💞Preguntas 💞

2973 Words
Después de unos días desde la visita de Sergei al convento, finalmente llegó el día en que el padre de Emily, el respetado político y gobernador de la ciudad de Chicago, el señor Marck Harrison, pudo visitarnos. Su presencia en el convento generó cierto revuelo entre las hermanas y las novicias, ya que era una figura importante y muy respetada en la comunidad. Emily estaba emocionada y ansiosa por presentarme a su padre. Me contó que había estado hablando mucho sobre mí y sobre nuestras conversaciones sobre el futuro y la posibilidad de ir juntas a la universidad. Aunque yo no compartía su entusiasmo por la idea de dejar el convento, comprendía su deseo de explorar nuevas oportunidades y experiencias. Cuando el señor Harrison llegó, pude percibir de inmediato su carisma y presencia imponente. Su voz resonaba con autoridad mientras saludaba a las hermanas y se dirigía hacia nosotras con una sonrisa cálida en el rostro. —Emily, mi querida hija, qué alegría verte —dijo el señor Harrison, abrazando a Emily con afecto. —Papá, te presento a Liliana. Ella es mi mejor amiga y la persona con la que he compartido tanto en el convento —presentó Emily con orgullo. El señor Harrison me miró con curiosidad y una sonrisa amable. Extendió su mano hacia mí, y la estreché con respeto. —Un placer conocerte, Liliana. Emily me ha hablado mucho sobre ti. Me alegra saber que mi hija ha encontrado una amiga tan especial y cercana en ti —dijo el señor Harrison con cortesía. Respondí con una sonrisa, agradecida por sus palabras. Luego de intercambiar algunas palabras con el señor Harrison, Emily no pudo contener su curiosidad y le preguntó a su padre por qué había tardado tanto en venir a visitarla. El señor Harrison explicó que estuvo enfermo, pero que ya se encontraba mucho mejor y que no quería perder la oportunidad de venir a verla y pasar tiempo juntos. Antes de que la conversación entre Emily y su padre se profundizara más, me disculpé cortésmente y les dije que tenía algunas tareas pendientes que atender en el convento. Dejé a Emily y a su padre disfrutando de su tiempo juntos y me concentré en mis labores, llevando a cabo mis responsabilidades con diligencia y dedicación. Mientras realizaba mis actividades diarias en el convento, mi mente estaba llena de pensamientos sobre la visita del señor Harrison y la relación entre Emily y su padre. Me alegraba ver la conexión y el cariño entre ellos, y sabía que momentos como este eran importantes para fortalecer los lazos familiares y disfrutar de la compañía de seres queridos. Mientras me alejo, observo a Emily con convenza con su padre, notando la fuerte semejanza entre ambos. Aunque el señor Harrison era un hombre de aproximadamente cuarenta años, se podía percibir la conexión familiar en sus rasgos compartidos con Emily. Ambos tenían la misma tonalidad de cabello castaño oscuro, aunque el del señor Harrison se mostraba más recortado y elegante, mientras que los rizos de Emily caían con gracia sobre sus hombros. Sus ojos, también compartían el mismo color verde brillante, aunque la expresión en ellos era diferente. Mientras que Emily irradiaba picardía y vitalidad en su mirada, el señor Harrison mostraba un aire de seriedad y determinación propio de su posición como político y gobernador de la ciudad. A pesar de estas diferencias en la expresión y el carácter, no podía negar el vínculo evidente entre padre e hija. Era como si la fuerza y la determinación del señor Harrison se reflejaran en la vivacidad y el carisma de Emily, creando una conexión especial que era visible incluso para aquellos que los observaban por primera vez. Mientras la veía interactuar con su padre, no pude evitar sentir admiración por la confianza y el carisma natural que emanaba de Emily. Aunque nuestras personalidades eran diferentes, apreciaba profundamente la amistad y la conexión única que compartíamos. Reconocía en Emily no solo a una amiga, sino a una persona especial que había traído alegría y aventuras a mi vida en el convento. Estaba en mi clase de dibujo con los niños, disfrutando cada momento mientras les enseñaba los secretos de la pintura. La expresión de asombro y alegría en los rostros de los pequeños era mi mayor recompensa. —¡Mira, Liliana, logré pintar un árbol igualito al que tenemos en el jardín! —exclamó Ana, mostrando su dibujo con orgullo. —¡Qué maravilla, Ana! Eres una