POV ÁNGEL
Cuando la tensión se disipó y la policía se marchó, mis manos aún temblaban. Me sentía vacío, como si la amenaza de Julián se hubiese quedado grabada en las paredes de la parroquia. Entonces, doña Ágata se acercó con su calma de siempre y me dijo:
—Padre, la escondí en el cobertizo de atrás. Allí estará segura, al menos por ahora.
Corrí hacia allí. Empujé la puerta de madera y la encontré detrás de unos sacos de abono, acurrucada, temblando como un pajarillo herido. Sus ojos estaban rojos de tanto llorar, y cuando me vio se levantó de golpe para abrazarme con una fuerza que no esperaba.
Sentí sus lágrimas deslizarse por mi cuello. La estreché contra mi pecho, conmovido y roto al mismo tiempo.
—Tranquila… —murmuré, acariciando su cabello—. Dentro de unos días todo esto será solo una pesadilla que terminará.
Ella asintió en silencio, sin soltarme. Y en ese momento comprendí que ya no era solo compasión lo que me unía a ella: era miedo, deseo, necesidad… todo mezclado en un mismo fuego.
Los días siguientes fueron eternos. Afuera, siempre había uno de los hombres de Julián vigilando, apoyado en la esquina o fingiendo que hablaba con alguien. Su presencia constante nos obligaba a movernos con cautela.
Fabiola seguía oculta en mi habitación hasta que el refugio tuviera espacio. Yo mismo me encargaba de llevarle la comida y cualquier cosa que necesitara. Doña Ágata iba de vez en cuando para hacerle compañía, contándole anécdotas simples que, por momentos, lograban dibujar una sonrisa en su rostro.
Pero las noches… las noches eran lo peor. El silencio de la parroquia se convertía en un eco de mis propios pensamientos, de mis deseos reprimidos. Dormía en el sillón del despacho, incómodo y con el corazón latiendo cada vez que escuchaba un crujido en los pasillos.
Una tarde, mientras ella comía en silencio, me quedé mirándola. Los moretones de su rostro comenzaban a desvanecerse poco a poco. Sus labios ya no estaban partidos, y aunque su mirada seguía cargada de sombras, había un destello nuevo en ella.
De pronto, levantó los ojos hacia mí y preguntó:
—Padre… ¿usted se ha enamorado alguna vez?
Me quedé helado. El tenedor que sostenía casi se me resbaló de la mano.
—No, Fabiola —respondí con voz forzada—. Mi vocación la tengo desde muy joven. Amo a Dios sobre todas las cosas.
Ella bajó la mirada, como si esa respuesta la hubiera herido.
Yo sabía que no era del todo cierto. Porque, aunque mis labios habían dicho esas palabras, mi corazón latía por ella con una fuerza que negaba mi propia fe.
No dije nada más. Ella tampoco. El silencio se interpuso entre nosotros como una frontera invisible.
*
*
La tormenta azotaba los ventanales con furia. El trueno retumbaba en las paredes de la parroquia como si el mismo cielo quisiera advertirme de lo que estaba por suceder.
Había pasado la tarde revisando cuentas en mi despacho, tratando de perderme en los números para no pensar en ella. Pero el apagón nos envolvió en penumbra y tuve que encender velas. La llama titilante proyectaba sombras que me parecían presagios.
Tomé un par de cirios y me dirigí a mi habitación. La encontré en la cama, con el rostro enterrado entre las manos, llorando de forma desgarradora.
—¿Qué te pasa, Fabiola? —me acerqué de inmediato, alarmado.
Levantó los ojos brillantes, húmedos.
—Tuve una pesadilla… —murmuró con voz rota—. Lo vi a él… otra vez.
Me senté a su lado y la abracé sin pensarlo. Sentí cómo su cuerpo temblaba contra el mío, sus lágrimas empapaban mi sotana y su aroma me envolvía como un veneno dulce. Cerré los ojos, disfrutando del calor de tenerla cerca, aunque mi conciencia gritaba que me alejara.
Lo hice, como si me quemara. Me levanté con brusquedad, luchando contra el latido feroz de mi pecho.
—Debo irme —dije, con la voz entrecortada.
Pero sentí un tirón en la tela. Ella había sujetado mi sotana con sus manos pequeñas y temblorosas.
—No se vaya, padre… —su voz fue una súplica que me atravesó.
Me giré. La miré y quedé atrapado en esos ojos verdes que brillaban con una intensidad que no podía comprender. ¿Era deseo? ¿Era amor? ¿O era mi propia necesidad disfrazando su mirada?
Ella se levantó despacio, acortando la distancia entre nosotros. Me tomó el rostro entre sus manos y, sin darme tiempo a reaccionar, me besó.
Fue un beso desesperado, cargado de lágrimas, un grito ahogado contra mis labios. Yo me quedé inmóvil, paralizado entre el cielo y el infierno. Ella se apartó apenas unos centímetros, con lágrimas corriendo por sus mejillas.
—Lo siento, padre… —sollozó—. Soy una pecadora… pero lo amo. Lo amo, y ya no puedo ocultarlo más.
Mi mente se nubló. Todo lo que era, todo lo que había jurado, se derrumbó en ese instante. No lo pensé. La tomé entre mis brazos y la besé con una fuerza que nacía de años de represión y deseo.
Lo que sucedió después fue inevitable.
No fue dulzura, fue hambre. El roce de sus labios contra los míos se volvió un incendio. Sus lágrimas se mezclaron con mi respiración entrecortada. Cada caricia era un pecado y, al mismo tiempo, una absolución.
Mis manos recorrieron su espalda, temblorosas, como si necesitara memorizar cada curva, cada temblor de su piel. Ella me respondió con la misma desesperación, aferrándose a mí como quien se agarra de la única tabla en medio de un naufragio.
El trueno sacudía los muros, pero dentro de mí había otro estruendo: el de mi fe quebrándose, el de mi carne imponiéndose sobre mis votos.
—Ángel… —susurró mi nombre como si fuera un secreto y una confesión al mismo tiempo. Esa palabra en sus labios me hizo perder la poca resistencia que me quedaba.
Nuestros cuerpos se buscaron sin pudor, guiados por una necesidad que ya no podía disfrazarse de compasión. La tormenta afuera fue cómplice de cada gemido ahogado, de cada roce prohibido.
El fuego que había reprimido tanto tiempo se desató, arrastrándonos a los dos en una espiral de deseo y entrega. La habitación se llenó del sonido de nuestra respiración acelerada, del crujido de la cama, del murmullo de palabras rotas entre beso y beso.
No supe dónde terminaba yo y dónde empezaba ella. Éramos un mismo cuerpo, una misma herida, un mismo fuego.
Al final, el silencio cayó sobre nosotros como un manto pesado. Solo se oía la lluvia persistente golpeando los cristales.
Ella descansaba en mis brazos, aún con lágrimas en los ojos, pero con una serenidad que nunca le había visto. Yo acaricié su cabello, sintiendo la culpa crecer dentro de mí como una sombra.
—¿Qué hemos hecho? —susurré, mirando hacia la cruz que colgaba en la pared.
Ella levantó la vista hacia mí y, con voz suave pero firme, respondió:
—Lo que sentimos, padre. Lo que ninguno de los dos pudo evitar.
Cerré los ojos, apretando la mandíbula. Sabía que tenía razón. Pero también sabía que el precio de esa verdad sería más alto de lo que podíamos imaginar.
La besé en la frente, con ternura, y susurré:
—Que Dios nos perdone, Fabiola.
La tormenta afuera siguió rugiendo, como si el cielo mismo quisiera borrar lo que acababa de ocurrir.