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Nueve Meses de Engaño: El Heredero Oculto del CEO

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Él me dio la noche más intensa de mi vida... y a la mañana siguiente me pidió que desapareciera.

​Como secretaria de Sebastian Volkov, Gia Rossi sabía que su jefe era un hombre de hielo, un magnate que veía las emociones como una falla en el sistema. Pero una noche de vulnerabilidad lo cambió todo. Entre sábanas de seda y promesas susurradas en la oscuridad, Gia creyó que había encontrado al hombre detrás del monstruo.​

Se equivocó.​

Al amanecer, Sebastian volvió a ser el CEO despiadado: "Esto no significa nada, Gia. No te hagas ilusiones". ​

Semanas después, con una prueba de embarazo positiva y el corazón roto, Gia escucha a Sebastian decirle a la prensa que jamás tendrá hijos porque "un heredero es solo un blanco para sus enemigos". Para salvar a su bebé de una vida de rechazo o de los peligros que rodean al apellido Volkov, Gia simplemente no regresa de sus vacaciones. Renuncia sin mirar atrás y se borra del mapa.​

Tres años después, Sebastian aparece en su puerta. No busca una disculpa. Busca respuestas. Y cuando sus ojos se encuentran con los de un niño pequeño que es su vivo retrato, el mundo de ambos estalla.​

—¿Creíste que podrías esconder a mi hijo en este rastrojo, Gia? —la amenazó él, su voz vibrando con una furia posesiva—. Ahora prepárate, porque te llevaré de vuelta a mi mundo, y esta vez, no habrá escapatoria.​

Ella huyó por amor. Él la reclama por derecho. En esta guerra de voluntades, el deseo es el arma más peligrosa.

