Capítulo 3

4027 Words
Y llegó la tan poco esperada noche. El Museo Metropolitano de Arte no era solo un edificio; era el epicentro de un espectáculo social donde la privacidad se vendía a cambio de flashes y likes. Subir las icónicas escaleras del MET junto a Fiorella se sentía importante, casi irreal, pero yo sabía que ese mundo era tan brillante como traicionero. Mi vestido no era solo ropa; era mi armadura falsa para lo que venía. Un diseño halter en tono champagne, cubierto de cuentas relucientes que capturaban cada luz como un cielo estrellado sobre mi piel. Se ceñía a mi cuello con elegancia, pero dejaba toda mi espalda al descubierto, una exposición deliberada que me hacía sentir el roce del aire como una advertencia constante: estás vulnerable, Mia, en todos los sentidos. El peso de las cuentas tiraba ligeramente hacia abajo, obligándome a mantenerme derecha conscientemente, y la falda fluida rozaba mis piernas con cada paso. Fiorella estuvo tensa durante todo el evento. La vi forzar sonrisas ante fotógrafos y conocidos, pero sus ojos estaban en otra parte, perdidos en la sombra de su hermano y el su relación al borde del colapso. Yo sabía que su relación con Julián pendía de un hilo invisible que Karim no dejaba de apretar. Él movía hilos en las sombras para que Julián se sintiera insuficiente, para que se alejara de ella. Karim quería borrarlo del mapa, mientras Fiorella solo soñaba con una vida tranquila, lejos del imperio Al Sahir que siempre la había asfixiado. Fiorella no era nada como su hermano ni su padre, ella era todo lo opuesto a su ADN árabe. Ella era más libertad, alegría, disfrute. Su mitad italiana era 100% su identidad. Yo la miraba de reojo entre saludo y saludo, sintiendo una punzada de culpa que me atravesaba el pecho, y por un segundo, sentí que el peso del vestido era solo una ilusión del verdadero peso que me hacía sentir la culpa. Ella confiaba en mí, y yo estaba a punto de convertirme en la pieza central del juego de su hermano. Y de no hacerlo, iba a ser principal responsable de su quiebre amoroso. —Mia, ¿me estás escuchando? —me preguntó Fiorella, dejando su copa con un golpe seco sobre la barra del club. Ya nos habíamos mudado al after party. El Boom Boom Room estaba a reventar, un caos de cuerpos y luces de colores. La música electrónica vibraba en el suelo de cristal, y las luces de Nueva York se reflejaban en los ventanales como un millón de ojos curiosos. Fiorella tenía la mirada nublada por una mezcla de rabia y cansancio que ni el mejor maquillaje podía disimular, sus dedos tamborileando en la barra como un código Morse de desesperación. Asentí, intentando parecer concentrada. —A veces creo que Julián se va a rendir —continuó, bajando la voz mientras un grupo de modelos pasaba riendo cerca—. Y lo peor es que Karim disfruta viéndonos colapsar. No entiendo cómo aguantas sus reuniones semanales sin gritarle. Si no fuera porque es el único que puede salvar la agencia, lo mandaría a la mierda hoy mismo. No entiendo cómo puede ser mi hermano. —Es por el negocio, Fio. Intento separar al inversor del hermano que tú conoces —mentí, y sentí que la lengua me pesaba. Llevaba años enfrentándome a él, sin miedo, pero ahora... Mierda. Que ganas de haber escuchado a su recepcionista y no haber entrado a esa oficina. —Eres la única con agallas para enfrentarlo —dijo ella, tomándome de las manos. Tenía los dedos helados, de tanto haber sostenido la copa de vino—. A veces, cuando te veo defender nuestras campañas frente a su mirada de hielo, desearía que mi hermano encontrara a alguien como tú. Alguien con tu fuerza, que no le tenga miedo. Alguien que pudiera... no sé... sacarle algo humano. Mi respiración se cortó al escucharla. Se detuvo un segundo y su cara se transformó en una expresión de lástima que me revolvió el estómago. Me apretó las manos con una fuerza desesperada, como si quisiera anclarse a mi antes de perderse en sus propios pensamientos. —Pero luego lo pienso mejor y me arrepiento —susurró—. La verdad, pobre de la mujer que termine con mi hermano. Sería como entrar voluntariamente en una jaula de oro donde el aire se acaba poco a poco —fingió apretar su cuello de manera muy dramática. Nos reímos, pero luego volvió a su expresión melancólica—. Lamentablemente Karim no ama, Mia; él coloniza. No quiere una pareja, quiere un activo que pueda controlar. No se lo desearía