Pov Fabiola. Habían pasado dos meses desde la última vez que lo vi. Dos meses desde que entré a ese hospital y lo encontré inconsciente, con el cuerpo cubierto de tubos y moretones. Dos meses desde que supe que seguía vivo. Desde entonces, cada día era más fácil respirar. Saber que estaba bien me daba una paz que no había sentido en mucho tiempo. Verlo en televisión, recuperado, caminando con muletas, oficiando misa, era como ver un milagro. Lo admiraba. Me enorgullecía. Pero también me dolía. Por las noches, cuando todo quedaba en silencio, me sentaba con las gemelas en brazos y veía las transmisiones en vivo de la catedral. Ángel hablaba con una serenidad que me desarmaba. La gente lo adoraba. Lo llamaban santo. Si supieran… Si supieran que ese hombre que ahora levantaba la cruz con v

