Capítulo 5

1601 Words
Caigo hacia atrás al percibir los tres dedos amputados escurriendo de sangre fresca que mancha y moja el cartón de la caja. De nuevo el corazón se me acelera y con la mano temblándome, toco mi pecho para asegurarme que el ritmo cardiaco no aumente. Debo controlarme. Me es difícil comprende el cómo llego esto a mí, ¿cómo saben mi verdadero nombre? No puedo ni siquiera pensar en quien lo envió. Todo es un caos en mi cabeza. Aina Ivanova murió hace cuatro años, todo mundo se entero de la noticia. La hija de Alessandro dejo de existir, el legado de la mafia rusa se perdió, esa es la historia que todos saben. Pero hay alguien que no creyó en la falsa noticia, y ese alguien me ha enviado esta caja, o es una broma. No, no puede ser posible… Con las piernas temblándome, me levanto y me acerco de nuevo a la caja para tomarla y sacarla de casa. Sin poder evitarlo miro de nuevo la caja y me asombro por las joyas que rodean los dedos. Esos anillos recuerdo verlos visto en alguien.  De inmediato el recuerdo golpea en mi cabeza. El golpeo acelerado de mi corazón lo siento pulsar en mi cabeza, entro en pánico y me es imposible no llorar al suponer de quien son esos dedos. Corriendo voy a mi habitación y agarro mi celular; nerviosa, marco su numero y espero a que me conteste. Los pitidos aumentan mi nerviosismo al no conseguir que conteste mi llamada. Lo intento cinco veces más y es lo mismo. —Por favor contéstame —imploro, pero la respuesta es la misma. Nada. Sin perder tiempo agarro mi celular y salgo corriendo de la casa en busca de mi mejor amiga. El aire fresco de la tarde golpea mi cuerpo al salir, y sin medir el riesgo en mi salud corro en busca de un transporte que me lleve a su casa, pero no hay nada. Corro hasta llegar a la autopista donde pasan más vehículos. Los pulmones comienzan a arderme, pero eso no me importa cuando se trata de la vida de Ale. A lo lejos un taxi se acerca a mí, rápidamente lo detengo. El auto se detiene y no dudo en subir; con la respiración acelerada le doy la dirección de Ale, el señor asiente y acelera. Mientras llego a su casa trato de tranquilizarme y, al recuperar rápidamente mi respiración intento llamarla de nuevo, también llamo a la empresa en donde trabaja. —Lo siento señorita Beckett, pero la señorita Palmer no se presentó a trabajar el día de hoy. Es todo lo que dice y le agradezco. Termino la llamada e insisto en llamar a su celular, pero dice los mismo, su teléfono se encuentra apagado. No pierdo la esperanza de que este en casa viendo películas mientras come golosinas. —Señorita, llegamos. La voz del taxista atrae mi atención, de inmediato busco entre mis bolsas del pantalón, y recuerdo que no traje dinero conmigo. El señor se percata de mi búsqueda y entiende que no tengo dinero. —Lo siento, pero no tengo dinero conmigo, salí de prisa porque estoy en una urgencia. —Señorita usted debe de pagar por mis servicios. —Lo sé, pero yo… No termino de hablar y recuerdo que tengo una pulsera de oro que me regalo Sebastian en mi cumpleaños, sé que vale más que un pasaje de taxi pero en estos momento me urge ir con mi amiga. Arranco la pulsera de mi muñeca, se la entrego al taxista y el confuso la toma. —Gracias por sus servicios. Salgo corriendo del auto y aumento la velocidad para llegar a su casa. Al llegar a su puerta ni siquiera me tomo la molestia de tocar, la abro la puerta y me sorprendo al no encontrarla con seguro. — ¡Ale! —grito su nombre al no verla en la sala. — ¡Ale estás aquí! ¡Ale! — voy hacia la cocina y no la encuentro, busco por toda la planta baja y no encuentro nada. Acelerada, subo al segundo piso y busco en las habitaciones, nada. Voy directamente a su habitación y no la encuentro. El pánico comienza a sumergirme y las opciones se me acaban. Bajo de prisa y voy directamente al jardín trasero. A simple vista no logro verla, solo encuentro el perro que comienza a ladrar al sentir mi presencia. Los ladridos provienen de su casa, rápidamente me acerco y veo que esta con candado. «Alguien lo encerró», pienso. El pequeño animal comienza a llorar al reconocerme, rápidamente agarro una piedra del suelo y comienzo a romper el candado importándome poco lastimarme las manos. Con más fuerza doy el ultimo golpe y rompo el candado, rápidamente abro la puerta