Capítulo 3.

1031 Words
POV ÁNGEL La parroquia estaba en silencio, pero dentro de mí había un vacío que me devoraba. La ausencia de Fabiola se sentía como un hueco en cada rincón de la casa cural. No estaba su voz en los pasillos, ni el sonido de su risa al pasar frente a la sacristía. No estaba su aroma mezclado con el incienso, ni la forma en que sus ojos parecían devolverme la luz del día. Al recorrer los corredores, me descubría buscándola sin querer. Me sorprendía a mí mismo mirando hacia la entrada, esperando verla con el cabello suelto, con la escoba en la mano o con esa sonrisa tímida que siempre escondía un secreto. Pero no estaba. Y cada día sin ella era un tormento. Esa tarde, durante la catequesis, intentaba concentrarme en las preguntas de los niños. —Padre, ¿por qué Dios hizo a los ángeles sin cuerpo? —preguntó un pequeño, con los ojos abiertos de par en par. Sonreí débilmente, forzando serenidad. —Porque los ángeles son espíritu puro —expliqué—, no necesitan cuerpo como nosotros… No terminé la frase. La puerta del salón se abrió de golpe y una de las voluntarias entró jadeando, con el rostro desencajado. —¡Padre Ángel! —exclamó, casi sin aliento—. ¡Venga, rápido! ¡Es Fabiola! Sentí un golpe en el estómago. El corazón se me aceleró al punto de doler. Le pedí a doña Ágata, la anciana que siempre estaba dispuesta a ayudar, que se quedara con los niños. Ella me miró con esos ojos sabios, comprendiendo que algo grave ocurría, y asintió sin hacer preguntas. Corrí tras la joven voluntaria. El aire frío de la calle me cortaba la piel, pero dentro de mí ardía un fuego oscuro. Llegamos a un edificio antiguo, de paredes húmedas y escaleras estrechas. A medida que subíamos, un sonido me heló la sangre: gritos. Gritos ahogados, quebrados, que desgarraban el aire. Nadie intervenía. Los vecinos miraban desde las puertas entreabiertas, sus ojos cargados de miedo o indiferencia. El pasillo entero parecía cómplice del silencio. Empujé la puerta de un apartamento mal cerrado y la escena me golpeó como un puñetazo en el pecho. Fabiola estaba en el suelo, encogida, cubriéndose con los brazos. Julián, su marido, descargaba sobre ella golpes con una furia que no tenía nombre. Sus ojos oscuros brillaban con violencia. —¡Basta! —grité, entrando sin pensar. Me lancé hacia él, lo sujeté por los hombros y lo empujé contra la pared. Su respiración olía a alcohol, y su sonrisa torcida se deformó en una mueca de burla. —¿Y tú quién te crees, cura? —escupió, con el rostro enrojecido—. ¿Crees que puedes quitarme lo que es mío? —¡Ella no es tuya! —rugí, sin reconocer mi propia voz. Él se sacudió con fuerza, alzando la mano como si fuera a golpearme también. En ese instante, no pensé en mi sotana, ni en mis votos, ni en la cruz que llevaba en el pecho. Pensé solo en ella, en su cuerpo temblando en el suelo. Saqué mi teléfono. —Voy a llamar a la policía —advertí, marcando con dedos temblorosos. Pero una mano débil se aferró a la mía. —No… —susurró Fabiola, apenas con un hilo de voz. Sus ojos, hinchados por las lágrimas, me suplicaban—. Por favor, no lo hagas. El teléfono resbaló de mis dedos. Mi instinto gritaba justicia, pero su mirada me encadenó. No podía ir contra su voluntad, no en ese momento. Julián lanzó una carcajada áspera. —Eso pensé… —dijo con desprecio, y salió tambaleante, lanzando amenazas que se perdieron en el pasillo. Corrí hacia Fabiola. —Tranquila… ya pasó —murmuré, aunque sabía que era mentira. La levanté con cuidado, sintiendo el peso frágil de su cuerpo apoyarse en mí. La lleve de regreso a la parroquia, doña Ágata nos esperaba. Sus manos firmes, curtidas por los años, trabajaron con sorprendente delicadeza. Limpió las heridas de Fabiola, le colocó ungüentos, le acomodó el cabello húmedo en la frente. —Hija, tienes que denunciarlo —dijo la anciana con firmeza, mientras vendaba un brazo amoratado—. Ese hombre no va a parar. Ahora entiendo por qué te refugiabas en la iglesia la primera vez. No puedes seguir callando. Fabiola bajó la mirada. Sus labios se apretaron en un silencio obstinado. Ni una palabra salió de ella. La impotencia me atravesó como un cuchillo. Quise gritar, exigirle que hablara, que se defendiera. Pero al mirarla, con la piel marcada por los golpes, comprendí que ya estaba demasiado rota para más preguntas. Doña Ágata suspiró. Me dio una palmada en el hombro y se retiró, dejándonos a solas en la penumbra del despacho. Me quedé de pie, observándola. Su fragilidad despertaba en mí un torbellino de emociones: compasión, rabia, ternura… y un deseo peligroso. Quería abrazarla, protegerla, borrar cada marca de su piel con mis labios. Ella levantó los ojos, verdes como un bosque herido. —Lo siento… —susurró, apenas audible. —No tienes nada que lamentar —respondí, con la voz quebrada. Me incliné un poco, tratando de atrapar su mirada—. El pecado no es tuyo. Por un instante, sentí que me acercaba demasiado. El calor de su aliento rozó mi piel. Todo en mí clamaba por besarla, por rendirme al impulso que me quemaba desde la primera vez que la vi. Pero me contuve. Cerré los puños, respiré hondo, y me aparté un paso. Ella, agotada, cerró los ojos y se recostó en el sillón. Su respiración se fue calmando, cayendo en un sueño forzado por el dolor y el cansancio. La miré en silencio. El corazón me latía como un tambor, mis manos temblaban. Me incliné despacio, incapaz de resistirme más. Mis labios rozaron los suyos apenas un instante, un beso casto, silencioso, que sin embargo me atravesó el alma como un rayo. Al apartarme, mis ojos se llenaron de lágrimas. —Perdóname, Señor… —murmuré en la penumbra—. Pero no puedo dejar de amarla. Y allí, frente al cuerpo dormido de Fabiola, comprendí que la batalla apenas comenzaba.
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