La noche del jueves, pasando cerca del sitio donde encontró a Sharis, quiso saber si podía verla cerca de allí… Caminó un poco más, se metió por una calle muy oscura, su mente lo llevó hasta ese lugar, de pronto observó a lo lejos a una mujer y a un hombre discutiendo.
Se acercó un poco más y notó algo muy extraño… Se cubrió la cabeza con la capucha del suéter, pudiendo pasar sin problemas, siguió, pero al escuchar aquella voz conocida, se paró frente a las dos personas y lanzó la mirada… Allí estaba Sharis discutiendo con un hombre, más adelante había un sitio de esos donde bailan las mujeres con muy poquita ropa.
Asumió que era el sitio donde ella bailaba de vez en cuando, para ganar algo de dinero y llevar a casa. Ibrahim no pudo quedarse tranquilo, al verla sintió algo de molestia, él pensó que no volvería a verla en esos sitios y menos en ese estado en el que se encontraba.
Cuando estuvo enfrente, le gritó con voz muy fuerte y ronca, su nombre.
— ¡Sharis! ¿Qué estás haciendo en este lugar? Deberías estar en casa.
— ¿Qué pasó, Ibra?… ¡No puedes estar aquí, no debes! Es malo para ti —aclaró Sharis con voz entrecortada por el consumo de alcohol y drogas.
— ¡La que no debe estar aquí eres tú! Ve a tu casa ¿Este hombre te está molestando? —Le preguntó Ibrahim, molesto por la situación.
— No… No me está molestando, está cobrándome la droga y tengo poco dinero, ¿tienes algo por allí? ¿Puedes darme?
— ¡No voy a darte nada! ¡No puede ser posible! Si te vieras, estás horrible, pensé que estarías tranquila en casa, durmiendo, viendo algún programa de televisión, pero he estado equivocado todo este tiempo, solo estás aquí, con ese hombre. —le decía Ibrahim, decepcionado. — Si deseas acabar con tu vida, pues bien, ¡Hazlo de una vez por todas! No hay mucho en ti que puedas perder.
Esas palabras hirieron el corazón de Sharis, sus ojos se llenaron de lágrimas, él se alejó y mientras ella estaba apoyada de la pared, Ibrahim le canceló lo consumido por Sharis a aquel hombre. Ella no se dio cuenta, cuando este se marchó sin decirle nada más acerca de la deuda.
—Puedes dejar de lloriquear, haces las cosas mal y pretendes hacerte la víctima —Ibrahim sacudió a la chica bien fuerte, mientras ella temblaba por la droga consumida.
—¿Por qué me dices esas cosas? ¿Acaso te importa? Ya sabes cómo es mi maldita vida, ¿no tienes nada más por hacer? Puedes irte, yo conozco mi camino, sigue tú el tuyo.
—No te dejaré aquí sola… Te llevaré cerca de tu casa y no me iré hasta que hayas entrado, ¿crees sostener tus piernas sin caerte?
—Creo que puedo hacerlo sin problemas, me siento muy mal, pero haré lo posible por sostenerme. —Balbuceaba la muchacha.
Se alejaron en medio de la noche, no era tan tarde, pero en esos sitios la gente mayor se recoge temprano, los pocos que se ven por allí son aquellos chicos, buenos para nada, solo oyen música de los teléfonos, fuman marihuana y, a veces, las pandillas pasan cobrando vidas, inclusive a inocentes.
Ibrahim dejó a la chica cerca, ella no dijo una palabra, él solo la miró diciéndole:
—Acabarás con lo único que es importante, yo no estaré ahí para salvarte, tendrás muchas y muchas otras recaídas, la droga no te dejará… Tú debes dejarlas a ellas, si no, despídete cada día de lo más hermoso que tenemos… ¡La vida!
Sharis, lo miró con mucha tristeza, empezaba a sentir algo por él, se daba cuenta de que se interesaba por su vida, estaba creyendo para sí misma, una situación equivocada con respecto al trato de Ibrahim, para ella la confusión había comenzado.
Entró a casa, Ibrahim pudo retomar de nuevo su camino, la chica entró y se topó con el marido de la mamá, Samin. Él le reclamó el estado en que la chica estaba, simplemente a ella no le importaba, pero Samin se conduele de ella, es una pena como malgasta sus días, teme por ella, en algún momento pueden llegar a esa casa con una mala noticia.
Samin es un hombre de piel un poco más clara… Pero eso no lo hace diferente, quiere a Loray por su manera, tal vez le critique la manera de criar a sus hijos principalmente a Sharis, él llega por las noches a casa, todo el día trabaja en una panadería atendiendo a la clientela, sirve café, empaca las cantidades de pan para algunos restaurantes, llega demasiado cansado.
Samin, siempre ha sabido respetar la familia. No tiene ningún vicio, bueno si tiene uno… Tomar mucho café.
— Chica por favor, mira en el estado de embriaguez, debería darte vergüenza con tu madre, esa mujer trabaja tanto por ustedes, sobre todo por ti, para tener que llevarte a la boca y no te mueras de hambre. —Le reclamaba el padrastro. —Eres una desconsiderada, ve a dormir, a veces repugnas con ese olor tan fétido a sudor ligado con marihuana y remojado, pareciera que tu ropa se humedeciera y se te secara encima puesta… Deberías ir a trabajar, puedes decirle a tu madre, a ver si te empleas en el taller de costura.