y me doy cuenta que Puchi está lastimado de su pata, tiene sangre y su orejita esta mancha de sangre también. Lo tomo y comienzo a acariciarlo para que se tranquilice. Lo saco de la casa y me doy cuenta que dentro hay otra nota. Meto mi mano y toma la nota que también esta manchada de sangre. Ojo por ojo, diente por diente. La frase de venganza me confirma que se llevaron a mi amiga y es alguien que conoce mi pasado. Pánico es lo que siento en estos momentos, y no sé que hacer al respecto. No puedo, no puedo contenerme. Caigo de rodillas en el pasto y me dejo caer mientras las lágrimas salen de mis ojos y el dolor palpitante en mi pecho aumenta. Tengo tanto miedo que no sé qué hacer, no puedo moverme; solo quiero encerrarme para que no me encuentren. De nuevo comienzo con los síntomas de crisis. No puedo, no puedo recaer de nuevo. Me levanto y me enfoco en controlar mis pensamientos y mi respiración. Debo ser fuerte, soy fuerte. Cierro fuertemente los ojos y me concentro en el latido de mi corazón; una pequeña pulsada hace quejarme y trato de respirar profundamente. Mi mano derecha se forma en puño al sentir otra pulsada más dolorosa. —Aina, eres fuerte —me aliento —. Tú puedes, no dejes que te vean débil. Repito muchas veces en mi mente lo fuerte que soy.   La mente me quiere invadir de malos pensamientos, pero trato de alejarlos, no quiero tener una recaída. Me aferro a mi peludo amigo y lloro en silencio; pienso en que nadie sabe que estoy viva. Poco a poco mi corazón disminuye su latido, volviendo todo a la normalidad. Al sentirme segura, abro los ojos. Debo pensar con tranquilidad, debo de encontrar a mi amiga, pero en este estado no. Temblorosa, me levanto y cargo al cachorro. —Debo encontrar a Ale —le digo al peludo. Salgo de la casa y lo primero que hago es llevar al animal al veterinario para que lo curen, está lastimado. La mujer me pregunta qué le pasó debido a las cortaduras y el golpe en su patita, le miento respecto a su condición y ella entiende, de inmediato se lleva Puchi a curación. Llevar al perro al veterinario me tranquilizo y ahora estoy más tranquila, pero eso no quiere decir que no esté desesperada por encontrar a mi amiga. —Tranquila, no te alteres —me aliento. Lo primero que tengo que hacer es regresar a casa y desaparecer la caja. No puedo dejar que alguien más se enteré quien soy en realidad. Me preocupa mi amiga, pero hay una posibilidad que esto sea una broma. Necesito encontrar a la persona quién envió la caja. Al entrar voy directamente a la sala donde deje la entrega, de nuevo percibo ese olor desagradable que me causa asco; lo ignoro y voy por ella, sin mirar lo que hay dentro, cierro la caja y con miedo logro sacarla de la casa. La caja la meto en una bolsa de plástico negra y la escondo hasta que oscurezca, no puedo quemarla en plena tarde. Con impaciencia me quedo sentada en la sala pensando en quién me ha enviado la caja. La primera persona en la que sospecho es el italiano, el solo recordarlo los intestinos se me revuelven. El pudo enviar la caja, pero conociendo su obsesión lo primero que haría al saber que estoy viva es buscarme, o ¿es una forma de advertirme? El mensaje dice que es venganza, para mí; y la única persona que busca venganza en mi es el moreno. No puedo pensar en alguien más que no sea él. Eder Ross, si el sabe que estoy viva su venganza aún sigue en pie y conociendo el fuerte amor que le tiene a Juliette él buscaría la forma de dañarme. El solo imaginar que cualquiera de los dos sepa que estoy viva me da terror. No quiero volver a saber de ellos, no necesito verlos de nuevo. Necesito encontrar a mi amiga sin llegar a la persona que está detrás de esto, necesito salvarla, no puedo dejar que la dañen, no más. Dando las diez de la noche voy en busca de la bolsa, la sujeto con fuerza a mi bicicleta y voy al valido que está a las afueras de la ciudad. Con precaución me alejo lo más que puedo, saco la caja de la bolsa, de inmediato le agrego el alcohol y enciendo el fosforo y lo aviento a la caja. La caja al instante arde en llamas quemando la evidencia. Me pone triste el saber que ahí esta la mano de mi amiga, peor no puedo tenerlo, eso debe de desaparecer. Aina Ivanova, no existe más, ella está muerta.
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