El trayecto hacia la residencia de Saif El-Hashem fue un ejercicio de contención absoluta. Brooklyn se desvanecía detrás de nosotros mientras cruzábamos hacia Manhattan, pero no nos detuvimos en el bullicio de Midtown. El auto se deslizó hacia una zona donde las calles se volvían más privadas, custodiadas por árboles centenarios y fachadas de piedra caliza que habían visto pasar generaciones de fortunas incalculables.
Dentro del coche, el silencio era casi palpable. Karim estaba inusualmente rígido. Aunque mantenía su elegancia habitual, noté que sus manos se cerraban con una fuerza sutil sobre sus muslos. No me miraba directamente, pero de vez en cuando, a través del reflejo de la ventana, podía notar que me observaba de reojo cuando creía que yo no lo veía. Cada vez que lo hacía, sus ojos bajaban un segundo a mi cuerpo —cuerpo que ahora sabía que era su debilidad— y volvía a apretar la mandíbula.
—Mi abuelo no es un hombre que se deje impresionar por el marketing, Mia —dijo finalmente, su voz vibrando con una gravedad que me erizó la piel—. Saif El-Hashem es la razón por la que soy el hombre que ves hoy. Él me crió con las reglas del viejo mundo mientras mi padre construía una nueva vida en Italia con la madre de Fiorella. Para él, la familia es un contrato sagrado, y la mujer de un hombre es el reflejo de su honor. No busca balances financieros ni informes de prensa; busca la verdad en la mirada.
—Entonces me va a odiar —respondí, ajustando la pulsera de diamantes en mi muñeca, sintiéndola como un grillete frío—. Porque sabe que no soy una mujer de su "viejo mundo".
Aunque intentaba hacerme la fuerte y "profesional", toda esta situación me tenía el estómago apretado. ¿En qué momento accedí a esta locura? ¿En qué momento empecé a disfrutar el juego?
—Al contrario. Va a intentar descifrarte. Y lo que más le asusta a un hombre como él es lo que no puede predecir. Esta noche, Mia, no solo te presentas ante mi abuelo. Te presentas ante el juez de mi herencia.
Su mirada intensa me puso aún más nerviosa. Sus ojos me transmitían el miedo a que lo que él había planeado no saliera bien... y también algo más profundo: miedo a que saliera demasiado bien.
Al llegar a la mansión, el ambiente cambió drásticamente. Al cruzar el umbral, el aire neoyorquino al que estaba acostumbrada quedó atrás, siendo reemplazado por algo mucho más denso, más cargado de tradiciones. La decoración era una mezcla exquisita de opulencia árabe y minimalismo occidental: tapices tejidos a mano, fuentes de agua que susurraban en el patio interior y el aroma denso del incienso de oud mezclado con jazmín fresco.
Nos guiaron hasta un comedor que parecía sacado de otra época. Las paredes estaban cubiertas de madera oscura tallada y la luz provenía exclusivamente de una enorme araña de cristal y decenas de luces cálidas. Al fondo, sentado en la cabecera de una mesa de caoba que podía albergar a veinte personas, estaba él: Saif El-Hashem.
Era un hombre imponente, de una edad indescifrable, con una túnica de un blanco inmaculado. Su rostro era un mapa de experiencias, con arrugas profundas que acentuaban una mirada oscura que parecía haber visto el nacimiento y la caída de imperios, aunque aún así no le echaba más de ochenta años.
No se levantó. Simplemente nos observó acercarnos.
Karim se adelantó y saludó a su abuelo con una reverencia que mezclaba respeto y una devoción que nunca le había visto mostrar a nadie. Luego, me atrajo hacia él con un movimiento fluido. Su mano se posó en mi espalda, justo donde terminaba el corte profundo del vestido. Sentí el calor de su palma recorrer mi piel como si estuviera reclamando algo propio, un contacto firme que me hizo enderezar la columna y contener un escalofrío.
—Abuelo, ella es Mia —dijo Karim. Su voz sonó más profunda, cargada de una posesividad que me pilló desprevenida.
