POV Isadora Valente El silencio en la camioneta era un grito contenido. Mathias no dijo una palabra. Ni cuando colgué. Ni cuando escondí el teléfono como si quemara. Ni siquiera cuando nuestras miradas se cruzaron en el retrovisor como dos espadas a punto de chocar. Manejó con los nudillos blancos sobre el volante. Cada kilómetro, una bomba no detonada. Cada curva, una pregunta no formulada. Y yo… solo respiraba. Porque si abría la boca, se me escapaba el alma. Cuando el portón de la mansión Valente se abrió y la camioneta cruzó el camino de piedra, supe que solo tenía segundos. Debía salir antes de que él hablara. Antes de que me mirara con esos ojos llenos de todo lo que yo no podía permitirme sentir. El vehículo se detuvo. Me quité el cinturón. Abrí la puerta. Bajé. —Isadora

