Capítulo 2: Qué Esperabas, Chloe?

2694 Words
Hay días en los que te vistes para probarte a ti misma. Días en los que te pones la falda un poco más corta y el rímel un poco más cargado, solo para ver si alguien, si cierta persona, se da cuenta de que estás ahí. Hoy era uno de esos días. —¿Vas así? —preguntó Cami desde la puerta, apoyada en el marco, con los brazos cruzados y una ceja levantada. —¿Qué tiene de malo así? —respondí, girando sobre mis pies mientras ajustaba la falda. Un simple vestido n***o. Nada especial. Mentira. Era todo menos discreto. —No es que tenga algo malo —dijo, con una sonrisa ladeada que siempre me desarmaba—. Solo que es demasiado. Demasiado corto, demasiado bonito, demasiado Samuel va a perder la cabeza. Rodé los ojos, fingiendo fastidio, aunque por dentro me temblaba algo que no sabía nombrar. —Voy con Matías, ¿recuerdas? —Sí, claro —asintió, con ese tono de “no me tragas tu novela”—. El florero con cara bonita. Un tipo muy, decorativo. Solté una carcajada mientras me aplicaba el labial. Cami siempre lanzaba sus verdades como si fueran chistes. No gritaba, no era escandalosa. Pero te dejaba pensando. Siempre. —No me arreglo por Sam —mentí, tan fluida como quien ya lo ha ensayado en todos los espejos del planeta. —Claro que no —rió bajito—. Tú solo quieres que Sam se quede sin aire cuando te vea entrar. Pura casualidad, ¿no? Me miré al espejo. Y ahí estaba yo. Con las mejillas un poco más rosadas, con el corazón un poco más rápido. Con la esperanza tonta de que, esta noche, él me mirara. De que notara que estaba ahí. —No importa —susurré, ajustándome los aretes—. Es solo una fiesta. Solo un chico. —Y solo un corazón al borde del colapso —remató Cami, como quien te deja la última ficha en la frente—. Vamos, preciosa. A romper algunas reglas. —Sam es mi mejor amigo, Cami. —Sí, claro —asintió, con una sonrisa que ya no se molestaba en disimular—. Porque todas nos vestimos así para nuestros mejores amigos, ¿verdad? Le empujé el hombro mientras salíamos. Ella me respondió con otro empujón, pero suave, con cariño. —No me pongas nerviosa —reí. —¿Yo? Por favor. La nerviosa eres tú desde que Sam te mira como si fueras su lugar favorito en el mundo. Me quedé en silencio. Porque lo sabía. Porque era cierto. Y porque no sabía si quería que me mirara. O que, por fin, dejara de hacerlo. La música era escandalosa, vibrante, demasiado alta como para escuchar mis propios pensamientos. Matías me saludó con su sonrisa fácil, esa que parecía entrenada en el espejo. —¡Ey, Chloe! Qué bueno que viniste, pensé que me ibas a dejar plantado. —Tú tranquilo, siempre cumplo —le sonreí, aunque por dentro ya me quería ir. Me pasó el brazo por los hombros, como quien cuelga una mochila, y me llevó directo a la pista. Bailaba bien, eso no se le podía quitar. Se movía con seguridad, con ese aire de “miren lo bien que lo hago”, pero sus pasos se sentían coreografiados. Sin alma. —Te ves muy guapa hoy, por cierto —soltó, entre movimientos exagerados—. Me encanta tu vestido. Te hace como, ver alta. “¿Ver alta?” Tragué la risa. Ni siquiera me estaba mirando de verdad. Solo decía cosas genéricas porque era lo que había que decir. —Gracias —respondí, balanceándome al ritmo de la música—. ¿Tú te ves, como siempre? —Obvio, siempre impecable —me guiñó el ojo, más entretenido con su propio reflejo en una columna de espejo que conmigo. Me reí, porque era lo más fácil que podía hacer. Porque Matías era cómodo. Porque Matías