha pasado? —Estás herido—expliqué brevemente—. Hubo un ataque. Frunció el ceño, una sombra de cólera pasó por su rostro. —¿Quiénes fueron?—preguntó, con un tono que prometía venganza. —No lo sabemos aún—contesté honestamente—. El Sr. Kuznetsov está aquí, ¿quieres que lo llame? Se movió con impaciencia, caminando con pasos inseguros como si cada uno fuera un reto. —Necesito respuestas—dijo con firmeza—. Dile que venga. Salí de la habitación a toda prisa, recorriendo los pasillos del convento con el corazón latiendo fuerte. La noticia de que Dimitri había despertado me urgía a actuar. Encontré a Sergei en la oficina de la Madre Superiora, discutiendo asuntos importantes con la venerable mujer. Su rostro se iluminó al verme, pero su expresión se ensombreció rápidamente al leer la preocupación en mis ojos. —Liliana, ¿qué sucede? —preguntó con voz grave, su mirada llena de aprensión. —Dimitri ha despertado—le dije, sin poder contener la emoción en mi voz. —Pero está desorientado y confuso. Más bien enojado. Sergei intercambió una mirada rápida con la Madre Superiora, una mezcla de sorpresa y comprensión reflejada en sus rostros. Sin perder tiempo, se levantó de su asiento y se dirigió hacia la puerta. —Vamos a verlo—dijo con determinación. La Madre Superiora asintió con la cabeza, su mirada llena de preocupación. —Yo también iré—dijo, su voz firme a pesar de la inquietud que la embargaba. Juntos, seguimos los pasos de Sergei por los pasillos del convento, nuestros corazones latiendo al unísono con la incertidumbre que nos rodeaba. Al llegar a la habitación de Dimitri, entramos con cautela, nuestros sentidos en alerta máxima. Dimitri estaba sentado en la cama, su figura se perdía en la amplitud de una bata blanca. Su rostro, marcado por la palidez de la convalecencia, era un lienzo de confusión y angustia. Al vernos, sus ojos se clavaron en Sergei, brillando con un destello de reconocimiento. —¡Sergei! —la sorpresa tiñó su voz de alivio—. ¿Qué diablos ha pasado? ¿Dónde me encuentro? Sergei avanzó hacia él con pasos mesurados. —Joder, Dimitri —su voz era un bálsamo de tranquilidad—. Estás seguro aquí, en el convento Santa Clara. Dimitri miró a su alrededor, como si intentara confirmar las palabras de Sergei. Su mirada se posó en mí, y una expresión de desconcierto cruzó su rostro. Algo en su aura de misterio, en la intensidad con la que me observaba, me atraía como un imán irrefutable. No podía apartar la vista de él, fascinada por este hombre que había irrumpido en mi vida de manera tan inesperada. —¿Y ella? —preguntó, señalándome con un gesto abrupto. —Ella es Liliana —intervino Sergei antes de que pudiera hablar—. Ha estado cuidándote. Dimitri me observó, evaluando cada detalle. Había algo en su mirada que me atraía y me intimidaba a la vez. Era como si pudiera ver a través de mí, y eso me hacía sentir vulnerable pero a la vez fascinada. Sin embargo, la conexión que sentí con Dimitri en ese momento se vio interrumpida bruscamente. Desviando la mirada de mí, su rostro se endureció y su voz se tornó fría y hostil. —Necesito respuestas —exigió Dimitri, su tono no admitía réplica. —Y las tendrás —aseguró Sergei, con una firmeza que parecía inquebrantable—. Pero primero, debes recuperarte. Ya estamos en ello, pronto tendremos noticias—dijo con voz firme . —pero es mejor que descanses. No estás en condiciones de hablar de esto ahora. Dimitri asintió con reluctancia, y supe que, a pesar de su exterior duro, había en él una lucha interna que apenas comenzaba a aflorar. —Quiero a los maricas que me hicieron esto—dijo, dirigiéndose a Sergei con un tono lleno de ira y sed de venganza. —Quiero saber quiénes son—gruñó, su voz cargada de rencor. —Quiero que paguen por lo que me hicieron. No estés dándome órdenes y has tu maldito trabajo. —Hijos por favor, recuerden en que lugar se encuentran—la madre se sobre salto con todo lo que estaba escuchando. Dimitri ignoró a la madre superiora, su mirada fija en Sergei con una intensidad que me intimidó. Sergei, con una mirada serena, mantuvo la calma y respondió con voz firme:—Entiendo tu ira, Dimitri, pero duraste mucho tiempo inconsciente. Vamos a encontrar a los responsables, eso te lo aseguro pero ahora descansa. Dimitri apretó los puños con fuerza, sus músculos tensos por la ira contenida. —Eso espero Sergei —dijo con voz temblorosa. La