Pov Ángel El avión aterrizó en Nueva York bajo un cielo gris. Apenas crucé el túnel hacia la terminal, el murmullo de la gente comenzó a crecer. No eran turistas. Eran feligreses, periodistas, curiosos. Algunos agitaban pancartas con mi nombre. Otros simplemente aplaudían. Yo apreté el crucifijo que colgaba de mi cuello y avancé con paso firme, aunque por dentro sentía el peso de mil cadenas. No era un hombre cualquiera el que regresaba. Era el nuevo monseñor de la Catedral de Nueva York. La limusina del obispado me esperaba en la salida. Atravesamos calles abarrotadas hasta llegar a Brooklyn. Desde lejos vi la cúpula nueva de la catedral, reconstruida tras el incendio. Las campanas repicaban como si el mismo cielo celebrara mi llegada. En la escalinata principal, la multitud me aguar