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Capítulo 1
​ ​Hay tres formas infalibles de arruinar tu vida cuando tienes veinticuatro años. La primera es endeudarte. La segunda es mentir. Y la tercera, de lejos la más letal, es enamorarte de tu jefe multimillonario, acostarte con él sobre su escritorio de caoba y descubrir que estás embarazada justo después de que te aclare que jamás, en toda su vida, reconocerá a un hijo. ​Con las manos temblando de tal manera que apenas podía sostener la prueba de plástico, me quedé mirando las dos líneas rojas que acababan de aparecer en la pequeña ventana. ​Embarazada. De Sebastian Volkov. El hombre de hielo. ​Sentada en el suelo del lujoso baño de mi apartamento, un nudo de terror puro se instaló en mi garganta. Y, de repente, mi mente me arrastró sin piedad a la noche en que todo este desastre comenzó. Exactamente hace un mes. ​Un mes antes. ​La regla de oro para sobrevivir en Volkov Industries era sencilla: cuando el CEO perdía los estribos, tú corrías en dirección contraria. Sin embargo, esa noche rompí mi propio protocolo de supervivencia. ​Sebastian acababa de perder la adquisición de OmniCorp, un negocio de tres mil millones de dólares. Por lo tanto, el piso cincuenta parecía la zona cero de un huracán. Cuando entré a su despacho llevando el informe de daños, esperando encontrar a un líder calculando su próxima venganza, me encontré con un hombre al borde del abismo. ​Estaba apoyado contra el inmenso ventanal, mirando la ciudad bañada por la tormenta. Tenía la americana tirada en el suelo, la camisa desabrochada y un vaso de whisky temblando ligeramente en su mano. ​—Lárgate, Gianna —soltó, con una voz tan cargada de rabia que hizo vibrar el cristal—. No quiero ver a nadie. Y menos a ti, con tu maldita libreta y tu cara de perfección absoluta. ​Cualquier secretaria en su sano juicio habría dado media vuelta. Pero yo llevaba tres años amando a ese demonio en secreto. Tres años viendo cómo se consumía por mantener su imperio a flote. Así que, en lugar de huir, cerré la puerta a mis espaldas con un golpe seco. ​—No me voy a ir —respondí, dejando los papeles sobre la mesa—. Y dejaré de tener "cara de perfección" cuando usted deje de actuar como un niño mimado al que le acaban de quitar su juguete favorito. ​El silencio que siguió a mis palabras fue tan denso que casi me asfixia. Sebastian se giró lentamente, como un depredador que acaba de escuchar cómo se quiebra una rama en el bosque. Sus ojos grises, normalmente calculadores, ahora ardían con un fuego salvaje. Dejó el vaso de golpe, derramando el líquido ámbar, y caminó hacia mí. ​—¿Qué acabas de decirme? —siseó, acorralándome contra el borde de su escritorio. ​Por primera vez en tres años, no bajé la mirada. Levanté la barbilla, sintiendo cómo mi corazón latía desbocado contra mis costillas. ​—Que un mal negocio no lo define, Sebastian. Que está destruyendo su propia oficina porque está asustado de haber fallado, y yo no voy a quedarme callada viéndolo hundirse. ​Mi atrevimiento cruzó una línea invisible. Usar su nombre de pila y enfrentarlo de esa manera rompió el cristal que nos separaba. Él se detuvo a escasos centímetros de mi rostro, respirando agitado. De pronto, su mirada bajó a mis labios, y vi cómo algo peligroso se rompía dentro de él. ​—Llevo tres años, Gianna... —susurró, y su tono agresivo se transformó en un gruñido ronco y desesperado—. Tres malditos años viéndote tragar mis gritos, siendo tan sumisa, tan inalcanzable detrás de esos trajes grises. Me volvía loco tratar de descubrir qué se necesitaba para hacerte perder el control. Y resulta que solo tenía que perder una empresa para ver tu verdadero fuego. ​Antes de que pudiera procesar su confesión, sus manos volaron a mi cintura y me levantó en vilo, sentándome de golpe sobre la madera fría del escritorio. ​El beso no fue una pregunta; fue una colisión frontal. Sus labios devoraron los míos con una necesidad que me dejó sin aliento, mezclando el sabor amargo del whisky con la electricidad pura del deseo. No lo rechacé. Al contrario, mis manos se enredaron en su cabello oscuro, atrayéndolo aún más hacia mí, respondiendo con toda la pasión que había mantenido encerrada desde el día en que lo conocí. La química estalló, quemando años de miradas robadas y tensión acumulada en la oficina. Esa noche no hubo jefe ni secretaria; solo un hombre buscando refugio y una mujer dispuesta a dárselo todo. ​Pero los refugios construidos sobre el hielo siempre terminan derritiéndose. ​Al llegar la madrugada, la cruda realidad me golpeó con la fuerza de un tren de mercancías. Me desperté sobre el sofá de cuero, cubierta apenas por su chaqueta. Al levantar la vista, vi a Sebastian al otro lado de la habitación. Ya llevaba un traje nuevo. Estaba impoluto, frío y tan distante como una estrella. ​—Hay un sobre con dinero en tu mesa para que te tomes unos días libres —dijo, dándome la espalda mientras guardaba su teléfono—. Lo de anoche fue una estupidez. Un error necesario para soltar la adrenalina acumulada, pero un error al fin y al cabo. ​Sus palabras me atravesaron el pecho. ​—¿Una estupidez? —mi voz se quebró, a pesar de mis esfuerzos por sonar fuerte. ​Él se giró y me clavó esa mirada de acero que tantas veces me había aterrorizado en las reuniones de la junta. ​—No te confundas, Gianna. Eres una secretaria brillante, pero yo no me involucro con mis empleadas. Además —añadió, caminando hacia la puerta—, asegúrate de pasar por una farmacia. Los niños son parásitos emocionales, anclas que hunden a los hombres exitosos. Yo nunca tendré herederos, y menos de un desliz de oficina. No olvides la pastilla. ​Salió de allí sin mirar atrás, destrozando mi corazón en mil pedazos. ​Presente. ​El sonido de mi teléfono vibrando sobre las baldosas del baño me arrancó de mis recuerdos. Parpadeé, limpiando las lágrimas rebeldes que amenazaban con caer, y miré la pantalla. Era él. Sebastian Volkov. Exigiendo saber por qué llevaba veinte minutos de retraso para llegar a la oficina. ​Volví a mirar la prueba de embarazo, con sus dos malditas líneas rojas brillando como una condena a muerte. ​Él había dejado muy claro lo que pensaba sobre los hijos. Si se enteraba, me obligaría a deshacerme de mi bebé o me lo arrebataría para esconderlo del mundo, porque un Volkov no podía tener puntos débiles. ​Me pasé las manos por el rostro, tomando la decisión más aterradora y desesperada de mi vida. No podía volver a Volkov Industries. No podía volver a ver a Sebastian. ​Tenía que desaparecer hoy mismo, y tenía que hacerlo fingiendo que lo odiaba, para que él jamás viniera a buscarme.

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