Capítulo 1

529 Words
Dicen que uno no sabe que está viviendo los mejores días de su vida hasta que ya pasaron. Hasta que ya no están. Hasta que la persona que siempre estuvo a tu lado deja de estarlo. Y tú ni siquiera sabes en qué momento se te fue. Yo tampoco lo supe con Sam. Solo recuerdo que salíamos del campus, como siempre. Que yo llevaba mi café, como siempre. Y que él me sonreía como si fuera lo más fácil del mundo. Cómo siempre. Lo conocía de memoria. Excepto por una cosa. Excepto por cómo, sin permiso, se me había metido bajo la piel. —¿Quieres que te acompañe a la tienda? —preguntó Sam, dándome ese empujón suave que era su forma favorita de decir te cuido. —¿Y perderte el entrenamiento de hockey? —me burlé—. Jamás me lo perdonaría. Tus fans morirían de tristeza. —Me importa más molestar a la chica del café que perseguir un disco de plástico. —Oh, por favor, Samuel —resoplé—. Si no vas, se te va a caer la reputación de rompecorazones. —¿Y tú? —preguntó, mirándome de lado, con esa media sonrisa que me desarmaba—. ¿Tú te deprimirías si me voy? El aire se atascó en mi garganta. Una fracción de segundo. Un tropezón en el corazón. —No, por supuesto que no —bromeé, recuperando la compostura—. Solo perdería a mi transporte público personal. Y quién va a cargarme las mochilas, ¿eh? Él rió. Pero había algo distinto. Algo que no entendí hasta mucho tiempo después. —Hoy salgo con Clara —dijo, como quien deja caer una piedra en un lago. No sé por qué me dolió tanto. Bueno, sí lo sabía. Pero preferí mentirme. —Genial —sonreí, como si no pasara nada—. Diviértete. Lo odié. Por no darse cuenta. O quizá sí lo sabía. Y jugaba a ignorarlo. —¿Vas a ir mañana a la fiesta de la escuela? —preguntó, fingiendo desinterés. —Sí —respondí, girando el vaso de café entre mis manos—. Matías me invitó. Sus dedos se tensaron sobre la correa de la mochila. Fue un detalle mínimo. Pero lo vi. Yo siempre veía esas cosas en Sam. —Matías —repitió, masticando el nombre como si le supiera amargo. —Sí. El que juega fútbol. Alto, simpático, buen bailarín. —Y con cero cerebro —añadió, con su sonrisa torcida. —No seas así —me reí, aunque me gustó que le molestara—. Además, tú no me invitaste. —No suelo invitar a chicas que siempre me ganan en Mario Kart —se burló. —Miedo, lo entiendo. —¿Sabes qué? Si mañana te cansas de tu cita, búscame. —¿Para qué? —Para recordarte quién es tu lugar seguro. Me lo dijo como un chiste. Pero no era un chiste. Lo sabía. Y lo odié por no decirlo en serio. —Nos vemos mañana, Chloe. —Nos vemos, Sam. Lo vi alejarse. Quise detenerlo. Pero no lo hice. Porque aún no sabía que lo estaba perdiendo.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD