— Que tengo mie...
— Iré lo más despacio que pueda — la aclaro con rapidez, adivinando lo que iba a decirme — No va a pasarte nada — aseguro con determinación, dándola el casco morado que tengo de repuesto. Que conste que el color no ha sido elección propia, sino de una princesita a la que también le gusta mucho ir en moto — No me hagas repetírtelo.
Sigo viéndola con dudas, por lo que agarro su mano para acercarla al objeto morado. Esta aparta inmediatamente su brazo para que mis dedos no entren en contacto con los suyos. Parece que lo del metro de distancia iba en serio. Pues se va a joder. Conmigo se va a saltar esa regla.
— ¿Qué pasa? ¿No te gusta usar protección? — por su cara, noto que ha captado el doble sentido de mi pregunta. A mí se me va pillando muy rápido, lo complicado es entenderla a ella.
— ¡Espera! — levanta su mano y abre mucho sus ojos. Gira su cuerpo, la veo correr hacia su coche y bueno... ¿qué queréis que os digo? Tiene buen culo. Vuelve segundos después con un móvil entre sus manos — No tengo batería — me enseña el aparato con la pantalla negra — ¿Me puedes dejar hacer una llamada con el tuyo?
— Si no queda otra... — saco mi móvil del bolsillo y se le tiendo — Yo no oculto nada, pero te aconsejo no mirar ni mi w******p ni mi galería de fotos.
— No me interesa ni lo más mínimo — contesta mientras me arrebata el móvil y marca un número de teléfono. Me apoyo contra mi moto y cruzo mis piernas, observando cómo espera a que la llamada sea contestada — Soy Kiara — revela su nombre. Tengo que admitir que es bonito — Estoy bien. Solo es que el coche se me ha quedado parado en medio de la carretera y he tenido que esperar a que pasara alguien — explica a medida que sus ojos chocan con los míos — Con un chico que también es del pueblo, él me va a llevar a casa — asiente con atención a lo que la dice la otra persona — Estoy segura de que no me va a hacer nada malo — okay, eso me ha sorprendido. Me alivia y agrada que al menos tenga claro eso — Vale, enseguida llego a casa — aparta el móvil de su oreja, pulsa con su dedo índice la pantalla y me devuelve — Gracias.
— Sí, sí — me incorporo, meto el casco en mi preciada cabeza y me siento en la moto — Venga, monta — la indico con mi cabeza que se suba detrás de mí, pero la sigo viendo sin moverse.
— No sé...
— ¿No sabes montar? — evita mi mirada como respuesta. No creo que sea eso, simplemente tiene algo de miedo, pero me apetece vacilarla otra vez — ¿Por qué no me sorprende?
— ¡Es que me voy a caer!
— A ver, le vamos a dar a esta chica unas clases avanzadas de cómo se monta algo — mal, pensad mal — Primero, el miedo fuera. Segundo, las piernas a ambos lados de lo que se quiera montar. Tercero, te sujetas a algo, en este caso a mi cintura. Cuarto, te dejas llevar — ni se inmuta. No la he solucionado nada, pero yo lo estoy gozando viendo su cara de cabreo — ¿Todo entendido?
— No.
— Pues ya está.
Apoyo mis brazos en el medio de transporte a modo de espera. Ella inspecciona mi atuendo, mi moto, mi cuerpo... Me da un buen repaso. Sé reconocer cuando lo hacen. Esta escena de motero malote las pone a todas muy cachondas.
— ¿Qué hago? — pega un bote en cuanto vuelve a escuchar mi voz, volviendo a la realidad — ¿Te llevo en brazos a tu casa?
— ¡Vale, vale! — exhala el aire, se pone el casco y finaliza sentándose detrás de mí, con ambas piernas a cada lado de la moto — Ya, ¿no?
— ¿Tan difícil era hacerlo a la primera? — manda cojones que estemos en esta posición y no quiera ni rozarme la espalda. No me toca — Con lo que has tardado, ya estaría en el quinto sueño.
— Arranca de una vez — pide con autoridad. ¿Me acaba de mandar hacer algo? Va lista.
— ¿Cuáles son las palabras mágicas?
— ¿O te pego?
Esta no sabe el peligro de esa pregunta.
— Prueba otra vez.
— Arranca la moto para que pueda llegar lo antes posible a mi casa y te pierda de vista... — se forma el silencio y yo no hago nada por realizar la acción que me sigue ordenando — Por favor — ahí me sale la sonrisa victoriosa.
— No puedo hacerlo.
— ¿Por qué?
— Porque si no te agarras a mí, ahí sí que te pegas una buena hostia.
— No quiero tocarte - y ante sus palabras no puedo evitar soltar una sonora carcajada ante la sarta de mentiras que acaba de decir. ¿Que no me quiere tocar?
JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA.
- No sé qué te hace tanta gracia.
— Nada, no lo entenderías - niego procurando controlar mis formas - Sigo sin morder.
— Y yo sigo sin querer hacerlo.
— Vale.
Arranco la moto con rapidez, provocando que nuestros cuerpos peguen un bote muy brusco. Siento sus manos rodearme y agarrarme la cintura con firmeza, en un acto reflejo causado por ese movimiento que la ha asustado.
— Ah, ¿ahora sí me tocas?
— Sí — responde en un susurro. Loca orgullosa, lo tiene todo. Al menos he conseguido que haga lo que quiero.
— Muy bien — ahora prendo el motor con más suavidad, tengo que controlar por no ir deprisa o esta se me acojona — Estoy seguro de que disfrutarás mucho de tu primera vez conmigo.
Giro mi cabeza, encontrándome sus ojos muy cerca de los míos. Un círculo n***o es rodeado por un iris gris oscuro, algo plomizo. Nunca había visto este color... Es precioso.
— ¿Lista?
Asiente con decisión, aferrando sus manos alrededor de mi duro torso antes de que comience a conducir. Su cuerpo se amolda a mí, sus rodillas rozan mis muslos y su pecho choca con mi espalda. Ahora sí, ya estamos preparados.
Empiezo lento y relajado, pero pese a no querer ir deprisa, aumento poco a poco la velocidad. Yo lo hago por ella. Ir en moto despacio es como follar sin que haya gritos, falta algo. No se queja, lo que me da a entender que la está gustando y que el miedo que tenía ya no existe. Siempre digo que las motos son mejores que los coches por la adrenalina y la maravillosa sensación de sentir el aire en cada parte de tu cuerpo. Sientes una completa liberación.
— ¿Dónde te dejo? — la pregunto nada más pasar la señal que posee el nombre del pueblo al que vamos ambos.
— Donde la fuente grande con la estatua de un delfín... ¿Sabes cuál te digo?
— Sí — afirmo con obviedad. Conozco este pueblo como la palma de mi mano y tengo varias anécdotas graciosas relacionadas con ese delfín — No soy retrasado.
— Lo dudo... — jadea asustada cuando aumento el ritmo de la marcha de forma violenta — ¡Ah! — tiene buen volumen y tono de voz. Es bueno saberlo para cuando la esté dando duro... Oh, espera. Yo a esta no me la voy a follar. No quiero, no la aguanto.
— Pues aprende a no llamar retrasado a la persona que te lleva a tu casa — se queda callada, obediente — Por fin — murmuro con voz cansada, aparcando en el lugar que me ha indicado.
— Gracias — aleja su cuerpo de mí, bajándose de la moto.
El contraste del aire frío se nota en cuanto me quedo sin el calor que emanaba este cuerpo que... Mierda, está muy buena. La luz de las farolas que no había tenido hasta ahora me deja apreciar mejor su anatomía. Aprovecho hasta el último milisegundo para hacerlo, puesto que aprovecho que está concentrada en quitarse el casco y no se da cuenta de cómo la estoy observando.
— Sí, más te vale dar las gracias — mi voz suena grosera y distante — Porque con lo que me ha costado traerte... — pellizca el puente de su nariz y refunfuña para sí misma una frase que acaba por "niñato" — ¿A dónde demonios ibas a estas horas en coche?
— ¿A ti qué te importa? — escupe con desagrado — Yo puedo preguntarte lo mismo.
— Yo iba a mi casa, pero tú ibas en dirección contraria.
— Aquí no hay farmacia 24 horas y en el pueblo de al lado. Me dolía el estómago y no tenía pastillas, ¿contento?
NO. ME. JODAS.
— ¿Me ves contento? — señalo la expresión de funeral que muestra mi cara — ¿Me he quedado sin dormir 2 horas porque la niñata no tenía pastillas? — aprieta sus puños en cuanto escucha el mismo insulto que ha utilizado ella conmigo.
— ¿No puedes ser amable por un momento? — es irónico que me pregunte eso cuando ella lleva siendo borde desde que empezamos nuestra conversación.
— Estoy siendo muy amable, créeme.
Es verdad. Ahora mismo lo único que quiero es salir corriendo de aquí y desconectar de este mundo, disfrutando de las pocas horas que me quedan para madrugar.
— Seguro — me tira el casco, a lo que yo le recibo con un poco de miedo porque no quiero que se caiga al suelo. Solo faltaba eso. La princesita me mata si se entera de que he roto su casco — Adiós.
— Hasta nunca, Keira.
— ¿Cómo sabes mi nombre?
— Le has dicho antes por teléfono, Einstein.
