3: El Valor de la Verdad

1570 Words
Sofía. Han transcurrido apenas tres días desde que puse un pie en la universidad, y el ritmo de mi nueva vida ya se siente. He encontrado un equilibrio entre la constante verborrea de Amelia y la presencia, más reservada pero constante, de Gia. Ellas son mis únicas compañeras, aunque mi círculo social se ha expandido de manera inesperada. Mi vínculo con los hermanos Martileni crece a pasos agigantados. Su compañía es fácil y genuina. Me hacen sentir cómoda y completamente a gusto. Disfrutan conversar, tienen un gusto musical excelente y, como si no tuvieran ya suficiente poder, se han ofrecido a llevarme y traerme en su lujoso auto. Una oferta que, por supuesto, tuve que rechazar: la idea de molestarlos y depender de ellos era inaceptable. Lo que sí acepté, sin querer, es el interés que han despertado en mí con sus constantes menciones a sus tres hermanos mayores. Cada historia, cada anécdota, aumenta mi curiosidad. —Sofía, te estamos hablando, cariño —la voz grave de Oscar me trajo de vuelta, su mano cálida tomando la mía. —Lo siento mucho, Oscar —le sonreí, avergonzada. —Estaba algo distraída. Hoy decidí almorzar en su mesa, en el corazón del comedor. Las miradas, como siempre, nos cayeron encima. No eran de simple curiosidad; eran de juicio. —¿En qué tanto piensas, corazón? —preguntó Marko con genuino interés. Me había acostumbrado a sus apodos: cariño, corazón, nena, linda. Lejos de molestarme, me hacían sentir especial, como si tuviera un pase de acceso a un club exclusivo. —En todo. En estos pocos días y en lo rápido que me he adaptado. —Me acomodé el cabello, mi nerviosismo creciendo. —Por cierto, hoy empiezo a trabajar en una cafetería. —¿Trabajar? —Marius preguntó con una duda que sonó casi a reproche. —¿Para qué necesitas trabajar? Aquí estaba el momento que temía. Ellos no sabían que era becada. Temía su rechazo; sabía que no estaba ni remotamente a su nivel social. —Chicos, tengo que ser completamente honesta con ustedes. Yo no soy como ustedes o como la mayoría de la gente aquí. —Mi voz tembló. —No soy rica, no tengo dinero... Soy becada. Entré a esta universidad con esfuerzo, dedicación y una beca completa. Me preparé para la inminente sentencia. —Mis padres tienen dinero, pero nunca les importé. Se divorciaron cuando era muy pequeña, y cada uno formó una nueva familia. Por lo tanto, estoy sola. —Bajé la mirada, apretando mis manos. Era la primera vez que compartía esta cruda verdad. Hubo un silencio tenso. —Sofi, no teníamos idea —dijo Samuel con una dulzura inusual. —No quiero que pienses ni por un segundo que te juzgaremos por esto, o que nos alejaremos de ti. Levanté la mirada, totalmente sorprendida. —¿En serio? —Así es, nena. No te preocupes. —Oscar acarició mi mejilla con el dorso de su mano. Su gesto era protector. —Pero quiero que seas totalmente abierta con nosotros. No nos ocultes nada más. —Lo siento. Tenía miedo. Me he sentido tan bien con ustedes que no podía soportar la idea de perderlos. —Hice un puchero involuntario. —Pues ya ves que no fue así. Ahora, cuéntanos en qué cafetería trabajarás. —Oscar me dio un dulce beso en la frente. —Bueno, busqué un lugar que no estuviera lejos ni de mi casa ni de la universidad. Conseguí trabajo en un sitio llamado Cafetería Cioccolato. —¿Cioccolato? —Los cuatro preguntaron al unísono, sus ojos grises llenos de asombro. Asentí, sintiéndome confundida por su reacción. —Vaya, esa es nuestra cafetería favorita. Tienen unos postres deliciosos y es una de las más famosas de la ciudad —dijo Marko. —Además, nuestra madre es la dueña. —¿En serio? —Mi Coca-Cola casi se me cae de la mano. —Con razón necesitaban una empleada con tanta urgencia, había muchísimos clientes. —No cualquiera consigue trabajo ahí. Se necesita saber mucho para ser contratado —comentó Samuel. —Hice un curso de barista en Venezuela, ya fui mesera, e incluso sé hornear algunos postres. —¿Ya habías trabajado antes? —preguntó Marius. —Sí, por eso tengo algunos ahorros junto al dinero que me envían mis abuelos. Pero tengo muchos gastos y ese dinero no me durará toda la vida. —Sabes que puedes contar con nosotros para cualquier cosa que necesites —Marius tomó mi mano y besó el dorso con una solemnidad que me estremeció. —Lo agradezco de corazón. Pero estoy acostumbrada a valerme por mí misma. No quiero que piensen que soy una interesada. —Los