En Manhattan llovía muy fuerte, entre esos meses de abril y mayo, torrentes lluvias casi no cesaban, faltaba muy poco para salir del invierno. Apenas esta paró por unas horas, Sharis aprovechó el momento, buscó a unos amigos y tomando rumbo al Central Park en Manhattan, cogieron el metro, llegaron en pocos minutos al lugar.
Sharis era un poco desobediente, no le gustaba recibir órdenes de nadie, muy independiente y capaz de defenderse, el único problema de ella era dejar los estupefacientes, ha intentado hacerlo, pero no ha podido, es algo que lo tiene dentro, en su sangre, su sistema se lo pide, debe desintoxicarse para tener una mejor vida si es lo que quiere, necesita ayuda, sin embargo no hay quien se la dé, es lamentable tener que pasar por este tipo de situaciones siendo tan joven y bonita, pero eso ella no lo sabía, se acostumbró siempre a hacer lo que quería.
Disfrutaba del paseo aquella tarde cuando de pronto se tropezó con una persona sin querer hacerlo, pidió disculpas. Sharis, llevaba aquella chaqueta cuando fue encontrada en ese horrible sitio, el chico la reconoció enseguida, el color de su piel, ese canela dorado, el cabello, para Ibrahim era la chica que esa noche auxilió cuando llovía tan fuerte… Intentó decirle algo, pero… ella solo se disculpó y siguió él caminó bastante lento con la indecisión, si se detenía o seguía su camino.
Ibrahim siguió su destino, pensó «¿Para que detenerme?, no me reconocería» él solo quería preguntarle ¿cómo se sentía? ¿Por qué llevaba esa vida? y enseñarle el camino de Dios. Pero lo pensó mejor y siguió su camino tranquilamente, ya sabe que está cerca, talvez en cualquier otro momento se tropiezan de nuevo.
Sharis le gustaba divertirse mientras estaba en la calle, sus momentos eran diferentes, el ánimo le cambiaba por completo, al llegar a casa su mente se trasladaba a los peores momentos vividos con su familia.
Loray Martí su madre, era una mujer de color bastante oscura, de estatura media, trabajaba en una fábrica de costura, ganaba muy poco, apenas alcanzaba para pagar la renta del alquiler del departamento, donde apenas podían moverse.
Los únicos que trabajaban eran el tío, la madre y Samin, la abuela estaba muy vieja para emplearse, sufría de reuma, por el frío y más en estos meses de lluvia… Muchas veces la soledad entra en los hogares y para salir tarda mucho, o a veces no se va nunca cuando echa raíces, es como un gran árbol, debes cortárselas para que seque.
El tío es cómo dice Sharis, bueno para nada, trabaja de plomero, en el mismo sector, poco es lo que gana para mantenerse y darle algo a su madre, la señora Abigaíl, para comprar los cigarrillos, tiene algunos compañeros de farra, ellos le ayudan a romper tubos, para poder tener trabajo, en ese sitio la gente vive a duras penas, los niños van a un colegio cerca por donde viven y son pocos los que asisten.
—Moro ¿has visto a Sharis? —pregunta la madre, desea saber dónde se encuentra, no quiere volver a saber que anda drogada de nuevo por la calle, menos yendo a esos sitios donde baila casi desnuda por unos miserables centavos.
—Ya déjala, debería buscar un empleo, anda en la vida sin control debería de marcharse, esa chica no hace sino entregarse a los hombres de esos, clubes de mala categoría donde baila siempre, le dan drogas y hacen con ella lo que les place.
—¿Cómo piensas eso, n***o imbécil? ¿Crees que tú si puedes estar aquí y ella no? Patán, sal de mi vista, todo es tu culpa, por borracho, alcohólico, viniste a meterte con la niña, no tienes perdón de Dios…
—¿Tú todavía crees eso? Mete en tu horrible cabeza, que Dios no existe para los negros, somos olvidados por él.
—¡No vuelvas a decir eso! —bociferó la abuela Abigaíl.
—Lo seguiré diciendo siempre, los negros en este mundo solo servimos para hacerle favores a los blancos.
—Mira viejo impertinente, Dios nuestro señor está con nosotros en todas partes, pero con gente que piensa como lo estás haciendo ahora… Él se aleja y te castiga. Piensa en los cantantes de color, artistas muy buenos, por cierto, ¡Ay no me digas nada, n***o pendejo, ve a hacer nada!
—Mamá, venimos de la esclavitud, eso no cambiará así, estemos en este siglo, la mayoría de la gente de este barrio es de color, y solo lo que veo es miseria.
—Sabes hijo, la miseria la tenemos en la cabeza y en el alma, la tuya es bien miserable, ahora no deseo verte por aquí, fuera de mi vista… ¡Ah! Pero antes de irte, prende un cigarrito muchacho, que ya mi artritis no me deja hacerlo.
