Capítulo 1
El ascensor de la Torre Al Sahir subía tan silencioso que podía oír mi propia respiración acelerada rebotando contra las paredes de acero pulido. Cada piso que pasaba era una cuenta regresiva hacia mi propia ejecución voluntaria. Piso 42... 45... 48... En el 50 las puertas se abrieron con un susurro suave, casi burlón, y el frío me golpeó como si alguien hubiera dejado abierta la puerta de una cámara frigorífica.
Crucé el vestíbulo desierto con pasos que resonaban demasiado fuerte contra el mármol n***o veteado de oro. La secretaria —una mujer de unos treinta y cinco, impecable, con el pelo recogido en un moño tan perfecto que le daba un efecto lifting a sus ojos— levantó la vista de su pantalla y abrió la boca para protestar.
—No tengo cita —la corté antes de que pudiera hablar—. Y voy a hablar con él igual.
Ella dudó un segundo. Solo uno. Luego volvió la mirada a su monitor como si yo ya no existiera.
Sabía reconocer una causa perdida cuando la veía. Ya había perdido varias batallas conmigo.
Empujé las puertas dobles de ébano con las dos manos. El aire acondicionado me azotó la cara, trayendo consigo ese olor característico que ya asociaba con él: sándalo, cuero nuevo y algo metálico, como el olor a dinero recién impreso.
Karim estaba de espaldas a mí, de pie junto al ventanal que ocupaba toda la pared. Manhattan se extendía a sus pies como un tapiz de luces y sombras, un reino que él manejaba con la misma indiferencia con que otros manejan un mando a distancia. Llevaba un traje azul medianoche que parecía absorber la luz del atardecer. Las mangas remangadas dejaban ver unos antebrazos fuertes, bronceados, con venas marcadas que hablaban de horas en el gimnasio privado del piso 49.
No se giró de inmediato. Terminó de leer el documento que tenía en la mano, firmó con esa pluma Montblanc que probablemente costaba más que mi alquiler anual y solo entonces se volvió.
—Mia. —Su voz era un barítono grave, suave como terciopelo y afilado como una navaja—. Qué entrada tan... poco profesional.
Caminé hasta su escritorio sin detenerme. Apoyé las palmas sobre la superficie de ébano, inclinándome lo suficiente para obligarlo a mirarme a los ojos.
—Has movido hilos para que Julián pierda la licitación de Hudson Yards. Has bloqueado sus líneas de crédito —tragué el nudo que se estaba formando en mi garganta por la ira— Estás asfixiando a tu hermana, Karim. Fiorella ha pasado el día entero llorando en la oficina mientras intentamos salvar MF Studio de tus garras. Y tú sigues aquí, sentado como si el mundo fuera un tablero de Monopoly.
Por fin dejó la pluma. El sonido metálico contra la madera fue como el disparo de salida de una carrera de galgos.
Oj, que desagradable comparación.
Mi pensamiento me enfureció aun más.
Se levantó despacio. Era mucho más alto que yo. Tuve que inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada. Sus ojos —oscuros, densos, casi negros— me recorrieron con una lentitud deliberada: el moño medio deshecho, el mechón de pelo que se me había escapado y caía sobre mi mejilla, la blusa blanca que se pegaba un poco más de lo debido por el sudor nervioso del metro y la caminata apresurada.
—Fiorella es una Al Sahir —dijo con esa calma glacial que me ponía los nervios de punta—. Aunque su sangre italiana intente convencerla de lo contrario. Merece un imperio, no un arquitecto que diseña lofts de bajo presupuesto y apenas puede pagar su hipoteca —Miró su mano apoyada sobre el escritorio y luego volvió a fijar sus penetrantes ojos en los míos— Mi padre me confió su bienestar. Protegerla implica eliminar distracciones mediocres.
Tuve que contenerme para no soltar un grito de frustración.
—Ella lo ama —susurré apretando los dientes, y la rabia se me mezcló con una tristeza inesperada al ver la desconexión absoluta en su rostro—. ¿Es que no sientes nada? No todo se compra en Wall Street, Karim.
No dijo nada. Solo hubo silencio. Un silencio que duró demasiado.
Se acercó rodeando el escritorio con pasos como los de un depredador, sin prisa. El espacio entre nosotros se redujo a nada. Podía olerlo tan claramente que me entraron ganas de salir corriendo.
Jamas me terminaría de sentir cómoda cerca de él.
Había algo en su presencia que me ponía demasiado nerviosa aunque luchara con mantenerme imperturbable.
—Te equivocas, Mia. Todo en esta ciudad es una transacción. —Su voz bajó, se volvió íntima—. Y ya que estás aquí defendiendo a los desvalidos... quizá puedas ofrecerme algo que me interese lo suficiente como para soltar las riendas.
Mi corazón dio un vuelco tan fuerte que por un momento pensé que hasta había sido audible para él.
—¿De qué estás hablando?
Ladeó la cabeza. Su mirada descendió un segundo a mis labios antes de volver a mis ojos.
Mi respiración se entrecortó.
—Mi abuelo Saif se ha puesto sentimental con los años. Quiere que su heredero "siente cabeza" antes de entregarme la fortuna que me dejó mi madre.
Lo siguiente en salir de su boca me hizo disociar un poco.