— Ah — asiente recordándolo — Pues revísate la sordera, porque mi nombre es Kiara — me corrige. ¿Sí? Pues me la suda tres cojones. No la voy a volver a ver, no tengo que saberme su nombre.
— ¿No quieres saber el nombre de tu salvador?
— ¿Salvador? — suelta una irónica carcajada. A ver qué dice ahora — Ni tú eres mi salvador ni yo necesitaba que me salvaras. Has estado en el momento justo y lugar adecuado, esto no se va a repetir — por primera vez, estamos de acuerdo.
— Es lo que más deseo.
— Y no me interesa saber tu nombre, no te voy a volver a ver — parece que tiene las ideas igual de claras que yo.
— Vivo cerca de aquí. Puede que ese deseo no se te cumpla.
— Tú tampoco quieres volver a verme, así que no nos será muy difícil hacer como que esta noche no ha pasado — reconozco que tiene toda la razón. Yo tampoco quiero a alguien como ella en mi vida.
— Cierto, porque estoy bastante acostumbrado a salvar chicas mucho más guapas y simpáticas que tú. No eres nada especial, Keira.
— Me llamo Kiara — vuelve a reprenderme, controlando sus ganas por soltarme un grito. Aquí no puede hacerlo. Eleva la voz y todos los vecinos salen al balcón para descubrir lo que pasa, son muy cotillas. Lo digo por experiencia.
— Y yo me llamo Víctor — pronuncio mi nombre con lentitud y delicadeza, para que se la quede bien grabado en la mente — Te diría que encantado, pero ya te dije que yo nunca miento.
— Tampoco te hubiese creído.
— Bien.
El sonido de los grillos y de las aves nocturnas se escucha como melodía sonora que remplaza nuestras pocas palabras. Continuamos de frente, sin movernos. Yo me iría ya, pero creo que todavía queda algo que decir.
— Sueña conmigo — doy un paso hacia ella y, milagrosamente, no retrocede — Lo digo en serio, lo harás.
— Pasaré una noche muy mala entonces — encoje sus hombros, fingiendo fastidio — Odio tener pesadillas.
— No hay pesadillas malas, sino demonios que no hacen bien su trabajo.
Argumento lentamente, sintiendo como su mirada cambia a medida que pronuncio cada una de las palabras. Me pongo alerta en cuanto mi cerebro no reconoce esa mirada, me está mirando de una manera que no había conocido hasta ahora. Ella endereza su espalda, haciendo que resalte más su parte delantera, y da otro paso más cerca de mí. Ese gesto me confunde. ¿Dónde quedó lo del metro de distancia?
— Ten cuidado porque las cosas se pueden volver en tu contra.
Elevo una ceja ante su extraña actitud. ¿Esta es la loca de la carretera o me la han cambiado por el camino? Adopta una posición defensiva, segura y puede que algo seductora. La tengo tan cerca que mis fosas nasales vuelven a recibir el olor de su perfume frutal. Además de dejarme percibir la luz de la luna en sus brillantes ojos, los cuales ahora me transmiten... Dominación y control. Oh, Dios. Tengo que alejarme de ella ya.
— Yo que tú no estaría tan confiado, igual es esta mujer la que se mete en tu cabeza y no sale.
— No es tan fácil colarse en mis sueños.
— Tampoco es fácil resistirse a mí — sonríe con picardía y acerca su boca a mi oreja, su respiración caliente cayendo en mi mejilla. Cago en la puta, se me ha caído el casco de las manos. Voy a tener bronca por esto.
— ¿Vamos a entrar en ese juego? — cuestiono intentando mantenerme tranquilo y relajado, aunque no lo esté en absoluto. Joder, me estoy poniendo muy duro... Estoy cansado, solo eso. Me ha pillado en horas bajas y sin haber follado durante varios días. A cualquiera le puede pasar — Porque soy muy buen jugador.
— Puede que sí seas bueno... — pasa su mano por mi pecho cubierto por una chaqueta de cuero y su dedo se entretiene con la cremallera, subiéndola y bajándola sin ninguna prisa — Pero yo soy la mejor — finaliza abriendo la prenda por completo, quedando su mano a la altura del borde de mis pantalones. La muy... perra sabe cómo me está poniendo — ¿Sabes por qué?
Niego estrechando mis ojos, no logro comprender cómo hemos llegado a esto. Esta mujer me está demostrado una cara que jamás creí que poseía. Me ha dejado completamente mudo y cachondo. Nota el debate mental que estoy teniendo, sabiendo que me tiene atento a su comportamiento. Lame su labio inferior y se le muerde, dejándome algo atontado por las ganas que me han dado de hacerla eso mismo con mi boca.
— Porque puedo llegar a ser tu mayor pesadilla vestida de fantasía.