El viernes por la tarde, Brooklyn se sentía como una zona de guerra en tregua. Me pasé las últimas horas de trabajo en la agencia intentando que mis manos no temblaran sobre el teclado, pero el zumbido del aire acondicionado parecía amplificar mi ansiedad.
Fiorella no estaba celebrando. A diferencia de otros viernes donde planeábamos nuestra escapada al SoHo, hoy el ambiente en MF Studio era denso, casi irrespirable. La vi organizar los archivos de la cuenta de Julián con una eficiencia mecánica, pero sus ojos evitaban los míos. Cada vez que nuestras miradas se cruzaban, ella apretaba los labios, recordándome sin hablar su advertencia: "No hay nada lo suficientemente importante como para que te mezcles con alguien como mi hermano".
Me dolía el silencio entre nosotras. MF Studio era nuestro sueño, el fruto de ocho años de una amistad que se convirtió en hermandad cuando mi mundo se caía a pedazos. Fiorella fue quien me sostuvo cuando mis padres se divorciaron apenas seis meses después de que yo empezara la universidad, y fue la única que no me soltó cuando mi padre murió hace cinco años. Mientras mi madre intentaba sanar sus propias heridas rehaciendo su vida en Vancouver, Fio se convirtió en mi única familia real. Y ahora, para protegerla a ella, estaba convirtiendo nuestra relación en un campo de minas.
—Ha enviado flores otra vez —dijo Fio, señalando con la barbilla un ramo de orquídeas blancas. Su voz era seca, desprovista de su brillo habitual—. Son mis favoritas. Las de mi madre. Él sabe perfectamente qué hilos tocar para parecer humano, Mia. No te dejes engañar.
—Solo intenta suavizar las cosas, Fio —mentí, y la palabra supo a ceniza en mi boca.
—Karim no suaviza nada; Karim ahoga —sentenció ella, mirándome con una mezcla de lástima y reproche antes de salir del despacho sin decir adiós.
Llegué a mi apartamento a las cinco, sintiendo que las paredes me observaban. La "invasión" de Karim no había sido física todavía, pero era total. Se manifestaba en la caja negra de Vauthier que me esperaba sobre la cama. Me quedé mirándola como si fuera una bomba de tiempo. No era solo un vestido; era el uniforme de mi rendición. Karim quería que fuera una pieza dócil para presentársela a su abuelo materno, el hombre que lo había criado en Dubái con una disciplina de hierro. Quería que hoy, ante él, yo pareciera una extensión de su voluntad.
Me duché con agua casi hirviendo, frotándome la piel hasta que quedó roja, intentando quitarme de encima la sensación de suciedad que me producía el engaño.
Siempre había tenido una relación muy libre con mi cuerpo; me gustaba mi magnetismo natural, esa mezcla de confianza y curvas que atraía las miradas sin que tuviera que esforzarme. Y esta noche había decidido usarlo en contra de Karim.
Ignoré el Vauthier. Fui al fondo de mi armario y saqué el vestido n***o que había comprado en Milán hace dos temporadas, una pieza que nunca había tenido ocasión de estrenar. Era exactamente lo que necesitaba: impecable de frente, devastador de espaldas.
Cuello alto redondo que rozaba mi clavícula con elegancia, mangas largas ajustadas que cubrían los brazos hasta las muñecas, y la tela (un crepé mate de alta costura) ceñida al cuerpo desde el escote hasta las tobillos. Era como una segunda capa. El detalle asesino estaba en la espalda: una abertura en V profunda que empezaba justo debajo de la nuca y bajaba hasta la base de la columna, dejando casi toda la espalda al descubierto. La piel quedaba enmarcada por los bordes limpios del tejido, sin tiras ni adornos que distrajeran; solo piel desnuda contra el n***o profundo. Era recatado por delante, letal por detrás. Respetuoso para el abuelo. Tortura lenta y elegante para Karim.
Me lo puse con calma, sintiendo cómo la tela se adhería a cada curva como si estuviera hecha a medida para mi cuerpo. Al girarme frente al espejo, la abertura se reveló completa: la línea de mi columna, la curva de la cintura, el inicio de la espalda baja. Sonreí. Perfecto.
Me tomé el pelo en un moño perfecto para que nada obstruyera mi espalda. Me maquillé como si fuera a la guerra: delineado felino que alargaba mis ojos, pestañas infinitas y un labial rojo oscuro mate que hacía que mis labios parecieran una promesa callada. Cuando el timbre sonó, mi corazón dio un vuelco violento. Él nunca llegaba tarde.