Saif no dijo nada al principio. Me observó durante lo que pareció una eternidad, una inspección quirúrgica que recorrió mi cabello, el cuello alto del vestido, la silueta ceñida... y finalmente mis ojos. Mantuve la barbilla en alto, sosteniéndole la mirada. Recordé a mi padre y su capacidad para llenar una habitación solo con su presencia; hoy, yo usaría esa misma herencia.
—Una mujer con fuego en los ojos —comentó Saif con un acento que evocaba el desierto—. Karim me dijo que eras... diferente. Pero las palabras de mi nieto suelen estar intervenidas por su propia ambición. Ven, siéntate.
La cena comenzó con una formalidad asfixiante. Empleados silenciosos servían platos que eran obras de arte: cordero especiado, arroz con azafrán, frutos secos y panes recién horneados. Según las reglas de Saif, había una distancia que mantener. No podíamos tocarnos de manera obvia, no podíamos ser vulgares. Pero esa restricción solo hizo que la tensión entre Karim y yo creciera hasta volverse insoportable.
—Dime, Mia —comenzó Saif, rompiendo un trozo de pan con tranquilidad—, ¿qué hace una mujer de Brooklyn en el mundo de un hombre que solo entiende de petróleo y acero?
—Construyo puentes, señor El-Hashem —respondí, dejando los cubiertos a un lado para hablar con las manos, como siempre hacía cuando hablaba de mi pasión—. En MF Studio no solo construimos marcas. Comunicamos esencias. Karim tiene el acero, pero yo le doy el lenguaje para que el mundo entienda por qué ese acero es necesario, y que lo desee.
Saif enarcó una ceja, intrigado. —¿Y qué comunicas sobre él? Porque hasta ahora, mi nieto solo hablaba el lenguaje de los negocios.
—Comunico que, bajo esa armadura, hay un hombre que todavía recuerda quién es. Un hombre que desea... No solo poder —dije, mirando a Karim de reojo.
Vi cómo Karim apretaba la mandíbula. Inconscientemente, su mano, que descansaba sobre la mesa cerca de la mía, se movió unos milímetros hasta que su meñique rozó el mío. Fue un contacto minúsculo, invisible para cualquiera que no estuviera prestando atención, pero Saif lo vio. El anciano no apartó la vista de nuestras manos unidas por ese roce apenas perceptible. Notó que Karim, el hombre que él había entrenado para ser impasible, estaba buscando mi anclaje de manera casi desesperada.
—Es interesante —continuó Saif, su voz volviéndose más suave, más peligrosa—. Karim siempre ha sido posesivo con sus negocios, pero contigo... hay algo diferente. No te mira como a una posesión, Mia. Te mira como si fueras el aire en una habitación cerrada.
Sentí un vuelco en el corazón. La actuación estaba funcionando, pero estaba funcionando demasiado bien. El abuelo Saif empezó a hacerme preguntas personales. Quería saber sobre mi familia. Le hablé de la separación de mis padres al inicio de mi universidad, del vacío que dejó el divorcio y de la muerte de mi padre hace cinco años. Le hablé de cómo Fiorella se convirtió en mi única raíz.
—La pérdida purifica el alma —dijo Saif, y por un momento, me conmovió la humanidad en su mirada—. Karim también perdió mucho muy joven. Quizás por eso se aferra a ti con tanta fuerza.
A lo largo de la cena, la dinámica se volvió un juego de espejos. Yo actuaba como una mujer profundamente enamorada, pero mantenía esa independencia que volvía loco a Karim. Cuando él intentaba interrumpirme o "guiar" mis respuestas, yo le lanzaba una mirada de advertencia o simplemente continuaba hablando, demostrando que no era su subordinada.
Saif estaba fascinado. Veía cómo Karim perdía el control de la conversación. Veía cómo su nieto se inclinaba hacia mí cada vez que yo reía, cómo su mano buscaba mi espalda cada vez que me movía para ajustar mi posición. Era una posesividad profunda, algo que nacía de un instinto que Karim no podía ocultar tras sus trajes caros.
En un momento dado, Saif se dirigió directamente a su nieto en árabe. Karim respondió con una frase corta, su voz ronca y cargada de una autoridad que parecía tambalearse solo ante mí.
No voy a negar que ese momento provocó algo en mi. Escucharlo hablar árabe me provocó un cosquilleo que no me gustaba, viniendo de él.