artista en ciernes, sigue así —respondí con entusiasmo, alentando su creatividad. Entre risas y concentración, los niños se sumergían en la creación de sus propias obras de arte. Los animaba a explorar diferentes técnicas y a experimentar con colores y formas. Fomentar su creatividad y confianza en sí mismos era mi objetivo principal. En medio de la clase, noté la presencia de la madre superiora, quien observaba con atención el desarrollo de la actividad. Me sentí un poco nerviosa al principio, pero luego recordé que mi labor era valiosa y estaba haciendo una diferencia positiva en la vida de aquellos niños. Al finalizar la clase, la madre superiora se acercó a mí con una sonrisa discreta. —Liliana, es increíble cómo logras conectar con los niños y estimular su creatividad. Estoy realmente impresionada —comentó la madre superiora con admiración. —Gracias, madre. Ver la alegría y el progreso de los niños en cada clase es mi mayor motivación —respondí con gratitud. La madre superiora asintió con una sonrisa cálida, pero luego su expresión se volvió más seria mientras me invitaba a conversar en privado. —Necesitamos hablar, Liliana, sobre tu proyecto de vida —comenzó la madre superiora, y su tono reflexivo me hizo prestar toda mi atención—. Me gustaría saber qué has pensado hacer. Si decides quedarte aquí en el convento, sería motivo de alegría para mí, pero aún más si decides ir a la universidad y convertirte en una gran profesional. Me tomé un momento para considerar sus palabras, sintiendo un nudo en la garganta. Sabía que esta conversación llegaría en algún momento, y aunque amaba mi labor en el convento, también anhelaba explorar otras oportunidades y alcanzar mis metas personales. —Madre, he estado pensando mucho en ello. Emily me propuso acompañarla a la universidad y comenzar una nueva etapa juntas. Su padre tiene la intención de apoyarnos financieramente, pero siento que es una decisión importante y quiero estar segura de lo que realmente deseo, pero también siento un profundo apego por este lugar y por los niños a los que enseño —comenté con sinceridad, compartiendo mis pensamientos con la madre superiora. La madre superiora escuchó atentamente, asintiendo comprensivamente. —Entiendo tu dilema, Liliana. La decisión es tuya, y sea cual sea, te apoyaremos. Si decides ir a la universidad, confío en que te convertirás en una persona excepcional y seguirás siendo un modelo a seguir para todos aquí —dijo con cariño, mostrando su confianza en mí. La conversación me dejó con una sensación de responsabilidad y libertad. Sabía que debía tomar una decisión importante, una que afectaría mi futuro y el de los niños a los que tanto apreciaba. Después de esa conversación, me encontraba en mi habitación. La cual compartir con Emely, me recosté en mi cama mirando el techo, en un pequeño momento mi vista se dirige arriba del guarda ropas, allí salía a relucir la pequeña caja donde estaba guardada mi vida desde que llegué al convento. Me puse de pie y tomé una silla para poder tomarla. Abrí con cuidado la pequeña caja que guardaba uno de los mayores misterios de mi vida: la manta color rosa en la que había sido envuelta cuando me dejaron en la puerta del convento y la nota que decía simplemente "Hola, mi nombre es Liliana". Cada vez que miraba estos objetos, una mezcla de emociones me invadía: curiosidad por saber más sobre mis orígenes, agradecimiento por la vida que tenía en el convento y un leve temor a lo desconocido. Sintiendo el suave tejido de la manta entre mis dedos, recordé las palabras de la madre superiora sobre mi futuro. ¿Debería quedarme en el convento, donde he crecido y encontrado una familia, o debería aventurarme en el mundo exterior y perseguir mis sueños académicos? La idea de ir a la universidad y convertirme en una profesional resonaba en mi mente, pero también tenía miedo de dejar atrás todo lo que conocía. Con la nota en mi mano, leí una vez más el simple saludo que había sido mi único vínculo con mi identidad perdida. ¿Qué significaba ese "Hola" en realidad? ¿Quién había sido mi familia biológica y por qué me habían dejado en el convento? Eran preguntas que habían estado en mi mente durante años, y ahora, más que nunca, sentía la necesidad de encontrar respuestas. Antes de guardar la manta, algo llamó mi atención que no me había percatado anteriormente, observé detenidamente la etiqueta de la manta