Oscar. El trayecto a la mansión fue un borrón de luces y furia contenida. Al llegar, no esperé a que nadie me abriera la puerta; tomé a Sofía en mis brazos, sintiendo su fragilidad contra mi pecho, y la llevé directamente escaleras arriba. Al cruzar el vestíbulo, mis hermanos, que ya estaban en casa, se congelaron al vernos. Sus miradas saltaron de mi rostro desencajado a la sangre que manchaba mis manos y mi ropa, para terminar en el llanto silencioso y traumático de nuestra mujer. —Oscar, ¿Qué demonios...? —escuché la voz de Marius cargada de alarma, pero no me detuve. Mi único objetivo era depositar a Sofía en nuestra cama, el único lugar donde el mundo exterior no podía alcanzarla. —Amor... —susurró ella entrecortadamente. —Shh, no hables —la dejé con delicadeza sobre las sábanas.