no dolía. Me dejé llevar por la música. Él hablaba. Y hablaba. Me contó cómo había metido un gol en el entrenamiento, cómo había subido doscientos seguidores en una semana, cómo quería ir a una fiesta mejor después porque “esta se ve medio muerta”. No me preguntó nada sobre mí. Y cuando lo hizo, fue por cumplir. —¿Y tú? ¿Cómo vas? ¿Bien? —me lanzó, mientras sus ojos revisaban a quién más había en la fiesta. —Perfecto —le respondí. Porque no importaba. Porque él no estaba escuchando. Me giré, cansada. Agotada de fingir. Y entonces lo vi. Y ahí estaba Sam. Entre la gente, con Clara aferrada a su brazo. Él con su camisa azul arremangada, despeinado, sonriendo a medias. Pero su sonrisa no era para Clara. Era para mí. Aunque no lo admitiera. Aunque no pudiera decirlo. Nuestros ojos se engancharon. El tiempo se dobló. Ya no escuché la música. Ya no vi a Matías. Solo estaba él. Mirándome. —¿Chloe? —Matías me sacó de golpe—. ¿Quieres otra bebida? Tú aquí te ves como que tienes sed. —Sí, gracias —le respondí Cuando volvió, lo hizo sin el vaso. Ni se molestó en disimular que lo había olvidado. —¿Y mi bebida? —pregunté, cruzándome de brazos. —Ah, y lo del trago —dijo, riéndose, como si fuera gracioso—. se me olvidó, pero ahorita traigo otro. Creo. Me reí sin ganas. Él me pasó el brazo por la cintura como si yo fuera su ticket de entrada a algo mejor. —Me encontré con unos compas, ¿vamos a otra fiesta después? Esta ya me aburrió. —Sí, claro —dije, porque ya daba igual. —¿Sabes? Hoy te ves hermosa. Tal vez después deberíamos ir a algún lugar, tú y yo —me dijo, guiñándome un ojo, como quien cree que acaba de decir algo irresistible. Lo soltó tan fácil, tan mecánico, tan sin alma, que me dieron ganas de reírme. Como si yo fuera un premio de consolación. Como si no importara quién estuviera a su lado, mientras tuviera compañía para cuando se aburriera de la fiesta. Me miró solo un segundo. Ni siquiera esperó mi respuesta. Su atención ya estaba paseando por la pista, por las luces, por cualquier otra cosa que le interesara más que yo. La música golpeaba, el aire era denso y las luces me picaban los ojos. Y Sam seguía ahí. Clara seguía hablando. Pero él no la escuchaba. Él me buscaba. Él me perseguía con la mirada. Me ardió el pecho. Y me odié un poco por seguir sintiendo esto. Por seguir creyendo que tal vez. Tal vez, esta vez, era diferente. —Oh, mira, ahí está Santi —dijo Matías de repente, distrayéndome. Levantó la mano como si hubiera encontrado a su verdadero plan de la noche—. Vamos a saludarlo. Lo seguí entre la gente mientras él revisaba su celular, soltando risitas en voz baja con cada notificación que le llegaba. Cuando llegamos con su amigo, apenas se giró hacia mí. —Ey, te robo a Chloe un momento —dijo una voz familiar, antes de que pudiera decir nada. Era Lara, con esa sonrisa traviesa, esa energía que siempre te descoloca. Se enganchó de mi brazo como si llevara horas esperándome. —¿Me la cuidas? —bromeó, mirándolo como si él estuviera de sobra. —Claro, ahorita nos vemos —respondió Matías, casi aliviado, volviendo a enfocar toda su atención en Santi y su teléfono. Ni un intento de retenerme. Ni un “¿estás bien?” Ni un “te busco después.” Nada. Solo un ahorita nos vemos vacío. —Vámonos —me dijo Lara, jalándome entre la gente—. Te veo con esa cara de funeral desde hace rato. —No estaba tan mal —intenté defenderme. —Por favor —bufó ella—. Ven, vamos a bailar. Te prometo que no te voy a dejar sola ni cinco segundos. Me