La mañana siguiente al encuentro con los padres de Camila, Samuel revisaba su correo mientras tomaba café en la modesta mesa de su cocina. Estaba acostumbrado a los desafíos, pero sabía que lo que había enfrentado con los Valenzuela era solo el comienzo. El peso de sus palabras aún resonaba en su mente: “No subestimes lo que somos capaces de hacer.” Samuel no era un hombre que se intimidara fácilmente, pero también entendía la amenaza que representaban. Apenas comenzaba a planear cómo manejar la situación, su teléfono sonó. El número era desconocido, pero no dudó en contestar. —Samuel, soy Lucía Valenzuela —dijo la voz al otro lado de la línea, impecable y directa—. Necesitamos hablar. Esta vez sin distracciones ni malentendidos. Samuel miró por la ventana, pensando en lo lejos que los

