Vuelco al corazón

1037 Words
El leve golpe en la puerta aceleró hasta el límite los latidos de mi corazón sabía que era él, y cuando la puerta se abrió sin esperar respuesta, allí estaba Matheo, con su presencia que siempre parecía llenar cualquier espacio, pero esta vez trayendo consigo un frío gélido. Su rostro estaba serio, tan serio que me estremeció, no quedaba ni un atisbo de esa sonrisa cómplice que tanto amaba, ni de la suavidad que usualmente reservaba para mí, sus ojos, aquellos ojos que conocía como los míos, se conectaron con los míos por unos segundos eternos, en ellos vi un remolino de sentimientos encontrados, una tormenta feroz que parecía consumirlo por dentro, pero los que más destacaban, los que me atravesaron como dagas, eran la impotencia y una molestia profunda, dirigida no hacia mí, lo supe de inmediato, sino hacia la situación que lo obligaba a estar allí, frente a mí, con una pregunta entre los dos que pesaba más que cualquier contrato. Axel. - Su voz fue un cuchillo afilado, cortando el aire y clavándose directamente en mi padre, ni siquiera me miró a mí. - ¿Pudiste resolver esa locura que dices? Su tono era desafiante, cargado de una furia contenida que nunca antes había escuchado dirigida a mi padre, yo, que siempre lo había visto tratarlo con el máximo respeto, me quedé helada. Matheo, hablé con mi hija. - Mi padre, imperturbable, desvió la mirada hacia mí, sus ojos se encontraron con los míos, y en ellos pude ver un destello de advertencia, de ánimo. - Pero ella quiere saber cuál es tu motivo para no casarte con ella. El mundo se detuvo de inmediato, la pregunta, tan directa, tan cruda, pendió en el aire entre los tres, y entonces, por fin, Matheo giró la cabeza y me miró, de verdad me miró, y en sus ojos, más allá de la impotencia y la ira, vi algo que me partió el alma: un dolor tan profundo y personal que contuvo la respiración, no era el dolor de un hombre herido en su orgullo, sino el de alguien que estaba a punto de sacrificar su propio corazón en nombre de algo más grande. Athenea, ¿de verdad quieres un motivo? - preguntó Matheo con el ceño fruncido, su voz cargada de una exasperación que parecía consumirlo - Tú no deseas casarte con nadie, esa siempre ha sido tu verdad, eso lo hemos tenido claro desde hace años. - Su voz no era cruel, sino... agotada Matheo, no se trata de lo que yo quiera o no - respondí, manteniendo la seriedad en mi tono mientras luchaba por contener el torrente de emociones que hervía en mi interior - Es tu razón para negarte lo que quiero saber, es solo curiosidad... para tomar una decisión. ¡Por el amor de Dios, Athenea! - exclamó Matheo, dejándose caer pesadamente en el puesto disponible como si las piernas le hubieran fallado - ¿En serio me estás preguntando esto? Creo que quedarte con tu padre ha afectado tu cerebro Muchacho, cálmate - intervino mi padre con firmeza - Ahora bien, responde su pregunta, con la verdad. Esas últimas palabras resonaron en la habitación, los tres sabíamos que Matheo no podía mentirnos; siempre habíamos reconocido cuando alguno intentaba falsear la verdad, mi corazón latía con fuerza mientras lo observaba, preparándome mentalmente, si el motivo de su rechazo era simplemente que yo era alguien rota, que mi corazón estaba demasiado dañado para ser amado... sencillamente lo comprendería, era, al fin y al cabo, la verdad que llevaba años cargando. Axel, Athenea, ¿qué van a ganar con que yo responda esa pregunta? - La voz de Matheo sonó áspera, y pude ver cómo su pulso acelerado marcaba en la tensa línea de su cuello, una clara señal de que no quería hablar del tema - El motivo es obvio, y ustedes lo saben. Sus palabras, cargadas de evasión, confirmaron mis peores temores, un dolor agudo me recorrió el pecho. Entiendo, Matheo, no necesitas hablarlo - dije, levantándome de la silla con una frialdad que no sentía - No te condenaría a un matrimonio que no deseas... y menos con alguien como yo. ¿De qué hablas, Athenea? - preguntó Matheo, con el ceño fruncido y una ceja levantada en una expresión de genuina confusión que casi me desarma - ¿Alguien como tú? Yo me entiendo - murmuré, forzando una sonrisa mientras desviaba la mirada hacia la ventana, incapaz de soportar la intensidad de la suya. Pero por primera vez, yo no te entiendo - insistió, y antes de que pudiera evitarlo, su mano tomó la mía. Hijo, solo di la razón por la cual no quieres casarte - intervino mi padre con un tono bajo que simulaba ser un susurro, pero cargado de una autoridad que exigía la verdad. Ya no hace falta, padre - dije, mirando a mi padre con una determinación frágil - Rechazo la oferta de matrimonio Pero Matheo no se rendía, su mano seguía caliente alrededor de la mía, anclándome al lugar. Pero Athenea, necesito saber qué quisiste decir con eso - insistió, su voz más suave ahora, pero con una urgencia que me traspasó. El silencio se extendió por un momento eterno mientras reunía el valor para decirlo, finalmente, levanté la mirada y me sumergí en esos ojos que conocían todas mis batallas. Con alguien rota... como lo estoy yo - logré decir, y cada palabra me sabía a vidrio roto - Sería condenarte a una infelicidad y a una tortura diaria. - No soy cobarde, jamás lo he sido, pero esta vez, decírselo directamente a su cara, ver cómo mis palabras se estrellaban contra su expresión, me dio un vuelco al corazón tan fuerte que creí que me desmayaría, Matheo soltó un suspiro que parecía llevar dentro el peso de todos nuestros años de amistad y amor no correspondido. Rota... Athena - repitió mi nombre como si fuera una oración, una declaración - princesa, no estás rota. En sus ojos no había lástima, sino una verdad tan firme y constante como el latir de su corazón, una verdad que se negaba a aceptar la mentira que yo misma me repetía desde hacía años.
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