Samuel. Los días con Sofía transcurren con una velocidad que me resulta casi insultante. Las horas se escurren entre nuestros dedos como arena fina, y eso es algo que ninguno de nosotros termina de aceptar; desearíamos que el tiempo fuera un chicle que pudiéramos estirar hasta el infinito. La realidad es que nos hemos vuelto dependientes de ella, y ella de nosotros, en una simbiosis tan estrecha que una sola hora sin noticias de su paradero nos sume en una ansiedad latente. Este cambio es especialmente visible en los mayores. Leonardo, Amos y Camillo, hombres cuyos teléfonos antes eran fortalezas infranqueables durante sus reuniones de alto nivel, ahora no dudan en interrumpir un cónclave de la mafia o una junta de accionistas solo para responder un mensaje de nuestra mujer. Sofía ha ree

