“A veces, amar no es quedarse… es aprender a traicionar con las manos temblando.”
Al dia siguiente...
El amanecer no trajo calma.
Solo el tipo de luz que revela lo que la noche intentó esconder.
Lia se vistió con ropa oscura.
Su cabello recogido, su rostro serio.
Hoy no era una amante.
Hoy era lo que juró nunca volver a ser.
Una ejecutora.
Ethan la observó desde el umbral de la puerta.
No dijo nada.
Ella tampoco.
Los dos sabían que algo había cambiado.
Que el beso del día anterior no fue un punto y aparte.
Fue una sentencia.
—¿Vas a salir? —preguntó él por fin.
—Sí. Me contactaron. Hoy debo cumplir una última misión.
—¿Te vas a meter sola?
—Siempre lo hice.
Ethan apretó la mandíbula.
—No más. Esta vez voy contigo.
—No es tu guerra.
—Pero sí es mi vida la que están jodiendo, Lia.
Ella lo miró.
Y por primera vez… dudó.
Porque tenerlo cerca era peligroso.
Porque si lo llevaba con ella, tal vez no regresaran.
Pero también...
porque si no lo llevaba, se sentiría más sola que nunca.
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Horas después…
Un club nocturno cerrado por reformas.
Luces tenues. Silencio.
La excusa perfecta para una reunión sucia.
Lia y Ethan entraron juntos, espalda con espalda.
Como si fueran dos lobos que no se ladran… porque ya saben cómo muerden.
—¿Lista? —susurró él.
—No.
Pero igual vamos a hacerlo.
Ella se adelantó. Subió por una escalera lateral, hasta llegar al despacho del segundo piso.
La puerta estaba abierta.
Y allí estaba ella.
Verónica.
Sentada, piernas cruzadas, copa de vino en la mano.
Vestida de rojo.
Como si el infierno la vistiera.
—Llegaste —dijo con una sonrisa tan falsa que cortaba el aire.
—Dijiste que era la última —dijo Lia.
—Lo es.
Pero trae premio.
Ethan se mantuvo detrás. Callado.
Pero su mirada era una bala cargada.
—¿Quién es el objetivo? —preguntó Lia.
Verónica sacó un sobre.
Lo tiró sobre la mesa.
Abrió la solapa.
Y dentro…
una foto.
Cuando Lia la vio, se le fue el alma del cuerpo.
Era una niña.
Unos ocho años.
Cabello oscuro, piel pálida, ojos grandes.
—¿Quién es? —preguntó Ethan.
—Su hermana —dijo Verónica.
Silencio.
Pero esta vez… el silencio gritaba.
—¿Estás loca? —escupió Lia.
—No voy a tocarla —dijo Verónica, sin inmutarse—. Pero tú sí.
Vas a acercarte a ella. Ganarte su confianza.
Porque su padre… es el siguiente nombre en la lista.
Y él…
es la única persona que puede desmantelar nuestra red.
—¿Y si me niego? —preguntó Lia, con los puños temblando.
Verónica bebió de su copa.
—Entonces publicamos esto.
Sacó otro sobre.
Lo abrió.
Fotos.
Del beso.
Del momento en que Lia y Ethan se rindieron el uno al otro.
Y una más.
La del cuerpo de Marco Salazar.
Con la firma digital de Lia en el expediente.
—Nos usaron —murmuró Ethan.
—¿Apenas te das cuenta? —dijo Verónica—. Bienvenido al juego real.
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Afuera del club...
Lia estaba pálida.
Ethan la tomó del brazo.
—¿Qué vas a hacer?
Ella respiró hondo.
Sus ojos ya no brillaban.
Ardían.
—Voy a cumplir la misión.
—¿Qué?
—Pero no como ella quiere.
Voy a acercarme a la niña.
Voy a entrar.
Y cuando esté dentro…
voy a volarles todo este maldito sistema desde adentro.
—¿Y si te atrapan?
Ella lo miró.
—Entonces… quiero que la salves tú.
Ethan se quedó en silencio.
La vio alejarse.
Y en ese momento… supo que ya no podía permitirlo.
Porque lo que sentía por ella ya no era deseo.
Ni siquiera rabia.
Era amor.
Y eso lo asustaba más que cualquier enemigo.
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“Para destruir al monstruo, a veces tienes que dormir en su cama.”
Días después...
Lia ya no era Lia.
No en esa casa. No en esa misión.
Ahora era Sofía, una niñera recién contratada para cuidar a Emma, hija de un poderoso empresario con un pasado demasiado limpio como para ser real.
La mansión donde trabajaba tenía paredes de mármol, cámaras en cada esquina…
y ojos invisibles vigilándola todo el tiempo.
Pero ella ya había vivido esto antes.
Y esta vez… no pensaba fallar.
—¿Tú eres nueva? —preguntó Emma, la niña, mirándola con una mezcla de timidez y desconfianza.
—Sí. ¿Puedo ser tu amiga?
Emma la observó.
Ocho años.
Silenciosa.
Más inteligente de lo que parecía.
—Solo si no gritas —dijo—. No me gustan las niñeras que gritan.
Lia sonrió.
Pero por dentro… sintió que algo no estaba bien.
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Mientras tanto...
Ethan no se quedó de brazos cruzados.
Había vuelto a contactar con un viejo aliado.
Uno que le debía favores.
Uno que podía rastrear cosas que ni la policía se atrevía a tocar.
—Necesito saber quién es Emma en realidad —dijo Ethan—. Y quién es su padre.
Porque si Lia está dentro… no voy a perderla.
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De regreso en la mansión...
Lia y Emma jugaban en el jardín.