miré, anticipando su reproche. —Si la gente de aquí se entera de mi situación, pensarán que estoy con ustedes por su dinero o su apellido. —No debe importarte lo que digan los demás —Marko me sonrió, su tono era firme y reconfortante. —Lo único que importa es lo que tú creas de ti. —Lo sé. Pero prefiero evitar los comentarios. —Terminé mi bebida. —¿Cuál será tu horario de trabajo? —Samuel me preguntó. —De las tres de la tarde hasta las siete de la noche. Solo medio tiempo, y tengo libres los sábados y domingos. —Sales algo tarde. Cada uno de nosotros se turnará para buscarte y llevarte a casa. Y esta vez, no aceptaré un no —demandó Oscar, con su tono dominante, que me hizo reír nerviosamente. —Está bien, jefe —respondí. Reímos y continuamos nuestra plática, ahora más relajada. De los cuatro, me sentía más cercana a Samuel. Ambos escuchábamos música, cantábamos y nos reíamos de cualquier cosa. Él pronto cumplirá veintiún años y yo diecinueve. Tal vez esa cercanía de edad creaba esa conexión instantánea. Eso no significaba que no me llevara bien con los demás. Al contrario. Todos me escuchaban atentamente, y yo estaba dispuesta a escucharles. Teníamos diferencias, claro, pero existía un interés genuino y recíproco. Mi primer turno de trabajo no fue malo, aunque el lugar estaba lleno. Estuve de un lado para otro sirviendo, atendiendo y llevando pedidos. Al empezar, noté una mesa grande, justo frente a la ventana, que permanecía vacía. Tenía un letrero que decía: "Prohibido sentarse". Pregunté a un compañero. Me informó que esa mesa estaba reservada exclusivamente para los hermanos Martileni, que solían visitarla a diario. No me mintieron: no solo era su cafetería favorita; su madre era prácticamente la dueña. Escuché la campana de la puerta. —Buenas tardes —dije al voltearme y encontré a mis amigos, sonriendo. —¡Chicos, bienvenidos! —Hola, nena. Veo que tienes mucho trabajo —Oscar miró la multitud. —Así es. Es la hora pico del lugar —reí. Ellos se dirigieron a su mesa reservada, y yo quité el letrero. —¿Qué desean ordenar? —pregunté, libreta en mano. —Un latte macchiato y un trozo de pastel de chocolate —pidió Marius. Anoté. —Un latte y dos donas de fresa —siguió Oscar. —Un café con leche y dos cupcakes de lo que sea —dijo Marko. —Yo quiero un capuchino con unos cuantos macarons —terminó Samuel. Sonreí, reconociendo el postre favorito de cada uno. —Muy bien, enseguida les traigo su pedido. Fui a la barra y regresé con la bandeja. Les serví, manteniendo la formalidad jerárquica: de mayor a menor. Oscar y Marko se sentaron a la derecha, Marius y Samuel a la izquierda. Los tres puestos del medio, quedaron vacíos. —¿Y qué tal tu primer día de trabajo, linda? —preguntó Marko. —No me quejo, aunque me gustaría sentarme un rato —reí. —Hay muchísima gente, pero eso es bueno para el lugar. —Pronto te acostumbrarás —dijo Oscar. —Por cierto, no lo olvides: hoy te buscaré yo a la hora de salida. Nos coordinamos para que uno de nosotros lo haga todos los días. —Saben que no deberían preocuparse por mí —dije, sintiendo la vergüenza y el calor subir a mis mejillas. No merecía tanta atención. —Y tú sabes que lo haremos. Así que no quiero quejas, ¿bien? —El tono de Oscar era serio, dominante. La autoridad del Martileni mayor se hizo patente. —Está bien —respondí. Sentí mi corazón acelerarse. Cada vez que me hablaban con esa firmeza, mi pulso se disparaba. —Bueno, los dejo. Salí prácticamente corriendo de su mirada intensa. Traté de controlar mi respiración. Mi corazón latía con furia y mi rostro estaba ardiendo. Necesitaba controlar estas emociones. No era normal sentirme así con solo recibir una sonrisa o una orden de ellos. No podía permitir que sus encantos me afectaran más. Pero, honestamente, ¿quién podría resistirse a esos cuatro? No debía dejar que estos sentimientos crecieran. Ellos no merecían a alguien como yo. Nunca estaría a su nivel. Eran populares, ricos, influyentes, y yo era solo la becada que trabajaba como mesera para sobrevivir. Me bastaba con su amistad. No quería perderlos por mis inseguridades, ni que se aburrieran y se alejaran. En estos días, me han hecho sentir que merezco estar aquí, que pertenezco. Su afecto es mi premio. Se han convertido en mis personas favoritas, en mis mejores amigos. Y no quería que esa sensación terminara nunca.
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