POV ÁNGEL
Desperté con el ruido lejano de la lluvia golpeando los ventanales. El aroma a cera derretida aún flotaba en la habitación y el frío de la madrugada se filtraba por las paredes. Moví la mano buscando el calor de su cuerpo junto al mío, pero solo encontré la sábana arrugada.
Abrí los ojos de golpe.
—¿Fabiola? —susurré, con la voz aún cargada de sueño y desespero.
Me incorporé de inmediato. La cama estaba vacía. El espacio donde había dormido estaba frío. No había rastro de ella.
Me vestí apresuradamente y recorrí la parroquia como un loco. Revisé el despacho, la sacristía, el cobertizo, incluso el huerto. Nada. El silencio me devolvía mi propia respiración acelerada. Sobre mi escritorio encontré un papel doblado. Lo abrí con manos temblorosas. La tinta estaba corrida en algunos lugares, como si las lágrimas hubieran manchado la escritura.
“Padre Ángel. Gracias por la mejor noche de mi vida. Pero no puedo arrastrarlo a mi desgracia. Usted merece la paz de Dios, no el tormento que yo traigo conmigo. No me busque, por favor. Me iré de la ciudad. Cuídese y no me recuerde con dolor, lo amo y siempre vivirá en mis recuerdos.
—Fabiola.”
El papel cayó de mis manos. Me sujeté la cabeza y sentí que el mundo se me venía abajo.
—¡Dios mío! —exclamé, cayendo de rodillas.
Me llevé las manos al rostro, temblando. Recé, repetí padrenuestros con la voz quebrada, pidiendo perdón. Pero cada palabra se mezclaba con imágenes de ella: sus labios, su piel, la manera en que dijo mi nombre entre susurros ahogados.
Me sentía pecador, indigno, perdido. Lo había entregado todo a un instante de deseo, y aunque mi cuerpo aún ardía al recordarla, mi alma se hundía en la culpa.
—Perdóname, Señor —murmuré una y otra vez—. He fallado… quizá debería dejarlo todo… no merezco seguir siendo tu siervo.
Busqué a doña Ágata. Estaba en la cocina, preparando el café de la mañana. Cuando me vio, supo que algo había ocurrido.
—¿Dónde está? —preguntó con suavidad.
Negué con la cabeza, incapaz de contener las lágrimas.
—Se fue… dejó una nota. Dice que no la busque.
Me senté frente a ella, derrotado.
—Pecamos, Ágata. Rompí mis votos… y ahora no sé si puedo seguir vistiendo esta sotana. Quizá deba renunciar.
La anciana se quedó en silencio un momento. Luego, con esa serenidad que la caracterizaba, respondió:
—Desde el primer día que vi a esa muchacha supe lo que ocurría. La manera en que usted la miraba… era diferente.
Bajé la cabeza, avergonzado.
—No puedo negarlo.
Ella tomó mis manos entre las suyas.
—Padre, somos humanos. Todos podemos equivocarnos. Dios conoce nuestro corazón. Si ella se fue, créame, fue lo mejor para todos. No arrastre este peso como si fuera el fin. El barrio lo necesita. Los niños, los enfermos, los pobres… si usted deja el sacerdocio, será una pérdida que no podremos soportar.
La escuché, tratando de aferrarme a sus palabras.
—¿Y qué hago con esto que siento? —pregunté con la voz rota—. Porque, aunque lo niegue, la extraño… la deseo… y cada noche la recuerdo.
Ella me miró con ternura.
—Convierta ese dolor en servicio. Confiéselo a Dios cada mañana y entréguelo en sus manos. No busque a esa mujer… porque si ella quiso irse, es porque entendió que así debía ser.
Sus palabras fueron como bálsamo y castigo al mismo tiempo.
Los días transcurrieron lentos. Me sumergí en el trabajo pastoral. Daba catequesis a los niños, visitaba enfermos, repartía alimentos a los necesitados. Por fuera, todos veían al sacerdote dedicado, constante, siempre dispuesto.
Pero por dentro… por dentro ardía un incendio que no se apagaba.
Las noches eran el peor tormento. La habitación conservaba su aroma, una mezcla dulce que me arrancaba el sueño. Me quedaba sentado frente a la cruz, intentando rezar, pero al cerrar los ojos la veía a ella.
Y entonces llegaban los recuerdos, como un látigo y un consuelo.
Flashback
Su piel bajo mis manos, cálida y temblorosa. Sus labios buscando los míos con desesperación, como si en ese beso se le fuera la vida.
El crujido de la cama bajo nuestros cuerpos, la lluvia golpeando los cristales, el fuego de su voz llamándome por mi nombre.
—Ángel…
Aquel susurro era un himno y una condena. Nunca nadie había pronunciado mi nombre con tanto amor y tanto deseo al mismo tiempo.
La forma en que me miró después, con lágrimas y paz en sus ojos, quedó tatuada en mí. En sus brazos descubrí que el paraíso no era solo una promesa celeste, sino un instante robado en la tierra.
Fin del flashback
Pasó un mes. Un mes de silencios y de oraciones. Un mes de recordarla en cada rincón, de buscarla en las sombras, aunque sabía que ya no estaba.
Me volqué en mi parroquia con más fuerza que nunca, pero en las noches, cuando la tormenta regresaba y el viento azotaba los ventanales, el recuerdo de Fabiola volvía a mí.
El aroma de su piel, el peso de su cuerpo en mis brazos, su voz quebrada diciéndome que me amaba. Y entonces entendí que podía seguir siendo sacerdote, podía seguir ayudando a todos, podía reprimir mis deseos… pero nada borraría la verdad: una parte de mí se había quedado con ella para siempre.
Me arrodillé frente al altar, en el silencio de la noche, y susurré:
—Señor… si este amor es mi cruz, ayúdame a cargarlo.
Y así, con el corazón desgarrado, continué mi camino, mientras la sombra de Fabiola seguía ardiendo en mi memoria.