Sin nada de delicadeza, unos hombres lanzaron a Harald en un frío y oscuro calabozo, no sin antes lanzarle un valde de un aceite que, al sentirlo en su cuerpo, comenzó a asfixiarlo mientras sentía como su piel ardía, como si le hubiesen echado ácido de baterías, ya que ese aceite era la esencia pura de la flor de acónito que usaban contra los hombres lobos y cualquier bestia maldita. Al terminar, esos dos hombres que lo trajeron cerraron la jaula de hierro con un candado muy grueso que, si él hubiese estado en mejores condiciones, lo hubiese triturado como si fuese una cáscara de huevo. En ese instante se habían encargado de colocarle a Harald una vestimenta de tela áspera para cubrir su cuerpo desnudo, y mientras él trataba de reponerse sin conseguirlo, porque estaba atado con cadenas de