—Un año de matrimonio. Una esposa que sea inteligente, que ya conozca el negocio, que Fiorella adore para no levantar sospechas. Alguien que encaje en el retrato familiar sin que nadie haga preguntas incómodas.
Me miró como esperando una respuesta, pero yo no había terminado de entender del todo.
La habitación pareció inclinarse. El aire se volvió aún más pesado.
—¿Y tu piensas que yo...? —Mi voz salió ronca, casi un jadeo—. ¿Por qué haría eso? Hay docenas de mujeres en esta ciudad, en Dubái, en Londres... mujeres de familias influyentes que matarían por llevar tu apellido y tus diamantes.
Alargó la mano. No hubo brusquedad. Solo precisión. Rozó mi mejilla con el dorso de los dedos. El contacto fue eléctrico. Mi piel se encendió allí donde me tocó. Un escalofrío me recorrió la columna y, por un segundo horrible, olvidé por qué estaba furiosa.
—Porque tú no me vendes fantasías, Mia —murmuró, sus ojos fijos en los míos con una intensidad que me hizo querer correr y acercarme al mismo tiempo—. Tu desprecio por mi es la mejor garantía de que cumplirás el contrato sin ilusiones románticas. Eres sofisticada, Fiorella te respeta como a nadie, y... —se acercó un centímetro más, su aliento rozándome la oreja— ...nuestra dinámica es perfecta. La gente ya cree que nos odiamos tanto que solo falta un beso para que todo explote. Y Nueva York adora un escándalo bien construido.
Retiró la mano. El vacío que dejó fue peor que el roce.
Por supuesto que lo despreciaba, solo su presencia era capaz de arruinar mi día. Llevaba años haciéndolo.
—Es solo un año —continuó, recuperando el tono profesional como si acabara de cerrar un trato de rutina—. Doce meses de apariciones públicas, cenas, galas benéficas, fines de semana en los Hamptons. Dormiremos en la misma habitación por coherencia. Mi abuelo tiene ojos en todas partes, incluso dentro de mi propio ático. Habrá besos para las cámaras, manos entrelazadas, miradas que digan "no puedo vivir sin ella". Pero nada más. No busco amor. Busco una socia eficiente que me ayude a estabilizar el futuro de los Al Sahir.
Tragué saliva. Todo parecía tan surreal, como una broma. Solo, que con Karim no había espacio para bromas. Con él todo era matar o morir.
El precio era mi libertad, mi identidad, mi cordura. La recompensa:,el futuro de nuestra agencia y la felicidad de mi mejor amiga con el hombre que amaba.
—¿Y si digo que no?
Karim sonrió. Fue una sonrisa pequeña, fría, letal.
—Entonces mañana mismo retiro el capital de MF Studio. Fiorella pierde todo lo que construyó contigo. Julián vuelve a ser un don nadie con deudas que lo ahogan. Y tú... —se inclinó un poco más, su voz apenas un susurro— ...tendrás que mirarla a los ojos sabiendo que pudiste salvarla y elegiste tu orgullo.
Por un segundo pensé que iba a vomitar.
Él se giró hacia el ventanal. Manhattan brillaba allá abajo como un tablero de ajedrez infinito. Todas las piezas le pertenecían.
—Un año, Mia —repitió sin mirarme—. Salvarás a tu mejor amiga. Serás su heroína. Y cuando termine... serás libre.
Sentí que el suelo se movía bajo mis pies. Recordé a Fiorella esa misma mañana: los ojos hinchados, la voz quebrada mientras me decía entre sollozos que no podía perder a Julián, que era lo único real que había tenido en años. Recordé cómo me había abrazado cuando yo perdí a mi madre hace seis años, cómo me había arrastrado a Nueva York y me había dado un propósito. Si decía que no, la perdería a ella. Si decía que sí... me perdería a mí misma.
—Nadie va a creernos —murmuré, más para ganar tiempo que por convicción—. Nos han visto discutir en cada evento benéfico de los últimos tres años. Nuestra relación es puro veneno, Karim. No te caigo bien y tú tampoco a mi.
Karim se giró de nuevo. La sombra de una sonrisa irónica cruzó su boca.
—Por eso no lo haremos de la noche a la mañana. Seis meses para construir la historia: miradas robadas en reuniones, roces "accidentales" en ascensores, discusiones que terminan en besos que nadie ve pero todos imaginan. La gente prefiere creer en una pasión ingoblerable que en un contrato frío. Y tú y yo... —se acercó otra vez, su voz baja y peligrosa— ...tenemos la fricción perfecta para venderla.
Caminó hacia la puerta y la abrió. El pasillo brillaba al otro lado como un corredor hacia una jaula invisible.
—Hoy a las ocho te espero en mi ático. No llegues tarde. —Hizo una pausa, recorriéndome de arriba abajo con una intensidad que me quemó la piel—. A partir de ahora, tu tiempo y tu imagen me pertenecen.
Salió sin esperar respuesta.
Me quedé sola en medio de aquel despacho helado, con el corazón martilleando contra las costillas y el eco de sus pasos resonando en mis oídos. Miré mis manos temblorosas. Acababa de aceptar entrar en la jaula de oro más cara del mundo.
Y lo peor —lo que más me aterrorizaba— era que una parte diminuta, oscura y traicionera de mí ya estaba deseando descubrir qué se sentía al cerrar la puerta detrás de nosotros y quedarnos solos.