Los lugares no cambian. Las personas, sí.
Eso lo entendí cuando el taxi me dejó frente a la casa de siempre.
Las calles seguían siendo las mismas. Los árboles, iguales, un poco más altos tal vez. La puerta vieja que siempre rechinaba al abrirse. Todo seguía igual, menos yo.
Habían pasado cuatro años desde la última vez que pisé este lugar.
Cuatro años desde que desaparecí sin dar explicaciones. Desde que cerré la puerta y dejé a todos atrás. Desde que me tragué las llamadas, los mensajes, las lágrimas. Desde que decidí que lo mejor era huir.
Y aun así, aquí estaba.
Volviendo. Porque a veces las madres saben empujar donde más duele.
“Vuelve, Chloe. Termina lo que empezaste.”
Terminar mi maestría aquí. En este lugar que todavía huele a pasado. En esta ciudad donde cada esquina me recuerda a ellos. A él.
Tragué saliva cuando vi el campus al fondo. Todo seguía igual. Las bancas, los pasillos, los árboles que solíamos trepar en las tardes eternas de verano.
Nada había cambiado.
Solo yo.
—¡Chloe! —La voz me atravesó antes de que pudiera respirar.
Cami me envolvió en un abrazo apretado, casi aplastante, como si quisiera asegurarse de que no me escapara otra vez.
—¿Por qué te fuiste? —preguntó ella, la voz temblorosa—. ¿Por qué desapareciste así?
—Tus papás no nos quisieron decir a dónde te habías ido —añadió Val, abrazándome por el otro lado, con sus ojos brillando de rabia y alivio al mismo tiempo—. ¡Nada! No contestaron nada. Como si te hubieras desvanecido.
El nudo en mi garganta me arañó desde dentro.
Me había preparado para sus reclamos, para el rechazo, para el silencio. Pero no para esto. No para que me abrazaran como si todavía me quisieran. Como si todavía me estuvieran esperando.
—Perdón —susurré, mi voz resquebrajándose—. Yo no supe cómo quedarme. No supe cómo decirlo.
Cami negó con la cabeza mientras me apretaba más fuerte.
—Idiota —murmuró, pero sonrió.
Val asintió como si con eso selláramos un pacto silencioso: estaba bien volver. Estaba bien empezar de nuevo con ellas.
Pero no con todos.
Lo sentí antes de verlo.
Una presencia. Una herida que nunca cerró.
Mi mirada lo buscó entre la multitud, y ahí estaba: Sam.
Más alto. Más fuerte. Más guapo de lo que mi memoria permitía.
Rodeado de Liam, Dylan y otros más, riéndose, bromeando como siempre. Su sonrisa seguía intacta. Su voz seguía cálida con todos.
Hasta que sus ojos se cruzaron con los míos.
El tiempo se detuvo.
Su sonrisa se congeló.
El brillo en sus ojos se apagó.
Su cuerpo se tensó, como si verme hubiera sido un golpe directo en el pecho.
Mis pies querían moverse.
Quería acercarme. Quería saludarlo. Quería decirle tantas cosas.
Pero Sam solo desvió la mirada.
Frío. Cortante. Indiferente.
Como si yo no fuera nadie.
Como si no hubiera significado nada.
El golpe fue seco.
Silencioso.
Devastador.
Porque él seguía siendo Sam.
El que siempre protegía a los suyos.
El que hacía reír a todos.
El que iluminaba la habitación.
Pero ya no era mi Sam.
Y yo me había ganado ese castigo.
Los días siguientes fueron un infierno lento. No porque la ciudad me pesara. No porque los horarios fueran imposibles. No porque la carga académica me abrumara.
No. Fue Sam.
Su presencia era constante. Estaba en todas partes. En los pasillos, en las reuniones, en las comidas improvisadas. En cada conversación donde yo era una sombra, un ruido de fondo.
Él reía. Bromeaba. Seguía siendo ese chico que sabía cómo tener a todos de su lado.
Menos a mí.
Cuando yo entraba a un lugar, él salía.
Cuando hablábamos en grupo, sus respuestas nunca eran para mí.
Cuando Cami me jalaba para que me sentara con ellos, Sam siempre encontraba algo que hacer. Algo que lo mantuviera lejos. Lejos de mí.
Y, por supuesto, las preguntas incómodas nunca faltaron.
—¿Qué pasó entre ustedes? —me susurró Cami un día, mientras revisábamos nuestras notas en la cafetería—. Sam no era así. ¿Qué le hiciste?
¿Qué le hice?
Todo.
Le hice todo.
Pero no lo dije. Me limité a encogerme de hombros y sonreír como si no me quemara por dentro.
Val intentaba suavizar las cosas, como cuando propuso ir juntos a la inauguración de un nuevo bar.
—Vamos todos —dijo ella, con esa sonrisa que parecía capaz de resolverlo todo—. Como antes.
—Tú decides, Liam —fue lo único que Sam respondió, sin mirarme—. Da igual quién venga.
Me tragué la punzada. Otra vez.
Como si cada palabra suya, tan neutra, tan deliberadamente impersonal, fuera un recordatorio de que para él yo ya no existía.
Pero lo peor fue cuando lo vi con otras chicas.
Cuando noté cómo se inclinaba un poco para escucharlas. Cómo se reía. Cómo las hacía sentir especiales.
Así como solía hacerlo conmigo.
Y no, no le debía explicaciones.
Pero mi corazón. Mi corazón seguía creyendo que sí.
Intenté convencerme de que ya no me importaba. De que era normal que hablara así con otras. Que riera así. Que tocara así.
Pero no era normal. No para mí.
No cuando había pasado tanto tiempo imaginando cómo sería volver a verlo. No cuando cada versión de este reencuentro en mi cabeza era diferente, menos esta.
Menos él, sonriendo para todas.
Menos yo, tragándome la rabia, la culpa y las ganas de sacudirlo.
—¿Estás bien? —preguntó Cami, dándose cuenta de que había dejado de seguir la conversación.
Mentí.
—Sí, estoy bien.
Mentí. Otra vez.
Como siempre.
Mis manos temblaban dentro de los bolsillos mientras observaba cómo él apoyaba el brazo en la pared, cómo bajaba la mirada para escuchar a una chica rubia que, honestamente, no me importaba quién era.
No me importaba.
No me importaba.
No me importaba.
Mentí.
¿Siempre había sido así de guapo? ¿Siempre había tenido esa facilidad para dejar que las palabras resbalaran de sus labios como si fuera dueño de cada letra?
¿O era que yo ya no tenía acceso a ese Sam?
Me mordí el interior de la mejilla con tanta fuerza que casi me sangré.
Me forcé a mirar a otro lado.
Me forcé a respirar.
Y entonces, sin pensarlo, sin planearlo, mis pasos me llevaron directo hacia él.
Lo vi reírse.
Lo vi acomodarse el cabello como solía hacerlo cuando se sentía cómodo.
Lo vi mirarla como solía mirarme a mí.
Me detuve a medio metro.
Abrí la boca.
Él se giró hacia mí.
Sus ojos me vieron.
Por un segundo, creí que iba a decir mi nombre.
Que iba a soltar una broma.
Que iba a sonreír.
Que iba a decir algo que me salvara de este hundimiento.
Pero en lugar de eso, solo se limitó a asentir. Un saludo mudo.
Educado.
Cortés.
Y después siguió hablando con la otra.
Como si yo fuera una hoja arrastrada por el viento.
Como si nunca hubiéramos sido nada.
Como si nunca le hubiera roto el corazón.
Como si nunca me hubiera roto el mío.
Y tal vez me lo merecía.
Pero no dolía menos por eso.