Madre Superiora se acercó a él, colocando una mano sobre su hombro con un gesto maternal. —La venganza solo te traerá más dolor hijo —dijo con sabiduría. —Déjanos ayudarte a encontrar la paz. Dimitri la miró con una mezcla de desafío y desesperación en sus ojos. Luego, sin decir una palabra más, se recostó en la cama, cerrando los ojos con fuerza como si intentara bloquear el mundo que lo rodeaba. Un silencio incómodo se apoderó de la habitación. —Agua—dijo con esa voz que parecía arrastrar las sombras de la noche. Mi corazón, un tambor en mi pecho, marcaba cada segundo con un golpe sordo mientras llenaba un vaso. —Aquí tienes—murmuré, extendiendo el vaso hacia él. Mis dedos rozaron los suyos, y un escalofrío me recorrió la espalda. Ya no era miedo, era algo más, una mezcla de nerviosismo y una extraña anticipación. Dimitri tomó el vaso, pero sus ojos... esos ojos grises, no se apartaban de los míos. Sentí como si pudiera ver a través de mí, leer cada uno de mis pensamientos dispersos, cada duda que luchaba por esconder. Era una mirada que no pedía permiso, que tomaba lo que quería y dejaba una huella imborrable. Bebió, y cada sorbo era un momento en el que el mundo parecía detenerse, un silencio que gritaba en mi mente. ¿Qué buscaba en mí?. Cuando el vaso se apartó de sus labios, fue como si se rompiera un hechizo. Dimitri cerró los ojos, y por un instante, pude respirar. Di un paso atrás, intentando entender la tormenta de emociones que me asaltaba. ¿Qué era este juego de miradas? La tensión en la habitación se disipó por un momento cuando Dimitri habló de nuevo, su voz era una orden que no admitía réplica. —Sergei,— dijo con firmeza, —saca a esas monjas. Necesito hablar contigo —Sus palabras eran como el filo de un cuchillo, cortantes y definitivas. Sergei asintió sin decir palabra, su figura imponente moviéndose con una eficiencia que dejaba poco espacio para la duda. Las madre superiora y yo salimos en silencio de la habitación. La puerta se cerró tras nosotras con un clic suave, y de repente, sentí como el aire volvía a mis pulmones. El pasillo estaba en penumbras, y el eco de nuestros pasos se mezclaba con el murmullo lejano de las oraciones vespertinas. La madre superiora caminaba a mi lado, su rostro era una máscara de serenidad que no lograba ocultar la preocupación que asomaba en sus ojos. —Liliana,—su voz rompió el silencio, —¿estás bien? Asentí, aunque mi voz se perdió en un susurro. —Sí, madre. Solo fue.... Ella me miró, y en su mirada encontré un refugio momentáneo. —entiendo mi niña que han sido días difíciles...Pero debes ser fuerte— dijo, su tono era suave pero firme. Nos detuvimos frente a la puerta de su oficina, y ella se giró hacia mí. —Ven, hablemos un momento. La oficina estaba iluminada por una lámpara de aceite proyectaba sombras danzantes sobre las paredes de la oficina, creando un ambiente que parecía sacado de otro tiempo. La madre superiora, con una gravedad que rara vez mostraba, tomó asiento detrás de su escritorio y me hizo una señal para que hiciera lo mismo frente a ella. —No voy a negar que quería que el Sr. Ivanov se marchara, pero dada la situación he tomado otra decisión, —comenzó, entrelazando sus dedos sobre la madera gastada del escritorio, —necesito saber si estás dispuesta a continuar atendiendo a al Sr. Dimitri. Sus palabras cayeron sobre mí como una pesada capa. Dimitri, con su presencia imponente y su mirada que parecía ver más allá de lo que mostraba, me intimidaba y fascinaba a partes iguales. Dudé, sintiendo cómo la incertidumbre se enredaba en mi pecho. —No sé si puedo, —admití, la voz apenas un susurro. La madre superiora me observó en silencio, su mirada era penetrante pero no carente de comprensión. —Es una tarea difícil, lo sé. Pero tienes una fortaleza que incluso tú desconoces. Y el Sr. Dimitri... él necesita a alguien que no le tema, puedo ver eso en ti.— La idea de no temer a un hombre como Dimitri parecía una locura. Sin embargo, algo en las palabras de la madre superiora encendió una chispa de determinación en mi interior. —Está bien— dije finalmente, levantando la mirada para encontrarme con la suya, —lo haré. La madre superiora asintió, una sonrisa tenue pero orgullosa curvando sus labios. —Esa es mi chica— dijo, y supe que había tomado la decisión correcta.
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