Hay noches que se pegan a la piel.
No importa cuánto las laves, cuánto las llores, cuánto las quieras olvidar.
Hay noches que te siguen.
Y esta era una de esas.
Cuando llegué a casa, arrastrando los pies, lo primero que escuché fue la voz de mi hermana.
—Ey, ¿qué cara es esa? —preguntó Sofi desde la cocina, sin dejar de sacar las palomitas del microondas—. ¿Qué pasó ahora? ¿Se cayó tu ídolo de las redes? ¿Te cancelaron al grupo favorito?
Solté una risa floja. Esa que te sale cuando estás demasiado cansada para fingir.
Ella siempre sabía cómo desarmarme.
Siempre sabía cómo sacarme del pozo, aunque esta vez, el pozo fuera más profundo.
—Me pasó Sam —confesé, dejándome caer en el sillón con las manos cubriéndome la cara—. No sé qué hacer, Sofi. No sé qué hice.
—Dime algo nuevo —bufó ella con una sonrisa cómplice—. Ese chico te pasa desde hace años.
—No, no entiendes —susurré, tragando las lágrimas que ardían en la garganta—. Hoy fue diferente. Hoy lo dije.
Le conté todo.
Cómo me encontró en el baño.
Cómo me sostuvo como si me estuviera salvando.
Cómo le mentí.
Cómo me miró.
Cómo se me escapó el “te quiero” como si no lo hubiera estado guardando durante años.
Y cómo huí.
Porque, al final, siempre huía.
Incluso de él.
Sofi se sentó a mi lado, cruzando las piernas, dándome ese espacio y al mismo tiempo no dejándome caer.
—Eres una cobarde —me dijo, sin anestesia, pero con amor—. Y como buena cobarde, te voy a secuestrar.
—¿Qué?
—Vacaciones. Solo tú y yo. Aire nuevo. Nada de Sam. Nada de Matías. Nada de esta ciudad que te está ahogando.
Lo tengo todo listo. Solo empaca lo básico. El vuelo sale en la madrugada.
—¿Sofi, eso es en unas horas? —pregunté, sin poder creerlo, con el corazón aún tambaleando.
—Exacto —dijo con una sonrisa triunfal—. Lo bueno no se planea tanto. Hazme caso, te va a sentar bien. Aire nuevo, cabeza nueva. Nada de Sam, nada de Matías, solo tú y yo.
Me reí, porque así era ella. Mi refugio. Mi escape.
—Está bien —cedí, sin pensarlo mucho—. Vamos.
Esa noche no abrí el celular.
No contesté los mensajes de Sam que empezaron a llegar como disparos en la noche.
No quise verlo. No quise escucharlo.
Era más fácil así.
Era más fácil dejarlo colgado que enfrentar lo que sentía.
Nos subimos al coche a las cuatro de la mañana.
La ciudad estaba dormida. Las calles vacías. Las luces parpadeaban como si el mundo entero estuviera en pausa.
El taxi olía a cigarro viejo. La radio apenas sonaba de fondo.
Sofi me hablaba, pero yo estaba lejos.
Seguía escuchando mi voz en el baño.
Seguía escuchando mi “te quiero” rebotando en las paredes.
Seguía sintiendo sus manos sosteniéndome.
—Chloe —me llamó Sofi—. ¿Estás aquí?
—Estoy —mentí, como siempre.
Ella me lanzó una mirada traviesa.
—Después de estas vacaciones vas a regresar renovada. Te lo prometo —dijo Sofi, con esa seguridad que solo ella manejaba—. Vamos a levantar ese ánimo, Chloe. Vamos a sacudirte esa tristeza como quien sacude la arena de las toallas.
—¿Tú crees? —murmuré, jugando con el borde del cojín.
—Lo sé. Y cuando volvamos, vas a hacer algo increíble. Vas a buscarlo. Vas a mirarlo a los ojos. Y le vas a decir, sin tartamudear, lo que de verdad sientes.
—¿Y si me rechaza?
—No lo va a hacer —me aseguró, como si fuera la cosa más obvia del mundo—. Y si lo hace, me avisas y le rompo la cara. O al menos le pincho las llantas.
Solté una carcajada, porque así era ella. Mi hermana, mi armadura, mi banda de guerra personal.
—¿Y si y si me congelo? —pregunté en voz baja—. ¿Y si me tiemblan las piernas?
—Entonces le agarras la cara, lo besas tú y asunto arreglado —me dijo, con una sonrisota—. Alguien tiene que tomar la iniciativa. Ya fue suficiente de sufrir en silencio.
—Tú siempre tan valiente —le dije, medio en broma, medio en serio.
—Yo solo quiero verte feliz, Chloe. Y quiero que dejes de cargar con todo sola. Quiero que entiendas que sentir no es perder, que decir lo que sientes no es un fracaso. Es vivir. Y que si vas a besar a alguien, hazlo bien, hazlo épico, hazlo con todo. Como en las películas, ya sabes.
Me lanzó una almohada a la cara y ambas estallamos en carcajadas.
—¿Prometido? —pregunté, sintiéndome un poco más ligera.
—Prometido —me guiñó un ojo—. Además, te apuesto lo que quieras a que cuando regreses, él te va a besar primero. Me lo vas a deber.
—¿Y qué quieres si gano?
—Un mes entero de lavar los platos. Y un helado diario. De chocolate, por supuesto.
—Trato hecho.
El taxi se llenó de nuestras risas.
De esa ligereza rara que te da la esperanza cuando empiezas a creer que todo puede mejorar.
El semáforo parpadeó en rojo.
El taxi frenó.
Un bostezo.
Una canción a medio volumen.
El corazón un poco más ligero.
El verde apareció.
El coche avanzó.
por un segundo, todo estuvo bien.
Hasta que no lo estuvo.
Una luz se coló por la ventana.
Demasiado cerca.
Demasiado rápido.
Un claxon.
Un golpe seco.
Un estallido de vidrio.
El taxi giró.
El mundo giró.
Todo se desdobló en segundos rotos.
El impacto me lanzó hacia un lado.
Mis manos buscaron algo que ya no estaba.
El grito de Sofi se me quedó tatuado en los oídos.
El tiempo se quebró.
El taxi se detuvo.
El conductor salió corriendo a pedir ayuda.
Yo me quedé atascada en la escena.
En el dolor.
En la sangre.
—Sofi —balbuceé, con la voz hecha trizas—. Sofi, abre los ojos. Vamos, no me hagas esto.
Sacudí sus hombros.
Le grité.
Le supliqué.
Pero Sofi ya no estaba.
El corazón un poco más ligero.
La sonrisa que me salvó esa noche.
El trato.
El helado.
Los platos.
Todo se quedó suspendido.
Todo se rompió.
Cuando me sacaron del taxi, mi cuerpo temblaba, pero estaba de una pieza.
Casi ilesa.
Solo un par de rasguños.
La ironía más cruel.
Salí viva.
Ella no.
Me dijeron que no fue mi culpa.
Que el otro conductor iba distraído.
Que la velocidad.
Que las luces.
Pero lo fue.
Fue mi culpa por estar ahí.
Fue mi culpa por ser yo la que debería haberse ido.
Y desde esa noche, ya no respondí los mensajes de Sam.
Ya no respondí a nadie.
No quería hablar.
No quería sentir.
No quería quedarme.
Así que me fui.
Me fui a otra ciudad.
A otro colegio.
Lejos de Sam.
Lejos de todo.
Lejos de Sofi.
Porque a veces huir es lo único que te mantiene respirando.
Aunque por dentro te estés muriendo.