POV ÁNGEL
Cuando dejé a Fabiola dormida, su respiración pausada fue un pequeño alivio, no me descubrió besándola, no sabía cómo explicar este deseo que me atormenta. Cerré la puerta con cuidado, como si el más mínimo ruido pudiera despertarla. Mis pasos resonaron en los pasillos vacíos de la parroquia hasta que llegué al salón donde había dejado la catequesis.
El murmullo de los niños ya no estaba. Las sillas estaban ordenadas y los cuadernos apilados sobre la mesa. Solo quedaba doña Ágata, de pie junto a la pizarra, con las manos entrelazadas sobre el regazo.
Me miró en silencio un instante antes de hablar.
—Padre, usted no puede protegerla —dijo con voz firme, sin rodeos.
Sentí un nudo en el estómago. Ella siempre tenía esa forma directa de enfrentar la verdad.
—Es bien sabido —continuó— que ese animal con el que se casó Fabiola es el líder de la pandilla del barrio. Por eso nadie la defiende. Todos tienen miedo. Usted ya la ha salvado dos veces… la tercera, puede que sea usted quien salga perjudicado.
Bajé la cabeza, suspirando.
—Lo sé, Ágata, pero mi vocación me impide dejarla a su suerte. —mentí—.
Ella me observó como si pudiera leer lo que había detrás de mis palabras. Con suavidad, añadió:
—Lo entiendo, padre. Podemos enviarla a un refugio de mujeres. Si ella se queda más tiempo aquí, su vida correrá peligro y la nuestra también. Haré las llamadas.
—Gracias… eres como mi conciencia a veces.
Ella sonrió con ternura.
—No es eso, padre. Son los años de diferencia.
Caminé hacia el jardín delantero. El aire olía a tierra húmeda, y las flores recién regadas parecían más vivas que yo. Me quedé mirando el cielo encapotado, pidiéndole respuestas a Dios.
Sabía que Ágata tenía razón: Fabiola debía irse lejos, tan lejos que ni Julián ni sus hombres pudieran alcanzarla. Pero ¿cómo alejarla si el hombre que todavía latía en mí la deseaba con más fuerza que mi propio corazón?
Me arrodillé frente a la cruz del jardín.
—Señor, guíame —susurré—. Dame fuerzas para actuar como sacerdote, no como un hombre débil…
*
*
Decidí ahorrar cada peso que llegara a mis manos, para cuando Dios me diera la oportunidad de sacarla de allí. Era mi manera de resistir mis deseos carnales: convertirlos en un sacrificio. El refugio respondió esa misma noche. No tenían camas disponibles hasta dentro de una semana.
La noticia me dejó en silencio. Ágata me miró con ojos cansados.
—No hay otra opción —dijo—. Tendrá que quedarse aquí hasta entonces.
Y así lo decidimos. Fabiola se ocultaría en mi habitación. Nadie debía verla ni saber de ella hasta que pudiera irse. Yo dormiría en el sillón de mi despacho.
Cuando se lo conté, Fabiola intentó negarse, no quería que le dejara mi habitación.
—No, padre… —lloró, cubriéndose el rostro con las manos—. No puedo abusar más de su bondad. Ya ha hecho demasiado por mí.
Me arrodillé frente a ella, obligándola a mirarme.
—No se trata de bondad, Fabiola. Se trata de supervivencia. No me pidas que te deje ir ahora, si ese hombre te encuentra te mata.
Ella sollozó y, con voz quebrada, dijo:
—Gracias… gracias por no rendirse conmigo.
Yo solo asentí, temiendo que mis palabras pudieran traicionarme. Muy dentro de mí, solo esperaba no arrepentirme de esta decisión, pero la realidad me golpeo tan rápido que ni siquiera tuve tiempo de procesarlo.
A la mañana siguiente la rutina se rompió con un estruendo. Golpes violentos retumbaron en la puerta principal de la parroquia. El sonido se multiplicaba, como martillazos que querían derrumbar las paredes.
Salí al pasillo de un salto, con el corazón desbocado. Ágata apareció desde la sacristía con el rosario entre las manos, pálida como la cera.
—Son ellos… —susurró.
Me acerqué a la puerta y, al abrir, el aire frío de la calle trajo consigo la sombra de Julián y tres hombres más. Todos con chaquetas oscuras, rostros duros, tatuajes en los brazos. El silencio de la cuadra era prueba de que los vecinos los reconocían.
—¿Dónde está? —espetó Julián, avanzando sin pedir permiso.
Levanté la mano, bloqueando la entrada.
—Aquí no tienes nada que buscar.
Él rió, una carcajada seca.
—No me hagas perder el tiempo, cura. Sé que está aquí.
Los otros hombres se dispersaron, entrando con pasos pesados. Uno golpeó las bancas del templo con la palma, otro abrió puertas, revisando cada rincón. El eco de sus botas resonaba como un presagio. Sentí cómo la sangre me abandonaba el rostro. Dentro de mí se mezclaban el miedo y la ira. Cada puerta que abrían era una amenaza de descubrirla. Pensaba en Fabiola, oculta, conteniendo la respiración tras la puerta de mi habitación.
—No voy a permitir que la toques de nuevo —dije con voz firme, aunque mis piernas temblaban.
Julián me miró fijamente, sus ojos llenos de un odio frío.
—Tú no entiendes, ¿verdad? Ella es mía. Nadie me la quita. Y si te entrometes otra vez… acabarás pagando caro.
Saqué mi teléfono, mostrándolo sin vacilar.
—Ya llamé a la policía.
Un murmullo de sorpresa recorrió a los hombres, pero Julián ni se inmutó.
—¿La policía? —dijo con desprecio—. A mí no me asustan esos uniformes.
Pasaron unos minutos que parecieron horas, ellos seguían sin encontrarla y eso me alivio un poco, doña Ágata se me acerco y pude ver en sus ojos que ella estaba a salvo. Detrás de mí, escuché pasos. Dos oficiales entraban apresurados, alertados por la llamada.
—¿Algún problema aquí, padre? —preguntó uno de ellos.
—No —contestó Julián antes que yo, sonriendo con cinismo—. Solo veníamos a rezar.
Los agentes lo miraron con desconfianza.
—Es mejor que se retiren —ordenó el mayor.
Julián alzó las manos, fingiendo inocencia. Dio media vuelta con calma, pero al pasar junto a mí se inclinó lo suficiente para susurrar al oído:
—Esto no termina aquí. Cuando la encuentre no habrá cura que la salve.
Sentí el veneno de esas palabras clavarse en mi pecho. Me quedé de pie, inmóvil, observando cómo se alejaban lentamente, como lobos que sabían dónde estaba escondida su presa. Cuando la puerta volvió a cerrarse, mis rodillas casi cedieron. El silencio de la iglesia pesaba como una lápida.
Me apoyé en la pared, respirando con dificultad. El eco de sus pasos aún resonaba en mi mente, junto con el miedo ardiente de perderla… y el deseo de no dejar que nadie más la lastimara. Me quedé mucho rato así, con los puños apretados, mirando la cruz del altar. En mi interior, algo se quebraba: la vocación que me pedía obedecer y la pasión que me exigía luchar por ella.
Sabía que estaba en peligro. Sabía que arrastrarla a mi lado era arriesgarlo todo.
Pero también sabía que ya no había vuelta atrás.