𝕻𝖗𝖊𝖋𝖆𝖈𝖎𝖔🪶
Para los hombres de la aristocracia griega, la sangre no es solo linaje: es superstición y legado. La familia de Cassandra siempre rigió sus vidas bajo una antigua creencia casi religiosa: el destino y la prosperidad de una estirpe aristocrática dependen exclusivamente del primer hijo varón. Para ellos, un primogénito representa la fuerza, la perpetuación de la fortuna y el favor de la buena suerte. La llegada de su primer hijo no solo fue una bendición, sino la confirmación de que el imperio familiar estaba destinado a la gloria.
Durante nueve años, el heredero creció en un pedestal, adorado como el pilar del futuro. La familia era perfecta, o al menos lo era hasta que la biología cometió un error insalvable.
Cuando la madre descubrió que estaba nuevamente embarazada, el tiempo ya se había agotado. Era demasiado tarde para deshacerse del proceso, demasiado tarde para borrar el descuido. El rechazo hacia esa nueva vida no nació cuando llegó al mundo; floreció en el vientre. Cada día de gestación fue considerado una afrenta, una intrusión no deseada en un hogar que solo tenía espacio para un único heredero. Y el desprecio se consolidó en tragedia cuando la partera anunció el sexo del bebé: una niña.
Para sus padres, Cassandra no fue una bendición, sino una maldición que manchaba la perfección de su linaje.
Sin embargo, el destino guardaba una última jugada. La abuela materna, una mujer matriarcal de la alta sociedad griega que jamás comulgó con el desprecio ciego de su hija y su yerno, vio en la pequeña recién nacida el verdadero futuro de la sangre. Apenas una semana después del nacimiento de Cassandra, la anciana falleció, pero no sin antes firmar un testamento inquebrantable: toda su fortuna personal, un patrimonio multimillonario capaz de eclipsar cualquier imperio, quedaba a nombre de su nieta.
Pero los padres, consumidos por la codicia y el rencor, encontraron la brecha legal para mantener el control. Una cláusula estipulaba que Cassandra jamás podría reclamar un solo centavo de esa herencia hasta el día en que se uniera en matrimonio.
Así comenzó la condena de Cassandra. Escondida en las sombras de la mansión, tratada como sirvienta y reducida al sótano, creció bajo el yugo de una familia que la odiaba por existir... mientras contaban en secreto los días para venderla al mejor postor y arrebatarle el tesoro que el destino le había otorgado.