Gracias, Dani, y deja la formalidad, estamos en confianza - dije con una sonrisa genuina, era una de las pocas chicas que había visto crecer, y aunque suelo ser fría con la mayoría, con ella era distinto, al ser hermana de Gustavo y provenir de una familia cercana a la de Matheo, nuestras vidas se habían entrelazado inevitablemente, en todas esas convivencias forzadas, había llegado a conocer a esa gran chica llena de sueños.
Lo sé, pero aún estoy en horario laboral y prefiero mantenerlo - respondió Daniela con una sonrisa comprensiva mientras terminaba de servir los cafés y mi chocolate, Matheo me conocía tan bien que siempre sabía qué pedir para mí - Adicionalmente, me atreví a traer unas galletas de chocolate que estaba haciendo, están recién horneadas, sé que les gustan.
Gracias, lo había olvidado por completo - dijo Matheo, y por fin una sonrisa auténtica se dibujó en sus labios - Tenía la cabeza hecha un lío desde hace rato.
Y por lo que veo, aún lo estás - dijo Daniela con una sonrisa comprensiva - Nos vemos
Daniela, tranquila gracias - intervino mi padre con calidez - Tus galletas siempre son bien recibidas.
De nada, con su permiso - respondió ella, saliendo de la oficina y cerrando suavemente la puerta tras de sí.
El clic de la cerradura marcó el regreso a nuestra realidad, un silencio denso llenó la habitación durante unos segundos, hasta que mi padre, con un gesto pensativo, rompió el hielo.
¿En qué habíamos quedado? - preguntó, como si buscara en su memoria, aunque sabía perfectamente la respuesta - Ahh, claro,en la cena de compromiso.
Padre... —quise intervenir, una última protesta nacida del pánico y la confusión, pero me cortó de inmediato con un ademán firme.
Nada de padre, ni objeciones, hija, tu viaje a la Hacienda La Esmeralda es dentro de un mes - declaró, y aunque una sonrisa amable no abandonaba su rostro, su tono de voz era acero - Y quiero que se vayan a la hacienda estando comprometidos.
Sus palabras, cargadas de una determinación que no admitía réplica, sellaron nuestro destino, no era una sugerencia, ni una idea, era un plan ya trazado, y nosotros éramos las piezas que debían moverse según su diseño, la mirada de Matheo se encontró con la mía, y en ella solo pude ver el mismo reflejo de mi propia resignación.
Es un hecho que me casaré con Matheo, y no importa cuánto nos opongamos, ahora, el matrimonio en sí ya no es mi mayor preocupación, mi verdadero terror es tener que volver a ese maldito pueblo donde habitan todos mis fantasmas, donde sigue estando él.
Aquel que se suponía era el amor de mi vida, pero que terminó destruyéndome a sus pasos, no fue un simple desamor, fue un puñal directo al corazón que me dejó sin aliento, y no se conformó con eso jugó con mis sentimientos hasta pulverizar por completo mi corazón, ese dolor me llevó a hacer una promesa solemne: nunca más volvería a entregar mi corazón. Es precisamente por eso que me opongo a este matrimonio, Matheo no merece cargar con alguien tan rota como yo, no merece estos pedazos que quedaron después del huracán, pero si ésta es la última palabra de mi padre, lo acepto, ya no hay vuelta atrás. Solo me queda prepararme para enfrentar tanto los fantasmas de mi pasado como el futuro que me espera junto a Matheo, por lo menos sé que él jamás me haría daño, más bien, creo que soy yo la que podría lastimarlo a él, con mis muros y mis silencios.
Ahora, tomen sus tazas de café y chocolate, o se enfriará - dijo mi padre, devolviéndome bruscamente a la realidad.
Mi mirada se posó en las tazas que descansaban en el escritorio, extendí la mano y tomé la mía con los dedos levemente temblorosos, me llevé la taza a los labios y di un sorbo, el chocolate es, y siempre será, mi debilidad, su sabor único y reconfortante, ese dulzor amable que Matheo sabía que necesitaba, comenzó a transmitirme una tenue calma, un pequeño ancla en medio del mar de incertidumbre en el que navegaba.
No te haremos cambiar de parecer - dijo Matheo, mirando a mi padre con una resignación que hablaba de batallas perdidas, luego, llevó la taza a sus labios y dio un sorbo a su café, amargo y fuerte, tal como siempre le gustaba, era una de las pocas constantes que lo tranquilizaban en medio del caos.
Está bien - concedió, y entonces su mirada se posó en mí, no era una mirada de derrota, sino de una determinación serena - Athenea, nos casaremos, sus palabras no sonaban a celebración, sino a un pacto - Pero hay una condición, no quiero, ni por un segundo, que sientas que te estoy obligando, te conozco, sé de tu pasado y conozco a tus fantasmas, no aspiro a ser una cadena más para tu libertad.
Cada palabra suya era un clavo que hundía más hondo en mi conciencia la realidad de lo mucho que me comprendía.
Así que, contigo, las cosas serán diferentes - continuó, su voz era un refugio - Conmigo tendrás la libertad de ser siempre tú misma, seremos... lo mismo de siempre, seguiremos siendo los mismos amigos que comparten risas y secretos, y los mismos socios que construyen un imperio hombro con hombro - Hizo una pausa, permitiendo que el peso de sus palabras se instalara entre nosotros - La única diferencia... es que estaremos casados ¿Te parece justo?
En sus ojos no había expectativa, sino una oferta de paz, una tregua en nuestra guerra interna, y en ese momento, rodeada por el aroma del café y el chocolate, con el eco de su propuesta en el aire, algo dentro de mí, un nudo de resistencia y miedo, comenzó a ceder, no era el sí soñado, pero era un está bien posible, un podemos intentarlo que, por primera vez, no me asfixiaba.