— ¡Ya!… Deja de decir tonterías Samin, estás aquí por mi madre, ¡No sé cómo ella puede soportarte! Yo no lo hago, no soporto tu cara de gatito muerto.
— Deberías sentir pena por ti, vives diciéndote “soy la incomprendida, nadie me necesita” ¡A mí me gustaría ayudarte!, pero ¿Quién puede hacerlo? Mírate, estás drogada, no deseo ver tu estado, la verdad, me deprime.
Samin comió una hamburguesa y decidió dar por terminada la terrible plática, prefiriéndose desaparecer del sitio. Él la dejó sola contando las estrellas reflejadas en su mente.
Ya los meses de invierno estaban por terminar, en una semana habrían acabado las lluvias que tenían a la gente fastidiada, pues todo se volvía un caos.
El cargamento de alimento, era esperado por el seminarista Ibrahim, para ser seleccionado por sector, primero el barrio Harlem, luego el otro cargamento será para el Bronx y aún faltaría Queens, entre otros.
Sharis despertó esa mañana con muchas ganas de beber agua, su madre se había ido a trabajar temprano, los demás miembros de la familia se habían ido a sus actividades diarias, ella y la abuela solían quedarse solas.
— Abuela, abuela ¿Dónde estás? ¿Podrías traerme un vaso con agua? Siento la garganta muy seca.
— Deberías pararte de esa cama a buscar tu agua, muchacha, ¿No ves que estoy vieja? No puedo ni con mi alma, en cambio tú estás joven. ¡Levántate de ahí! —le gritó la abuela desde el sofá donde estaba sentada.
— ¡No puedo, abue! No me siento bien.
— Y, ¿Cómo te vas a sentir bien, llevando la vida como la llevas? Si sigues así, solo irás a parar a la tumba fría, y de ahí sí que no podrás levantarte nunca más.
Las palabras de Abigaíl retumbaron en la cabeza de Sharis, así como las de Ibrahim, que tanto le dolieron la noche anterior.
Ese mismo día en horas de la tarde pasaría el seminarista, era jueves, quería darle personalmente la noticia del cargamento de comida, ya había llegado el barco, debía ir a organizar algunos papeles y que todo estuviese legalmente formado.
— Buenas, buenas, —saludó Ibrahim al llegar a casa de la familia Briche.
— Buenas, ¿Qué haces aquí? ¡No habíamos quedado en nada! O… No recuerdo —comentó Sharis al abrir.
— No, no quedamos en nada, ¿puedo pasar?
— Sí, pasa, no hay de otra, ¿Qué deseas? ¿Necesitas tomar algo? ¿Agua?
— No, gracias… Estoy bien.
— ¡Siempre rechazas lo que te ofrezco! Compramos el agua, así como tú lo haces, de eso si estamos limpios, no tomamos agua de grifo —asintió ella un poco molesta.
— No lo tomes a mal, todas las cosas las tomas así, no se debe hacer eso, yo tomé mucha agua y donde estudio hacemos mucho deporte, yo camino bastante, así que traigo conmigo agua suficiente, es todo.
— ¿Qué querías decirme? Abuela, ¿Hiciste café? Ofrécele al señor, a ver si desea tomarlo.
— ¡Abuela, no se levante! Deje… ¡No deseo nada! no consumo café.
— ¡Ah! Caray! Usted está lleno de sorpresas, cuando en mis tiempos… Me ofrecían y decía ¡Sí, quiero! Inclusive cuando contraje matrimonio con mi difunto esposo, fue el único día que quise decir ¡No! Terminé estropeando mi vida, diciendo que ¡Sí! (rio con ganas)
— Sharis, ¿recuerdas el censo y todo el procedimiento en el que, ayudaste por tu barrio?
— ¿Cómo olvidarlo?, Pasé mucho trabajo, caminando por todo el barrio, ¡Ojalá me lo agradecieran!, pero de aquí no espero nada… Ahora, cuenta, ¿por qué la pregunta?
— ¡Llegó el cargamento de alimentos que estábamos esperando desde Londres! —expresó Ibrahim, muy emocionado.
— ¡No puede ser! Ibrahim, es fantástico, tendremos mucha comida, abuelita! —Saltó de alegría y abrazó a Ibrahim con fuerza, luego pegó un salto abrazando a la abuela.
— Sharis, estás que me tumbas con tus brincos, eres demasiado efusiva, ya deja eso, yo también estoy feliz, pero no salto como rana, deja ya tus abrazos para el joven.
— ¿Cuándo lo tendremos aquí?
— ¡Pronto, Sharis! Me ayudarás con todo lo convenido al censo, necesitaremos ayuda… Puedes comunicarle a tu hermano, él podrá echarnos una mano.
— Le hablaré con tiempo a veces tiene cosas que hacer y no deseo molestarlo, abuela tú también ayudarás a Ibrahim, él merece eso y mucho más.
— Sharis tienes unas cosas, puedo llevar una lechuga y me pesa (risas) las viejas como yo, ya hicieron bastante, toca que la juventud marche sobre ruedas.
— Abuela, perdón… Señora, Abigaíl, ¿le gustan las frutas?
— Me gustan, solo si me dan cualquier fruta y ya no me alimenten con tantas manzanas, ya parece que estoy en el paraíso.