ni a mi peor enemiga. Sus palabras me pegaron como una bofetada helada. "Él coloniza". Era la descripción exacta del hombre que apareció detrás de mí en ese instante. Sentí el olor a sándalo y tabaco caro antes de escucharlo, un aroma que ya asociaba con mi propia ansiedad. Fiorella me soltó de inmediato, como si el contacto fuera a quemarla, y su mirada pasó del afecto al resentimiento en un parpadeo. —Vaya, el verdugo decidió aparecer —masculló ella. Tragué involuntariamente. Mi boca se había resecado de repente. Tomé la copa que Fio no había ni probado y de un sorbo bajé la mitad del vino. Karim estaba ahí, impecable, con esa aura de quien es dueño de cada molécula de oxígeno en la habitación. No se veía cansado por la gala; al contrario, parecía revitalizado por el conflicto, como si el drama fuera su combustible. Ignoró a su hermana y me clavó una mirada que juré que podía sentir físicamente sobre mi piel, recorriendo los destellos de mi vestido como si quisiera encontrar algún detalle mal cocido. —Mia —su voz fue un rayo que recorrió mi cuerpo—. He revisado el informe de gastos que enviaste esta tarde. Es... deficiente. No solo en números, sino en visión. Carece de la agresividad que el mercado exige, como si temieras brillar demasiado. —Es el presupuesto real, Karim —respondí, elevando la voz para que cortara el ruido del club. El nombre Al Sahir siempre atraía a los buitres, y ya sentía las miradas de los curiosos, algunos con sus teléfonos listos para capturar el drama—. Si no te gusta mi visión, podíamos haberlo discutido en la oficina en lugar de interrumpir mi noche. De otro sorbo terminé el vino. —Discutiré mis negocios cuando y donde me plazca —dijo él, dando un paso que me obligó a retroceder contra la barra. El frío del metal en mi espalda desnuda me dio un escalofrío, contrastando con el calor de su proximidad—. Y ahora mismo quiero que me expliques por qué tengo que financiar un concepto que no se ajusta nada a la marca... Pensé que sabías lo que hacías. Me estaba picaneando de verdad. Ese informe si existía y si era algo que teníamos que discutir, así que sus palabras me hacían pensar que lo decía enserio. Iba a hablar cuando Fiorella se metió en medio, valiente y desesperada, usando su cuerpo menudo como un escudo. —¡Déjala en paz, Karim! No estamos trabajando. ¡No tiene que darte explicaciones de nada en medio de una fiesta! Él ni siquiera parpadeó hacia ella. De hecho, por su diferencia de tamaños, Fio ni siquiera interrumpió su campo visual. Sus ojos seguían fijos en los míos. Era como si su hermana fuera ruido de fondo. Se inclinó sobre mí, acorralándome, sus casi dos metros de altura convirtiéndome en una sombra bajo su cuerpo. Me agarró del brazo con una firmeza que me cortó la respiración, sus dedos hundiéndose justo donde las cuentas del vestido se clavaban en mi piel. —Mírame —susurró, tan cerca que su aliento me rozó la piel—. Mírame como si te estuvieras conteniendo para no besarme. Hazlo ahora, Mia, o mañana mismo retiro el respaldo a la agencia. Fiorella se quedará sin empresa y me encargaré de que la carrera de Julián termine en un juzgado. Le clavé los ojos. El fuego que sentía era pavor puro mezclado con una rabia que me hacía temblar, pero bajo eso, algo nuevo: una pequeña chispa se encendió con su demostración de poder, algo que me encendió de una manera que más me hizo enojar. Estaba entrando en la jaula, y la puerta se acababa de cerrar con el indiscreto sonido de celulares fotografiándonos. —Excelente —murmuró despacio al ver el temblor de mis labios. Se enderezó y recuperó su máscara de frialdad, soltándome como si ya no le sirviera, y habló mas fuerte, para que Fio escuchara—. Diez minutos. En el coche. Ni un segundo más. Me apartó bruscamente y se fue, dejándome con la piel ardiendo donde me había tocado, el vestido de pronto pesándome como si llevara un chaleco antibalas. Fiorella se acercó a mí, pálida, sus ojos recorriendo mi cuerpo como si buscara heridas visibles. —Mia, ¿qué fue eso? Parecía que iba a devorarte ahí mismo. Dios, la forma en que te miraba... por favor, no vayas con él. Juro que buscaremos otro inversor, pero no dejes que te trate así. Mis manos temblaban y no lograba sacar palabras. —Tengo que ir, Fio. No puede amenazarnos con hundir la agencia cada vez que algo no va como él quiere —mentí por milésima vez, sintiendo cómo se me partía el