Caminé hacia la puerta sintiendo la presión suave de la tela contra mis caderas y el roce fresco del aire en mi espalda expuesta. Al abrir, el aire pareció desaparecer. Karim estaba allí, llenando el marco de mi puerta con su presencia masiva. El esmoquin resaltaba sus hombros anchos, dándole ese aspecto de rey moderno que tanto odiaba y me atraía a la vez. Pero lo que me golpeó fue su mirada. No era la mirada del empresario frío; era algo denso, oscuro, un hambre que recorrió mi cuerpo de arriba abajo.
Vi cómo sus ojos analizaron el cuello, las mangas largas, la silueta ceñida... y luego esperaron. Lo hice despacio, con deliberada naturalidad: me giré para "buscar" mi bolso en la mesa del pasillo, dejando que viera la espalda completa. Sentí el momento exacto en que la abertura lo golpeó: un silencio repentino, un cambio brusco en su respiración, como si el aire se le hubiera atorado en la garganta.
—Llegas temprano —dije, girándome de nuevo hacia él con gesto despreocupado, como si no acabara de dejarlo sin palabras.
—No me gusta esperar —respondió, entrando sin pedir permiso. Cerró la puerta con un clic metálico que sonó definitivo. El espacio se volvió diminuto bajo su sombra.
Se detuvo a pocos centímetros, invadiendo mi aire personal. Pude oler el sándalo y el cuero de su perfume, una fragancia que empezaba a asociar con el peligro.
—No es el vestido que te envié, Mia —declaró, su voz bajando un octavo, casi ronca.
—No me gusta que me digan qué ponerme, Karim —respondí, levantando la barbilla.
Caminé hacia la sala, sabiendo que cada paso hacía que la abertura de la espalda se moviera ligeramente, que la tela se deslizara sobre mi piel. Podría jurar que lo escuché contener la respiración otra vez.
—Busco mi celular y estoy lista —comenté, girándome a mirarlo con gesto despreocupado.
Clavó sus ojos en los míos y terminó con nuestra distancia en solo dos zancadas. Quedamos frente a frente. Su mano fue directamente a mi espalda desnuda, los dedos calientes rozando la piel expuesta desde la nuca hasta la base de la columna. Tuve que apoyar mis manos en su pecho para mantener el equilibrio.
En segundos, había alterado mi sistema nervioso y afectado mi estabilidad.
—Estás jugando con fuego —susurró, su rostro a milímetros del mío, los dedos trazando la línea de mi columna con una lentitud tortuosa—. Y lo peor es que sabes perfectamente lo que provocas en mí cuando me presentas así... esta espalda que me has estado escondiendo toda la semana.
Bajó la mano hasta dejarla peligrosamente cerca del comienzo de mi trasero, provocando una descarga eléctrica que viajó por mi columna.
—Solo sigo el guion, Karim —mentí, aunque el deseo era una punzada real en mi vientre.
Él soltó una risa corta, una vibración que sentí en mi propio pecho. Su mirada bajó a mi boca y, por un segundo interminable, la tensión fue tan cruda que el aire pareció vibrar.
—Miente mejor, Mia —susurró—. Porque ahora mismo, lo único que me impide recorrer esta espalda con algo más que mis dedos es mi propio orgullo. Pero no me tientes... no esta noche.
Me soltó. Sacó una caja pequeña de su bolsillo. Me tomó la mano izquierda y deslizó en mi muñeca una pulsera de diamantes. Se sintió como un grillete de lujo, una marca de propiedad que brillaba con una luz fría.
—Dime algo real —me pidió de repente. Su tono había cambiado; ya no era una orden, era una curiosidad genuina—. Una sola cosa que no sea una mentira diseñada para este plan.
Lo miré a los ojos, sintiendo el peso de los secretos que nos rodeaban. Y le dije la verdad que más me dolía reconocer.
—Tengo miedo —confesé en un susurro—. No de ti. Tengo miedo de que, al final, descubra que soy tan fría como tú. Que me guste el poder que siento cuando me miras con esta hambre.
Karim no se apartó. Se inclinó más, su aliento rozando mi oreja.
—El poder no es algo de lo que debas tener miedo, Mia. Es algo que te queda demasiado bien. Porque hoy... estás más cerca de ser mía de lo que estás dispuesta a admitir.
Se separó bruscamente, recuperando su máscara de hierro. El momento de intimidad se desvaneció, dejando solo el rastro de su perfume.
—Vámonos. Y recuerda: no me sueltes la mano. A partir de ahora, eres mía ante el mundo.