Baja un cambio, Mia —me regañé mentalmente, sintiendo cómo un calor peligroso empezaba a brotar en la parte baja de mi vientre.
—¿Qué ha dicho? —pregunté, rompiendo la regla de no interrumpir cuando hablaban en su lengua, en un intento de calmar mis pensamientos.
Saif sonrió, una sonrisa real esta vez. —Le he preguntado si estaría dispuesto a perderlo todo por ti. Y me ha dicho que ya lo ha perdido todo porque tú eres lo único que ahora tiene valor en su mundo.
Si todo esto hubiese sido real, sin duda me habría derretido ahí mismo ante tal confesión. Pero aún sabiendo que todo era mentira, algo se removió en mi.
El aire entre Karim y yo se volvió denso, casi sólido. La tensión s****l, alimentada por la prohibición de tocarnos y el escrutinio del abuelo, era como un cable de alta tensión a punto de romperse. Cada vez que nuestras miradas se cruzaban sobre la luz de las velas, sentía que nos estábamos desnudando frente a todo el linaje El-Hashem.
—Me gusta ella, Karim —sentenció Saif al final de la cena, mientras los empleados servían el té amargo—. No es una mujer que puedas dominar, y eso es exactamente lo que necesitas. Alguien que te obligue a ser un hombre, no solo un jefe. Pero recuerda lo que dicen en nuestra tierra: "El que intenta atrapar el viento, termina con las manos vacías".
Al terminar la noche, Saif se puso de pie, un gesto de respeto que no había tenido al principio. Se acercó a mí y tomó mi mano entre las suyas. Eran manos secas, calientes, que olían a historia.
—Cuida de él, Mia. Y Karim... cuida de ella. Porque si la pierdes, no habrá contrato en el mundo que pueda llenar ese vacío.
Me tensé. Sus palabras tocaron algo dentro de mi que no pude identificar, y por la reacción de Karim, parece que a él también.
Salimos de la mansión en un silencio absoluto. El aire frío de Nueva York fue un alivio contra la atmósfera cargada de la cena. Pero en cuanto entramos en el coche y el cristal de privacidad subió, la farsa explotó.
Karim no esperó a que el coche arrancara. Se giró hacia mí, su cuerpo masivo invadiendo mi espacio, y me acorraló contra la puerta del vehículo. Sus manos se enterraron en mi cabello, echando mi cabeza hacia atrás para que mis ojos azules no tuvieran más remedio que mirar la oscuridad en los suyos.
—¿Qué demonios crees que estabas haciendo? —susurró, su voz era un gruñido ronco, cargado de una frustración que me hizo vibrar—. No se suponía que fueras tan... tú. Se suponía que debías seguir el plan, no hacerme sentir que me estaba hundiendo frente a él.
—Fui real, Karim. Eso es lo que querías, ¿no? —respondí, mi respiración entrecortada, mis manos apoyadas en sus hombros, sintiendo la dureza de sus músculos bajo el esmoquin—. El abuelo Saif no quería un guion. Quería esto. Quería ver que pierdes el control por mí.
—Y lo estoy perdiendo —confesó él, su rostro a milímetros del mío, su aliento quemándome la piel—. Me estás volviendo loco, Mia. Y lo peor es que me gusta.
Su frente se apoyó contra la mía, y por un segundo eterno, el mundo se detuvo. El deseo era una fuerza física que nos empujaba el uno hacia el otro, una necesidad que ya no tenía nada que ver con el contrato o con Fiorella. Era algo crudo, animal, que nacía del miedo y del poder que habíamos compartido en esa mesa.
—El lunes te mudas —dijo, su voz volviéndose una orden de nuevo, pero esta vez teñida de una urgencia desesperada—. No puedo tenerte en Brooklyn. No después de esto. Si mi abuelo quiere realidad, vamos a darle la convivencia más absoluta que haya visto jamás.
Me quedé allí, atrapada entre su cuerpo y la puerta del coche, sabiendo que la mudanza no era solo por el plan. Era porque ninguno de los dos podía soportar la distancia ahora que el incendio había comenzado.
La jaula se había cerrado, pero ya no estaba segura de quién era el que estaba atrapado dentro.