corazón al ver su preocupación—. No dejaré que perdamos lo que nos costó construir por mi orgullo. Disfruta de la noche, yo me encargo de este monstruo. Salí del club casi corriendo. El aire de la madrugada neoyorquina no me calmó, solo hizo que los destellos de mi vestido parecieran más solitarios bajo las luces de la calle. Mis manos seguían temblando cuando el auto n***o de Karim se detuvo frente a mí. Entré y el espacio se sintió asfixiante. Él estaba allí, con la corbata deshecha y la camisa abierta, mostrando esa piel bronceada que siempre parecía una invitación a descubrir que había debajo. —Fase uno completada —dijo sin mirarme—. Mañana serás la mujer más buscada de Manhattan. Fiorella ya se encargó de esparcir la duda con su reacción. Ella ya sospecha algo. Cálmate, Mia —me regañé cuando sentí ganas de llorar. —¿Estás satisfecho? —le pregunté, con los ojos empañados—. Le mentí a mi mejor amiga en su cara. Él se giró lentamente. La luz de las farolas iluminaba su rostro de forma intermitente, como en una película de terror... o de romance prohibido. —No fue humillación lo que vieron ahí fuera, Mia. Fue deseo. Y lo más peligroso de esta noche no es lo que ellos creyeron ver —se acercó y me rozó la mejilla con una suavidad que me dolió más que su agarre anterior, sus dedos trazando un camino sobre las cuentas del cuello como si las estuviera contando—, sino que por un segundo, nosotros también olvidamos que estábamos actuando. Cuando entre en mi apartamento fui directo a mi habitación. Me quité el vestido me tiré en la cama mirando el techo durante horas, repasando cada palabra de Fiorella en el club: "Karim no ama, Mia; él coloniza". Ella tenía razón, y lo peor era que yo le había abierto las puertas de mi territorio para salvarla a ella, pero ahora me preguntaba qué iba a significar realmente esa colonización, y qué marcas iba a dejar en mi vida. Mi teléfono no dejaba de vibrar: «Mia, dime que estás bien.» «Mia, ¿por qué te fuiste con él? ¿Qué está pasando?» «Hay algo que no me cuadra.» Eran mensajes de Fiorella, llenos de una preocupación genuina que me hacía sentir como la peor persona del mundo. Cada notificación era un recordatorio de mi traición. Ella me contaba sus miedos, me confiaba su odio por el control de su hermano, y yo... yo estaba aceptando ser la pieza central de la mayor mentira de su vida. El lunes a las nueve de la mañana, la realidad me golpeó en la oficina de la agencia. Intentaba concentrarme en el presupuesto que había mencionado Karim, pero las cifras bailaban frente a mis ojos como los destellos de anoche. Sentía la mirada de mi equipo, esos susurros que se apagaban cuando yo pasaba. Entonces, Fiorella entró como un torbellino. No dijo nada, solo lanzó su tablet sobre mi escritorio. En la pantalla: una foto de nosotros en la barra del club, desde un ángulo en donde parecíamos a punto de besarnos. —Mia, tienes que explicarme esto —dijo, y su voz no era de enfado, sino de confusión—. El titular dice que son "la nueva pareja de wall street". Dime que es una invención de la prensa. Dime que no hay nada entre ustedes. Bloqueé la pantalla. —Es solo ruido, Fio —dije, tratando de que mis manos no temblaran mientras dejaba la tablet de vuelta en el escritorio—. Sabes cómo son estos eventos. Internet saca todo de contexto. Fue solo el ángulo de la foto... —No es solo el ángulo —me interrumpió— Conozco a mi hermano desde que nací, Mia. Karim nunca deja que nadie se le acerque tanto si no es para destruirlo... o porque ha perdido el control. Yo se que la manera en que te miró no fue la de siempre. Antes de que pudiera inventar una excusa que sonara mínimamente creíble, la puerta de la agencia se abrió. El aire de la habitación pareció cambiar, volviéndose más pesado, más frío. Era Karim. El silencio fue instantáneo. Él jamás ponía un pie aquí; siempre nos obligaba a ir a su oficina, como si nuestra moderna pero acogedora agencia fuera demasiado pequeña para su ego. Caminó directo hacia mi mesa, ignorando las miradas de curiosidad y respeto de todos. Se detuvo frente a mí y, ante los ojos atónitos de Fiorella, dejó un café de mi sitio favorito y una pequeña bolsa de una joyería de lujo sobre mi escritorio. —Te olvidaste esto en mi auto anoche —dijo él. Su voz no era la del jefe autoritario. Era algo más bajo, con un matiz de intimidad fingida que me revolvió el estómago. Fiorella nos miraba con la boca abierta, pasando la vista de la bolsa de joyas a nosotros. —¿Se te olvidó... en su auto? —preguntó ella, con la voz apenas en un susurro—. ¿Por qué se le quedaría eso en tu auto? —por la manera en que frunció el ceño, haciendo que su flequillo bajara por sus ojos, me di cuenta que no le había caído nada bien el descubrimiento. Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. La red de mentiras acababa de empezar, pero ya se sentía sofocante. — Un accesorio nuevo para la campaña de moda... —mentí, mirando a Karim con un odio que esperaba que él pudiera leer, pero que ahora se mezclaba con un hilo de duda—. Karim lo trajo de Dubai ya que cree que mi idea para sesión de foto es muy pobre... Eso discutimos anoche. —La discusión se alargó, Fiorella. Tu amiga es muy difícil de convencer —Karim me miró y, por un instante, su expresión se "ablandó" de una manera que me aterrorizó. Parecía un hombre genuinamente cautivado, o quizás era solo el reflejo de mi propia confusión—. Pero creo que finalmente hemos llegado a un entendimiento. Karim apoyó una mano en mi hombro. Fue un toque ligero, pero para mí pesó una tonelada. Era una marca de propiedad, un gesto posesivo que me hacía cuestionar si el odio que tenía era más fuerte que el deseo físico que empezaba a sentir por él. Se fue sin decir nada más, dejándome a merced de una Fiorella que se dejó caer en la silla frente a mí, completamente desconcertada. —Dime que no te estás involucrando con él, Mia. Por favor —suplicó—. Sé que Julián y yo estamos en una situación difícil, pero no tienes que sacrificarte así. No tienes que dejar que él te use para llegar a nosotros... Ya te lo advertí, Mia. Karim no ama, él solo utiliza —me miró casi con compasión—. No hay nada lo suficientemente importante como para que te mezcles con alguien como mi hermano. Tomé aire para intentar calmar mi corazón que no había dejado de martillar mi pecho a un ritmo brutal. —No es un sacrificio, Fio —dije, y me dolió la garganta al pronunciar esas palabras—. Es... complicado. Creo que juzgué mal a Karim en algunas cosas —me mordí el labio para hacer una pausa dramática que me diera el tiempo suficiente para elaborar un argumento "romántico"—. Creo que realmente es alguien con quien se puede dialogar si te das el tiempo de entender su punto de vista. Solo necesita paciencia, pero no es tan terrible como yo pensaba... —un escalofrío me recorrió el cuerpo— Realmente me he llevado una grata sorpresa con él, como si bajo esa armadura fría hubiera destellos de algo humano. Fiorella, que estaba congelada frente a mi, empezó a negar con la cabeza, como si quisiera sacudir sus pensamientos. Luego se levantó despacio, como si mis palabras la hubieran golpeado físicamente. Sus ojos se llenaron de lágrimas que no dejó caer. —Mia... ¿destellos humanos? ¿En Karim? —Su voz salió baja, casi rota—. Recuerda esa noche en el rooftop de SoHo, cuando juramos que nunca nos meteríamos con hombres que nos hicieran sentir pequeñas. Tú me dijiste: "Si alguna vez veo que un tipo te apaga, te saco a patadas". Ahora soy yo la que no quiere que te apagues... y no sé cómo detenerlo. Se acercó, me tomó las manos con fuerza y susurró: —No dejes que te convierta en una versión de él. Nuestra amistad vale más que cualquier "entendimiento" con mi hermano. Por favor, Mia... no me hagas elegir entre salvarte a ti o salvar lo que queda de nosotras. Se dio la vuelta y salió del despacho sin esperar respuesta, dejando un silencio que pesaba más que cualquier grito. Ver su espalda alejarse fue como ver una parte de mí misma romperse. Durante esa semana, la invasión fue constante e implacable. Karim no me obligó a mudarme de inmediato, pero su presencia estaba en todas partes. Aparecía en la oficina con cualquier excusa, me enviaba flores que desagradaban a Fiorella. También empezó a me llamarme por las noches, para hablarme de cosas que no terminaba de entender. El jueves por la noche, Fiorella me detuvo antes de salir. Estaba radiante por fuera —ojos brillantes, sonrisa tentativa—, pero había una sombra debajo. —Mia, Julián me llamó casi llorando de alegría. Karim levantó las trabas a su proyecto. Le dijo que "por respeto a alguien muy cercano", iba a darle el beneficio de la duda. —¡Es una tremenda noticia! —solté con un nudo formandose en mi garganta. Pero extrañamente no era de alegría. Me miró un segundo