—Abuela, deberías dejar de fumar —le gritó su nieto.
—Tú te callas Songo, eres muy joven para saber cosas de mayores, cuando seas más grande, entenderás muchas cosas, eso espero, al menos vas a la escuela, ¡no cómo tu hermana dejó de ir y no sé cuánto tiempo hace de eso!
—Abuela solo deja de fumar, eso te hace un daño terrible, aparte de artritis tienes una fatiga entre pecho y espalda, estás asmática, vieja y necesitas cuidarte, de no ser así, te iras al otro mundo, a ese sitio frío… Allí estarás acostada para siempre.
—¡Basta ya con esas tonterías! pretendes hacerme creer en pendejadas muchacho, ¿dime, no tienes tareas? ¡Deja a esta viejita en paz y vete al demonio! —refunfuñó la abuela Abigaíl manoteando deliberadamente.
La familia Briche Martí, son gente muy humilde, traen de sus antepasados muchas creencias, que hoy en día no se practican, las religiones, los cultos, las costumbres de los africanos quedaron atrás después de liberar la esclavitud.
Las personas de color siempre se han destacado, por ser muy creativas, cuando llegaron los esclavos a Estados Unidos, en el año 1619, pisaron tierra Norteamérica, no fueron muchos en ese entonces, unos veinte, quizás veintidós esclavos que navegaban en barcos, se suponía tenían otro rumbo, pero fueron abordados por otros navegantes y los trajeron a esta tierra.
Desde ese entonces, y a pesar de que la esclavitud ya es pasada, seguimos viviendo tal cual, a pesar de haber aprobado la abolición. Hoy día vivimos un poco más civilizados, con más libertad, pero seguimos siendo esclavos de mucha gente, creen que todavía pueden tratarnos de esa manera como en aquellos tiempos, aun así, seguiremos siendo iguales… Esclavos de por vida.
Sharis, nació un poco más clara de piel, pues su padre biológico no era tan oscuro, su tez lucía un color canela y unos ojos hermosos, más claros que los de Sharis, es por eso que la niña tiene esos ojazos color ámbar.
La chica llegó a casa, buscaba algo de comer, tenía hambre y al abrir el congelador solo observó, una botella pequeña de agua, una bandeja de queso, dos bananas pasadas con las cáscaras oscuras y un huevo de gallina, bien sabe si estaba podrido.
Se dirigió donde una conocida a ver si tenía un trozo de pan para untarle algo de mantequilla y el queso blanco de quien sabe cuánto tiempo ha estado allí…
La abuela dormía, no quiso despertarla, pero necesitaba pedirle dinero, tenía hambre.
—Abuela, abuela… ¿Tienes dinero para que me des? Necesito comer, mi estómago cruje cómo un tigre.
La abuela balbuceaba, pero ella insistía en interrumpir su sueño.
—Abuela despierta por favor, ¿me dejarás morir de hambre? —dijo Sharis casi desistiendo.
—Estoy haciendo mi siesta y no me dejas… ¿Qué quieres? ¡No deberías ser tan fastidiosa, niña!
—¡Deja abuela! Tú eres la obstinada de la casa, necesito dinero, dame algo tengo hambre.
—¿Acaso eso debe importarme? No jodas Sharis, ve a trabajar, dile a tu madre que te consiga un empleo en el taller de costura, al menos ganas para comprar un pedazo de pan.
—Esas mismas palabras me las dirás, cuando encuentre mi ángel y pueda sacarme de este sitio tan infernal.
—Pero niña, tú sigues con eso… (risas) la abuela se carcajeaba, no podía aguantar más, le pareció muy gracioso.
—Sí, ya lo sé es muy gracioso… Jamás veré a ese ángel que me salvó la vida… No sé en verdad.
—Mi niña… A lo mejor ha pasado por tu lado y no lo has podido reconocer, esa noche estabas muy mal, sal de ese mundo niña, eres una mujer hermosa, estudia, yo en cualquier momento me tiro al hoyo, pues ya estoy vieja, pero tú empezando la vida y ya mírate, destrozada moralmente. Es una pena.
—Lo sé abuelita, es una gran pena, estoy pensando bien seguir mis estudios, pero mi sangre me pide drogas, mi cuerpo la necesita abuela, ¿Qué puedo hacer?
—Desintoxicarte, eso es lo que debes hacer ¡No destruyas tu vida!
—… Y mientras tanto, ¿qué? —estableció Sharis con tristeza.
La vida de la chica dependía de sus deseos, sus necesidades y la triste realidad. Las verdades no podían ocultarse, no se podía tapar el sol con un dedo, Sharis sabía que algo ha de hacer, las cosas no vendrán solas, cada vez al abrir su refrigerador notaba la falta de todo.