rosada, algo que no había notado antes. Allí, bordadas con delicadeza, estaban las iniciales "MM". ¿Qué significaban esas letras? ¿Podrían ser las iniciales de mis padres biológicos? La manta adquirió un significado aún más profundo y misterioso para mí. Las preguntas se multiplicaron en mi mente. ¿Eran las iniciales de mi madre? ¿O tal vez de mi padre? ¿Habrían dejado esas letras como una pista para mí, o era simplemente una coincidencia? La incertidumbre se mezcló con la curiosidad, y mi deseo de encontrar respuestas se intensificó. Con las iniciales "MM" grabadas en mi memoria, decidí que era hora de buscar más información. Quizás alguien en el convento tenía conocimiento de mi origen, o tal vez podría encontrar pistas en los registros antiguos. La manta y su enigmática etiqueta se convirtieron en un símbolo de mi búsqueda de identidad y de las respuestas que tanto ansiaba encontrar. Guardando cuidadosamente la manta y la nota de nuevo en la caja, me recosté en mi cama, perdida en mis pensamientos. Después de esa noches, mi pensamiento no me dejaban tranquila, pasé noches sin dormir, sumida en mis pensamientos sobre las iniciales "MM" y qué podrían significar para mi. Cada vez que cerraba los ojos, mi mente se llenaba de escenarios e interrogantes sobre mis padres biológicos. Decidida a encontrar respuestas, comencé a hacer preguntas discretas entre las hermanas del convento. Algunas recordaban vagamente el día en que fui dejada en la puerta, pero no tenían información sobre mi familia. Los registros antiguos tampoco revelaron pistas significativas. La hermana que me encontró que en ese entonces era la madre superiora, murió meses después de mi llegada, así que sol Maria tomó la posición después de su muerte, ella al igual que las demás sólo saben lo de siempre. Fui deja en la puerta y nada más. Después de esos días de intensa búsqueda y reflexión, Emily se acercó a mí con una noticia emocionante. Me contó que su padre había logrado conseguirnos un cupo en una de las universidades más prestigiosas de Chicago. La noticia me tomó por sorpresa y mi corazón latía con emociones encontradas. Por un lado, estaba emocionada por la oportunidad de acceder a una educación de alto nivel y explorar un mundo más allá de los muros del convento. Pero al mismo tiempo, la incertidumbre sobre mi pasado y la identidad de mis padres biológicos seguía pesando en mi mente. La perspectiva de entrar a la universidad traía consigo la esperanza de encontrar respuestas, pero también el temor de enfrentar la verdad sobre mi origen. Emily estaba entusiasmada y me animaba a aceptar la oportunidad que su padre nos había brindado. Su entusiasmo era contagioso, y aunque mi corazón aún estaba lleno de dudas y preguntas, sabía que este era un paso importante en mi camino hacia la verdad y mi búsqueda de identidad. Con la noticia de la universidad en mente, me preparé para enfrentar un nuevo capítulo en mi vida, lleno de desafíos y esperanzas, pero también de la constante interrogante sobre quién era yo realmente y de dónde venía. Luego de unos días llenos de inquietud y especulaciones, nos encontrábamos desayunando como de costumbre con las otras novicias. El ambiente estaba impregnado de nerviosismo cuando, de repente, un estruendo estremecedor resonó desde la entrada del convento. De inmediato, todas nos levantamos, alarmadas por lo que pudiera estar ocurriendo. Corrimos hacia la entrada y nos encontramos con varios hombres elegantemente vestidos, entre ellos Sergei, el hombre que había visitado el convento unos días atrás. Pero la escena que captó nuestra atención fue la presencia de otro hombre en el suelo, rodeado por un charco de sangre. —¡Rápido, necesitamos ayuda aquí! ¡Traigan vendajes y agua! —gritaba una de las hermanas mientras se arrodillaba junto al desconocido. El hombre yacía inconsciente, su rostro pálido contrastaba con el escarlata que se expandía a su alrededor. El ambiente se llenó de un murmullo ansioso mientras las preguntas se acumulaban en nuestras mentes, tratando de entender qué había sucedido y quién era aquel hombre. —¿Quién es él? ¿Qué ha pasado? —pregunté a una de las hermanas más cercanas, pero su expresión reflejaba la misma confusión que la nuestra. En medio de la confusión, la madre superiora llegó a la escena, imponiendo calma con su presencia serena. —¿Qué es éste escándalo?, Jesús maría y José —Sol Clara, se