Hilda
Se me estaba haciendo tarde y, si no recuperaba el tiempo perdido, Freedom nunca dejaría de echarme en cara el asunto. Y ni siquiera era mi culpa.
Freedom me había enviado un mensaje de texto hacía treinta minutos diciendo que le habían dado el alta en el hospital y que iba de camino al aeropuerto. Luego me preguntó si necesitaba que ella hiciera algo. Segura de que lo tenía todo bajo control, le dije que no se preocupara. Que yo me había encargado de todo.
Excepto que cometí el error de llamar a mamá y papá en lugar de enviarles un mensaje para avisarles que Freedom y yo estaríamos pronto en nuestro vuelo. Ellos sabían que Freedom estaba en el hospital, y me había sorprendido que no hubieran volado hacia aquí en cuanto colgué el teléfono con ellos aquel día. También me sorprendieron al no llamarme constantemente para saber cómo estábamos. Hasta que los llamé esta mañana, pensé que era porque confiaban en que yo podía encargarme de las cosas por mi cuenta.
Ahora sabía que era porque Freedom había estado llamando a la señorita Little cada mañana y cada tarde, preguntándole cómo me iba. Si Freedom solo hubiera estado preguntando cómo iban las cosas sin que yo tuviera traductora toda la semana, lo habría entendido y me habría parecido bien. Yo habría hecho lo mismo en el lugar de Freedom.
Excepto que ese no había sido el caso. Freedom le había pedido a la señorita Little que revisara cosas como mis hábitos alimenticios y si estaba durmiendo lo suficiente. Y luego, después de que Freedom colgaba con la señorita Little, llamaba a nuestros padres y les contaba los detalles.
En defensa de mis padres, Freedom no les había dicho que yo no sabía nada de las llamadas, pero eso no cambiaba el hecho de que ninguno de ellos había confiado en que yo pudiera cuidarme sola, ni en que pudiera encargarme del proyecto que yo misma había seleccionado, el que yo había querido hacer.
Darme cuenta de eso me impactó tanto que perdí el impulso. Mamá siguió hablando y no la interrumpí para decirle que debía irme. Al menos, no lo suficientemente pronto. Para cuando recordé mirar la hora, llevaba diez minutos de retraso y estaba completamente aturdida.
Para colmo de males, el auto que había programado para que viniera a buscarme se había ido porque yo no estaba allí esperando. Me tomó otros diez minutos conseguir un nuevo transporte, y para cuando subí al asiento trasero del taxi, me alegré de que hubiéramos decidido vernos una hora antes de que nuestro vuelo comenzara a abordar. Todavía podíamos llegar a tiempo, pero estaría muy ajustado.
A menos, por supuesto, que algo más decidiera salir mal.
Como un embotellamiento.
Estábamos a una milla de Neutral Ground y a mucho más que eso del aeropuerto, cuando el auto se detuvo por completo. Los autos a nuestro alrededor tocaban la bocina y una mirada rápida me confirmó que estábamos atrapados. Freedom y yo volvíamos a casa con menos de lo que trajimos, ya que habíamos traído una maleta entera de suministros para donar, pero lo que llevaba en el maletero seguía siendo demasiado para que yo sola lo cargara muy lejos.
Esto no era bueno.
Nada de esto era mi culpa, pero si Freedom y yo perdíamos el avión, solo les demostraría a todos que no podía cuidarme sola. Debería haber previsto, de alguna manera, cada obstáculo que me había retrasado. Debería haberme despertado una hora antes. Haber enviado un mensaje a mis padres en lugar de llamar. Haber colgado más rápido. Haberle dicho al taxi que esperara aunque yo llegara tarde. Haber tenido un auto de reserva.
Sí, todas esas habrían sido cosas geniales para hacer, pero yo no era vidente, así que no hice ninguna.
Y aun así, una voz en el fondo de mi mente insistía en que Freedom habría pensado en cada contingencia.
Saqué mi teléfono del bolso y miré la hora. Quince minutos de retraso y nada a nuestro alrededor se movía. Si tenía suerte, probablemente tenía otros veinte minutos antes de que Freedom llamara para ver qué pasaba. Si no tenía suerte, probablemente sería en cinco minutos, que era cuando le había dicho a Freedom que llegaría al aeropuerto.
Entonces, de repente, algo salió bien.
El tráfico empezó a moverse. No rápido, pero al menos en la dirección correcta. Justo antes del primer cruce, el conductor me miró y soltó algo en persa demasiado rápido para que yo lo captara. Abrí la boca para pedirle que repitiera, pero entonces dio un giro brusco que me lanzó contra la puerta. Hice una mueca por el dolor en mi hombro, pero al menos comprendí que me había estado advirtiendo que iba a girar.
Hubiera sido mejor saber que mi cinturón de seguridad no estaba precisamente firme.
De repente, pisó el freno a fondo y salí volando hacia adelante, apenas levantando la mano a tiempo para protegerme la cara. Me dolió la palma y me alegré de haber tenido los dedos extendidos, porque podrían haberse roto con el impacto. El conductor empezó a gritar, pero yo estaba casi segura de que los insultos no iban dirigidos a mí. Siempre me sorprendía lo rápido que se aprenden los insultos y las malas palabras una vez que el aprendizaje de un idioma pasa del aula a la aplicación práctica.
—Qué pas... —Las palabras se murieron en mi garganta al mirar a través del parabrisas y ver a tres hombres con armas acercándose al auto—. Váyase. —La palabra ni siquiera fue lo suficientemente fuerte como para que yo misma la oyera—. Maneje. —Tampoco fue mejor.
Les ordené a mis brazos y piernas que se movieran. Agacharse detrás de los asientos delanteros hasta que el conductor nos sacara de allí. Abrir la puerta y alejarme de ellos. Correr. Pelear.
Algo.
Cualquier cosa menos quedarme aquí sentada, congelada.
Freedom habría sabido qué hacer.
Ella habría sabido cómo decirle al conductor lo que debía hacer en un idioma que él entendiera. Daría instrucciones claras y decisivas, y si no las seguían, sabría qué hacer a continuación. Sabría si pelear o huir era la mejor opción. Sabría cómo hacer cualquiera de las dos. O ambas.
Lo que definitivamente ella no haría era quedarse sentada, viendo a tres hombres armados apuntar al auto. Gritar algo. Abrir la puerta y agarrarla del brazo.
Ciertamente no habría dejado que la sacaran a rastras del auto. Hacia la camioneta SUV de color oscuro donde un cuarto hombre estaba al volante. No se habría ido sin pelear. Sin gritar. Sin intentar hacer todo lo físicamente posible para liberarse.
No se habría quedado mirando la puerta trasera abrirse. No se habría subido a ese asiento trasero sin levantar una mano en su defensa.
Freedom habría peleado como el demonio para salvarme, para salvarse a sí misma.
Pero yo no era mi hermana, y no hice ni una sola cosa para evitar que me secuestraran en medio de una calle, en una soleada mañana de noviembre. En Irán.