dejé arrastrar hasta la pista. La música nos golpeaba por todos lados, como si quisiera obligarnos a olvidarnos de todo. —No lo mires más —me dijo Lara, la amiga que me arrastró a la pista. Siempre estaba sonriendo. Siempre quería que todo se resolviera con un trago y un buen baile. —Si lo miras más, te vas a derretir. Y él no lo merece. —No estoy mirándolo —mentí, dando un sorbo largo a mi bebida. —Sí, claro. Y yo soy una monja —se rió, pasándome otro vaso—. Tómate esto. Te va a soltar el cuerpo. Vas a bailar y te vas a olvidar del idiota. Yo sabía que no iba a olvidarlo. Yo sabía que Sam me estaba mirando. Pero me tragué la bebida igual. Porque dolía menos que mirarlo bailar con Clara. Porque dolía menos que admitir que seguía siendo mi debilidad. —Vas a bailar, vas a reír, y vas a dejar de hacerle espacio en tu cabeza —insistió Lara, jalándome de la mano hacia la pista—. Hoy es para ti. No para él. Bailé. Reí. Tomé otro trago. Y fingí que estaba bien. —¡Eso! ¡Vas a cerrar con broche de oro! —me gritó divertida, como si todo fuera un juego. Como si no viera lo que yo estaba viendo. Matías volvió con sus amigos. Yo me acerqué sin querer y escuché lo que nunca quise escuchar. —Sí, hoy seguro cae —se reía él, sobrado, con ese tono de “lo tengo asegurado”—. Está medio tomada, ya está. Mi estómago se encogió. Mi cara ardió. Las palabras que escuché me perforaron el pecho. No necesitaba oír más. No quería. La música me pareció lejana. El aire, espeso. El vaso en mi mano, vacío. Las risas de los otros se convirtieron en un eco hueco, en un zumbido molesto, como si el mundo hubiera seguido girando sin mí. Lara se fue a bailar con un tipo, riéndose, disfrutando, como si las cosas fueran más fáciles para ella. Como si la fiesta pudiera salvarnos. Mientras yo Me escapé sin que nadie lo notara. Ni Matías. Ni Lara. Ni Sam. Me fui al baño a respirar, a salpicarme la cara, a ver si me quitaba este mareo, este asco, este nudo. Spoiler: no funcionó. Me apoyé en el lavabo con las manos temblorosas, jadeando como si hubiera corrido kilómetros. El agua fría me resbalaba por las mejillas, pero no apagaba nada. Me miré al espejo. Los ojos rojos, las mejillas encendidas. Las lágrimas, ahí, a punto de caer, peleando por salir. —¿Qué esperabas? —murmuré. ¿Qué esperaba? ¿Que Sam me detuviera? ¿Que Matías fuera diferente? ¿Que un trago me arreglara el corazón? Me agarré al lavabo como si pudiera sostenerme a mí misma. Como si pudiera arrancarme este nudo con las uñas. Como si pudiera fingir que no me estaba desmoronando por dentro. —¿Qué esperabas, Chloe? —repetí, más fuerte. Que él me mirara y me eligiera. Que me sacara de esta fiesta. Que me sacara de este vacío. Cerré los ojos con fuerza. Respiré hondo. Me salpiqué otra vez, como si el agua pudiera limpiar lo que yo estaba manchando. Y entonces lo sentí. La puerta del baño se cerró a mi espalda. —Está ocupado —dije automáticamente, sin girarme, con la voz rota y el alma peor. No esperaba que entrara. No esperaba que fuera él. Me giré, a punto de reclamar, pero me congelé. Era Sam. Se acercó sin esperar permiso. Con pasos rápidos. Con las cejas fruncidas y esa mirada que siempre me leía mejor que yo. —Hey, hey, hey, cariño —murmuró, y el apodo me desarmó—. ¿Qué pasa? Me sostuvo el rostro con sus manos tibias, grandes, como si sostenerme fuera lo único importante en el mundo. —¿Qué pasa, Chloe? —repitió, con la voz preocupada, casi suplicante, como si necesitara que le dijera