largo, y la sonrisa se le borró. —Es por ti, ¿verdad? Karim nunca cede sin querer algo a cambio. No dejes que te use como moneda, Mia. Nuestra amistad no tiene precio... y yo no quiero ganar mi libertad si el costo eres tú. Me abrazó fuerte, como si temiera que desapareciera, y se fue sin esperar que respondiera. Verla marchar con esa mezcla de felicidad y miedo fue el único momento de paz... y el peor castigo de mi día. Cuando llegué a mi apartamento esa noche, el sentimiento de culpa era una presencia física en mi garganta, un nudo que no me dejaba tragar y para peor, Karim estaba allí, esperando en la puerta de mi edificio, recostado contra su auto deportivo. La luz de la calle bañaba su figura, creando sombras largas que lo hacían ver como la viva imagen de un depredador. —Fiorella ya se lo cree —dijo él sin preámbulos cuando aparecí en su campo visual. Sus ojos me recorrieron de arriba abajo, analizando cada milímetro de mi cansancio—. Cree que me tienes en la palma de tu mano. Cree que eres mi debilidad. Suspiré, agotada, mientras seguía arrastrando mis pasos hasta tenerlo a una distancia prudente. El eco de mis tacones en la acera de Brooklyn sonaba vacío, igual a como me sentía en ese momento. —Ella cree que eres humano, Karim. Y yo sé que solo eres un estratega que disfruta usando a la gente. Sonrió de manera arrogante. —Exacto. Y como estratega, sé que el mundo no nos creerá casados en seis meses si seguimos viviendo en distritos diferentes. Pero no te preocupes, Mia —dio un paso hacia mí, invadiendo ese aire que yo consideraba mío—. No voy a arrastrarte a mi ático todavía. Necesitamos que el mundo vea cómo este "amor" nos consume poco a poco. Si te mudas mañana, parecerá muy precipitado. Si lo haces en dos meses, después de haber sido vistos perdiendo la cabeza el uno por el otro... entonces será un romance. Un par de meses. Aún podía mantener mi refugio un par de meses más. Sentí un alivio momentáneo que se evaporó cuando él acortó la poca distancia que nos separaba. Levantó una mano y, con una lentitud deliberada, acomodó un mechón de mi pelo detrás de mi oreja. El roce de sus dedos contra mi piel envió una descarga eléctrica que me obligó a tensar la mandíbula, recordándome el tacto en la gala. —Mañana es la cena con mi abuelo —continuó, su voz bajando un poco más, volviéndose más peligrosa—. Te presentaré como la mujer que domó al heredero de Saif Al-Hashem. Será la primera vez que mi abuelo me vea dedicado a algo que no sea mis negocios. —¿Y qué esperas de mí mañana? —le pregunté, clavando mis ojos en los suyos, negándome a retroceder aunque mi corazón latiera como si fuera a escaparse. —Espero que ese odio con el que me miras ahora mismo se convierta en algo que mi abuelo pueda creer. —Su mirada se oscureció, casi hambrienta—. No necesito que me ames de verdad, Mia. Necesito que parezcas la única mujer capaz de domesticar al heredero de Saif Al-Hashem... y que, cuando me mires mañana, él vea en tus ojos que ya estás perdida por mí. Se inclinó hacia mí, tanto que su perfume me nubló los sentidos por un segundo. Sus ojos bajaron a mis labios con una fijeza que me hizo contener la respiración. Estábamos solos en la calle, pero la tensión era tan real que el aire parecía vibrar. —Porque si fallas... —susurró, rozando apenas mi labio inferior con el pulgar— no solo pierdo la herencia. Pierdo la excusa perfecta para mantenerte cerca. Se apartó lo justo para que el frío de la noche volviera a golpearme, pero el calor de su dedo seguía quemando. —Vete a dormir, Mia. Disfruta de tu soledad mientras puedas. Porque a partir de mañana, voy a estar en cada rincón de tu vida. Se dio la vuelta y subió a su auto sin esperar respuesta. El motor rugió suave, como una amenaza contenida, y desapareció en la oscuridad de Brooklyn. Me quedé allí parada, bajo la luz tenue de la farola. Mi mano subió instintivamente al lugar donde sus dedos habían rozado mi mejilla, y luego al labio, donde aún sentía el fantasma de su pulgar. La jaula de la que Fiorella me había advertido no solo se estaba cerrando, sino que empezaba a achicarse cada vez más. Mientras Karim se alejaba, pensé en ella saliendo del despacho con los ojos vidriosos. Ella me había advertido de esta jaula, y aquí estaba yo, cerrando la puerta con mis propias manos... por ella, pero ¿a qué costo?
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