Todo parecía normal.
Pero la niña… hablaba poco.
Dibujaba mucho.
Y cada dibujo que hacía… era una pista que solo una mente entrenada podía leer.
—¿Qué es eso? —preguntó Lia, viendo un dibujo con tres personas.
Una mujer sin rostro.
Un hombre con los ojos tachados.
Y una niña…
encerrada en una jaula dibujada con rojo.
Emma no respondió. Solo bajó la mirada.
—¿Eso es tu familia?
—Eso… —murmuró Emma— es lo que me dicen que es.
Lia tragó saliva.
Sabía lo que significaba eso.
Sabía cómo se siente crecer bajo control.
Esa niña no era solo un objetivo.
Era una víctima más del mismo juego.
—¿Tú confías en mí? —preguntó Lia.
Emma la miró.
—No.
Pero me gustas más que las otras.
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Esa noche...
Lia recibió un mensaje cifrado en su celular.
> “Cambio de planes. El padre hablará mañana. Tienes que adelantarlo todo. Código rojo.”
Código rojo.
Eso significaba solo una cosa:
si no lograba que la niña desapareciera antes del amanecer, alguien más lo haría.
Y no sería con sutileza.
Lia miró a Emma, dormida en su cama.
Su respiración tranquila. Su cuerpo diminuto. Su alma rota.
Y Lia tomó una decisión.
—No te vas a quedar aquí —susurró, acariciándole el cabello—. No esta vez. No como yo me quedé.
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Mientras tanto...
Ethan recibió un correo anónimo.
Dentro:
📂 Un expediente.
📷 Fotos.
🧬 Pruebas.
El nombre del padre de Emma.
Sus conexiones con Verónica.
Y lo más fuerte…
> Emma es hija de un proyecto fallido.
La madre: desaparecida.
El padre: colaborador.
El objetivo: crear un nuevo sujeto.
Falló.
Pero la niña... sobrevivió.
Y ahora, es la última llave para reactivar todo el sistema.
Ethan se levantó.
Su mundo giró.
Todo tenía sentido.
Lia no solo estaba infiltrada.
Estaba a punto de convertirse en sacrificio.
Y él…
no iba a permitirlo.
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Medianoche.
Lia revisó cada rincón.
Emma dormía.
Pero ya no había tiempo.
En menos de tres horas, el “equipo de limpieza” llegaría.
Y si la encontraban ahí...
No habría negociación. Solo silencio eterno.
Empacó una mochila.
Documentos falsos.
Comida para niños.
Una navaja. Una pistola.
Y una última carta para Ethan, que escribió con manos temblorosas.
> “Si no vuelvo… no me llores.
Mátalos a todos.”
–L.
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Al otro lado de la ciudad...
Ethan leía el expediente por décima vez.
Y cada línea era una patada directa a sus convicciones.
Emma no era solo una niña.
Era la última ficha de un experimento de control psicológico de alto nivel.
Su padre trabajaba con Verónica.
Y su madre…
había sido asesinada al intentar escapar.
Todo coincidía.
Todo dolía.
Y Lia estaba en el centro del huracán.
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02:34 a.m.
Lia cargó a Emma en brazos.
—¿A dónde vamos? —preguntó medio dormida.
—A un lugar donde no puedan tocarte nunca más.
Pero al bajar las escaleras, una sombra apareció frente a ellas.
Verónica.
Y no venía sola.
Dos hombres armados.
Y una sonrisa que cortaba el aire.
—¿Te vas sin despedirte, querida?
Lia retrocedió.
Emma despertó y se aferró a su cuello.
—Te dije que no eras tú quien decidía cuándo terminaba el juego.
Lia sacó el arma, pero estaba en desventaja.
Dos contra una.
Y Emma en brazos.
—No tienes salida, Lia —dijo Verónica—. No sin pagar el precio.
—Entonces págalo tú, maldita.
Y disparó.
No a Verónica.
A la lámpara del techo.
Oscuridad.
Gritos.
Cristales rompiéndose.
Emma chillando.
Y en medio del caos…
un estruendo aún más fuerte: una explosión controlada.
BOOM.
Lia lo había dejado todo preparado.
Una granada de humo.
Un sistema de bloqueo.
Y una ruta de escape secreta que encontró días antes.
Salió corriendo con Emma por los pasillos traseros.
Los disparos no tardaron en sonar.
Pero en la puerta trasera… alguien los esperaba.
—¡LIA!
Ethan.
Arma en mano.
Sudor en la frente.
Y los ojos… rojos de rabia contenida.
—¡Súbete! —gritó él desde el auto.
Ella no preguntó nada. Solo obedeció.
Subió a Emma al asiento trasero y se lanzó al frente.
Ethan aceleró.
Y el infierno estalló detrás de ellos.
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30 minutos después...
En una cabaña abandonada fuera de la ciudad…
Emma dormía en un colchón improvisado.
Cubierta con una manta.
A salvo.
Por ahora.
Lia se lavaba la sangre seca de las manos.
No era suya.
Pero le dolía igual.
Ethan la observaba desde la puerta.
Se acercó.
Y sin decir una sola palabra…
la abrazó.
Un abrazo fuerte.
Silencioso.
De los que dicen más que mil reproches.
—Gracias —murmuró ella, con la voz quebrada.
—No me agradezcas.
Todavía no estamos a salvo.
Lia lo miró a los ojos.
—Entonces qué somos ahora… ¿enemigos? ¿aliados? ¿un error?
Ethan la acarició con el pulgar bajo el mentón.
Y susurró:
—No sé lo que somos.
Pero sé que ya no puedo perderte.
Y eso… es lo más peligroso que me ha pasado.