presionó a darse cuenta que estaba pasando. Pidió que llevaran al hombre a la enfermería de inmediato, y sin dudarlo, me ofrecí a ayudar en lo que pudiera. La preocupación y la incertidumbre se palpaban en el aire mientras nos dirigíamos hacia la enfermería, preguntándonos qué secreto ocultaba este hombre y qué impacto tendría en nuestras vidas en el convento. Llegamos a la enfermería, rodeados por el silencio tenso que se había apoderado de nosotras. La madre superiora instruyo como atender al hombre misterioso, mientras yo permanecía a un lado, lista para asistir en lo que fuera necesario. El hombre estaba pálido y su respiración era débil, lo que aumentaba nuestra preocupación. Mientras los hermanas corrían de un lugar a otro, las que tenían más conocimiento comenzaban a evaluar sus heridas, no podía dejar de preguntarme quién era él y qué lo había llevado hasta el convento de manera tan dramática. La madre superiora se acercó a mí con una expresión seria pero compasiva. —Liliana, te agradezco tu disposición para ayudar. Por favor, mantente aquí y asegúrate de que tengan todo lo que necesitan para atender al Sr. —dijo con voz tranquila pero firme. Asentí esperando instrucciones, sintiendo la responsabilidad pesar sobre mis hombros. Mientras observaba el vaivén frenético de las hermanas a mi alrededor, me pregunté qué secretos y peligros traería consigo aquel hombre misterioso, y cómo afectaría nuestras vidas en el convento. El silencio tenso se rompió cuando la madre superiora, se dirigió a Sergei con urgencia. Sus palabras resonaron en la habitación cargada de emociones. —Sr. Kuznetsov, él necesita un médico... o morirá. No podemos manejar una herida de bala aquí —dijo la madre superiora con determinación. Los ojos de Sergei reflejaban una mezcla de angusti. Sabía que la situación era grave, y a pesar de ello, estaba decidido a hacer todo lo posible por salvar la vida del misterioso hombre. Asintió con resignación, comprendiendo la gravedad de la situación y aceptando la necesidad de buscar ayuda externa. La madre superiora se volvió hacia mí, sus ojos transmitiendo una profunda preocupación. —Liliana, necesito que busque agua limpia y gazas todas las que puedas. Yo hiere a buscar el médico, las demás traten de que no siga perdiendo tanto sangre . Cuando la madre superiora salió corriendo en busca de ayuda médica, el silencio tenso volvió a apoderarse de la habitación. Las hermanas continuaban con su labor, evaluando las heridas con cuidado y precisión. De inmediato busque todo lo que la madre superiora me pidió, lista para actuar en caso de ser necesario. En medio de la tensión que se respiraba en la enfermería, una de las hermanas, con un gesto de urgencia, me indicó que debía presionar la herida. Mis manos, que todavía temblaban ligeramente, se deslizaron con cuidado hacia el lugar donde emanaba la sangre, sintiendo la calidez pegajosa en mis dedos. La presión necesaria me hizo estremecer, era la primera vez que me enfrentaba a una situación tan crítica y mis nervios estaban a flor de piel. Mientras seguía las indicaciones de la hermana, mis pensamientos parecían danzar en medio del caos que se desplegaba a mi alrededor. El pulso acelerado resonaba en mis oídos, y un nudo se formaba en mi garganta al darme cuenta de la gravedad de la herida. La presión que ejercía sobre la carne parecía insuficiente, y un miedo latente se apoderaba de mí ante la posibilidad de perder el control de la situación. Fue entonces, en el momento más crítico, cuando mis ojos se posaron en los tatuajes que adornaban el cuerpo del hombre. Un caos de símbolos y diseños intrincados que serpenteados por su piel, como narradores silenciosos de secretos antiguos y peligros ocultos. La urgencia de la situación y el hallazgo de los tatuajes se entrelazaron en mi mente, creando un enigma misterioso que añadía un matiz adicional de suspenso a la escena. La hermana, al notar mi expresión de sorpresa y curiosidad, se acercó con cautela y susurró en tono apresurado: —Los tatuajes... ¿has visto algo así antes? ¿Qué crees que significan?—. Mi mirada se encontró con la suya, compartiendo la intriga y el temor que se habían apoderado de nosotros, mientras el hombre herido yacía inerte, sus secretos tatuados en su piel como un enigma por descifrar en medio de la urgencia y el peligro que nos rodeaba.
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