algo, cualquier cosa. No pude responder. No pude mirarlo. El agua me chorreaba por las mejillas, pero ya no sabía si era del lavabo o de mis lágrimas. Él tomó una toalla de papel, la humedeció con agua fría y comenzó a secarme el rostro con una delicadeza que me rompió. —Mírame —me pidió, suave pero firme—. Mírame, Chloe. No podía. Me dolía. Mirarlo era admitirlo. Mirarlo era entregarme. Me negué, apretando los ojos, como si eso pudiera protegerme. Pero él no lo permitió. Me sostuvo con cuidado, pero con fuerza. Con las manos en mis mejillas, obligándome a levantar la mirada. —¿Te hizo daño? —preguntó, con la voz tensa, con un filo en las palabras que no le conocía—. Dime, Chloe. ¿Lo hizo? —repitió Sam, con un temblor en la voz que me rompió. Negué rápido, demasiado rápido, porque si lo decía en voz alta, me iba a desbordar. Porque si lo admitía, me iba a derrumbar. —No. No —murmuré, aunque era mentira. Matías no me había tocado. Pero me había hecho daño. Sam no sabía que el daño me lo había hecho él. Mis labios se entreabrieron. Tenía la palabra a punto de caerme. Te quiero. Te quiero. Te quiero. Te quiero. Me negué, apretando los ojos, como si eso pudiera protegerme. Pero él no lo permitió. Me sostuvo con cuidado, pero con fuerza. Sus manos en mis mejillas, su pulgar temblando, su respiración rozándome. —¿Te hizo daño? —preguntó, con un filo en la voz que me atravesó—. Dime, Chloe. ¿Lo hizo? Negué. Rápido. Torpe. Demasiado rápido. Porque si lo decía, me iba a romper. —No. No —mentí, aunque por dentro gritaba. Matías no me había tocado. Pero me había hecho daño. Sam no sabía que el daño me lo había hecho él. Me miraba como si yo fuera lo más delicado que había sostenido nunca. Como si pudiera arreglarme con solo estar ahí. —No me gusta verte así —murmuró, bajando la frente hasta apoyarla contra la mía—. No me gusta que estés con alguien que no te cuida. El calor de su piel me quemaba. Sus dedos me acariciaban las mejillas como si tuviera miedo de que desapareciera. —Merezco esto, ¿sabes? —susurré, sintiéndome pequeña—. Lo elegí. No fue su culpa. Fui yo. —Tú no mereces sentirte así —dijo, más firme, como si estuviera a punto de pelearse con el mundo por mí. —¿Y qué merezco, Sam? —Mereces que alguien te cuide. Que te mire como yo te miro. Que te elija. Que te abrace cuando estés a punto de caer. Mereces que alguien se quede. Yo… Se mordió el labio. Lo vi dudar. Lo vi contenerse. Sus dedos se deslizaron hasta la línea de mi mandíbula. Su pulgar rozó la comisura de mis labios, como si no supiera que eso era un incendio. —Me importas más de lo que debería —murmuró, bajando la mirada a mis labios—. Más de lo que es sano. Más de lo que puedo controlar. El aire era tan denso que me costaba respirar. Su nariz rozó la mía. Estábamos al borde. Al borde de todo. Mis labios se entreabrieron. Las palabras se me escaparon. —Te quiero —se me salió, en un susurro cargado de alcohol, de miedo, de deseo. Abrí los ojos, congelada. Lo había dicho. Lo dije. Vi sus ojos dilatarse, su sorpresa, su respiración acelerarse. —¿Qué dijiste? —murmuró, buscándome. —Yo —me aparté de golpe, como si quemara—. No, yo, no debí, yo me tengo que ir. Me giré. Abrí la puerta. Huí. Lo dejé ahí. Con las manos en el aire. Con la respuesta en los labios. Con la promesa en los ojos. Me fui sin mirar atrás. Porque si lo miraba, no me iba a ir nunca. Demasiado cerca. Demasiado tarde. Demasiado yo.
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